Hacer discípulos: Invita a otros a vivir la misión

Parte once: Has llegado muy lejos en el Acompañamiento Intencional. Ahora es el momento de invitar a la persona a la que has estado acompañando a que, a su vez, acompañe a alguien más en su camino hacia Jesús.

Rezaba todos los días. Leía la Sagrada Escritura. Profundizaba en las razones de las enseñanzas de nuestra fe. Pasaba tiempo con buenos amigos que amaban a Jesús. Me mantenía cerca de los sacramentos. Me esforzaba sinceramente por centrar mi vida en Jesús para cooperar mejor con su gracia.
Y, poco a poco, él comenzó a hacer algo nuevo en mi vida.
Al principio, sentí una fascinación renovada por él. Me entusiasmaba todo lo relacionado con la santidad, incluso la posibilidad de llegar a ser santo yo mismo.
Después, comencé a notar que, poco a poco, me desagradaban cada vez más el pecado y las cosas de mi vida que me impedían tener una relación más íntima con Dios.
Y entonces, lentamente, muy lentamente, comencé a sentir que el Señor me impulsaba a dejar Hollywood para hacer algo por su Reino.
No sabía exactamente qué sería ese algo. Pero en el fondo sabía que se avecinaba un gran cambio.
Así que comencé a enviar correos electrónicos y a llamar, sin conocer a nadie, a distintas organizaciones de medios de comunicación católicos. Mi experiencia y formación eran en el cine, así que tal vez el Señor me estaba invitando a trabajar de alguna manera en los medios católicos.
Pero nadie estaba contratando.
Un día le conté todo esto a una amiga por teléfono y, después de escucharme, simplemente me dijo: “¡Deberías convertirte en misionero de FOCUS!”.
“¡Ni loco!”. Ya habían pasado cinco años desde que terminé la universidad. De ninguna manera iba a dejar California para regresar a un campus universitario. ¡Y encima tendría que recaudar fondos para cubrir mi propio sueldo! ¡Ja!
“¿Y por qué no? Solo llena la solicitud y date la oportunidad de conocerlos”.
Veinte minutos después, envié mi solicitud.
Cuando me detuve a considerar la posibilidad de convertirme en misionero de FOCUS, sentí que la mano del Señor estaba detrás de todo aquello. Sentía entusiasmo. Paz. La sensación de que el Señor me invitaba a dar ese paso. Y jamás me habría tomado en serio esa posibilidad si mi amistad no me hubiera dado ese pequeño empujón.
Así como un batallón transmite órdenes a un soldado en el terreno por medio de un jefe de pelotón, a veces el Señor nos revela nuestra misión a través de las palabras de otra persona.
El 92 % de los integrantes de la generación de este año que recibirán la ordenación sacerdotal reconoció que al menos una persona los animó a considerar el sacerdocio.
Las palabras hacen que las ideas se vuelvan concretas.
Dicho de otra manera, las palabras de aliento pueden hacer tangibles las inspiraciones del Espíritu Santo.
Dios se comunica con todas las personas en todo momento. El acompañamiento intencional, en su forma más básica, consiste simplemente en entrar en la conversación que Dios ya tiene con alguien.
Una vez que hayas notado que la persona a la que has estado acompañando intencionalmente ha asumido un compromiso más profundo con su relación con Jesús, es importante invitarla, de manera clara y explícita, a acompañar a otra persona.
Podrías decirle algo como: “Oye, hemos estado creciendo juntos como discípulos y sabemos que el Señor nos llamó a ir y hacer discípulos a todas las naciones. Por eso, quiero invitarte a acompañar a alguien más”.
O bien: “Hace tiempo te invité a crecer como discípulo de Cristo y aceptaste. Ahora quiero invitarte a profundizar en nuestra misión conmigo. ¿Hay alguien en tu vida a quien el Señor haya puesto en tu camino y a quien podrías acompañar intencionalmente?”.
O también: “Realmente estás creciendo en tu fe como discípulo. Ha sido maravilloso verte y quiero seguir viendo cómo creces. Y como nuestra fe está hecha para crecer cuando la compartimos, quiero animarte a considerar acompañar a alguien para ayudarlo a crecer como discípulo”.
Así como en su momento compartiste el evangelio con tu amigo con tus palabras, invitarlo expresamente a acompañar a otra persona le brinda la oportunidad de renovar su compromiso de seguir a Cristo como discípulo. Esta invitación también reafirma la visión que le compartiste anteriormente durante su acompañamiento.
Y lo que es mejor, esta invitación pone en palabras lo que probablemente el Espíritu Santo ya está despertando en su corazón. Cuando alguien se encuentra con Jesús, nace en su interior un deseo sutil de compartirlo con los demás. Animarlo con palabras a compartir a Jesús de manera concreta aviva esa chispa.
Cuando Jesús llamó a sus discípulos a “ir y hacer discípulos a todas las naciones”, estaba implícito que ellos harían lo mismo que su maestro: invitarían expresamente a otros a ir y hacer discípulos.
Puede resultar intimidante invitar a alguien a asumir una mayor responsabilidad, pero seamos sinceros: ¡todo este proceso ha sido intimidante! ¿Qué más da hacer una invitación más? Sobre todo, cuando se trata de ayudar a tu amigo a crecer y alcanzar su plenitud. ¿Y de ayudar a alguien más a hacer lo mismo? ¿Y luego a otra persona? ¿Y después a otra? Ya entiendes la idea.
Cuando invites a la persona a la que has estado acompañando a que, a su vez, acompañe a alguien más, probablemente te hará la pregunta: ¿A quién? ¿Cómo empiezo? ¿Qué tengo que hacer?
Y como tú ya has recorrido este camino del acompañamiento intencional, podrás responder esas preguntas.
Puedes ayudar a tu amigo a discernir a quién acompañar, tal como tú mismo tuviste que hacerlo.
Puedes compartirle la importancia de una amistad auténtica y de encontrar espacios y momentos para abrir el corazón y mostrarse vulnerable, tal como tú tuviste que construir una amistad con la persona a la que acompañas.
Y siempre puedes volver a explicarle el porqué y el cómo del acompañamiento.
Es posible que tu amigo sienta que lo están lanzando al fuego, pero asegúrale que estarás a su lado para ayudarlo en el camino. ¡Precisamente, cómo puedes ayudarlo será el tema de mi próxima columna!








