¿Por qué san Francisco de Asís llamaba hermana a la muerte?

A ochocientos años de su muerte, la extraordinaria paz de san Francisco, reflejada en la tradición franciscana del Tránsito y en una pintura de Pedro Pablo Rubens, nos invita a enfrentar nuestra propia mortalidad con valentía, fe y esperanza.

Hace poco me enteré de que el 3 de octubre, los franciscanos conmemoran el Tránsito de san Francisco, su paso de la vida terrenal a la vida eterna, con una vigilia de oración en su memoria. Las oraciones y lecturas recuerdan las palabras que dirigió a sus hermanos y a quienes lo acompañaban en la hora de su muerte. Comparto aquí un breve fragmento:
Relato de la muerte de san Francisco
Lector 1: San Francisco se encontraba gravemente enfermo y sufriendo intensos dolores en la casa del obispo de Asís cuando llamaron por última vez al médico. Este le dijo a Francisco:
Lector 2: “Debo decirte que, según nuestros conocimientos médicos, tu enfermedad es incurable y, en mi opinión, morirás a finales de septiembre o a principios de octubre”.
Lector 1: Levantando los brazos al cielo, el enfermo exclamó con alegría:
Guía: “¡Bienvenida, bienvenida, mi querida hermana muerte!”.
Lector 1: Luego, dirigiéndose a un fraile, pidió que llamaran al hermano Ángel y al hermano León para que lo ayudaran a compartir esta buena noticia cantando junto a su lecho. A pesar de las lágrimas, los dos hermanos comenzaron a entonar el Cántico del hermano sol:
Todos se ponen de pie y cantan:
Criaturas todas del Señor, nuestro Dios y Rey,
alcen sus voces y canten:
¡Aleluya! ¡Aleluya!
Sol resplandeciente de rayos dorados,
luna plateada de suave fulgor,
¡Alábenlo, alábenlo!
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!
“¡Bienvenida, bienvenida, mi querida hermana muerte!”. Más adelante, Francisco expresaría cómo entendía el papel de la muerte en su camino: “Es ella quien me llevará a la vida eterna”.
¡San Francisco, qué palabras tan sublimes!
No sé ustedes, pero yo solo puedo esperar y pedirle a Dios que esas sean las palabras que broten espontáneamente de mis labios cuando llegue la hora de mi muerte. Hoy me siento lejos de poder expresar algo así y, sin embargo, hay algo en las palabras de Francisco que me llena de esperanza y valentía. Lo siento en lo más profundo de mi pecho.
La muerte es uno de los mayores temores de la humanidad y suele figurar en las mismas listas que el miedo a hablar en público. Y aquí tenemos a un hermano que nos ha precedido, un santo que nos muestra el camino. No solo enfrenta la muerte sin miedo, sino que la recibe como a una amiga querida que lo conducirá a la vida eterna.
Pedro Pablo Rubens nos ofrece una mirada sobre ese espíritu del memento mori (la expresión cristiana que nos invita a recordar que hemos de morir) que san Francisco encarnó de manera tan hermosa. Aquí vemos al santo lleno de vida, completamente absorto en la oración. Parece haber subido a un lugar apartado para estar a solas con Dios, contemplar la cruz, meditar sobre las heridas de Cristo y unirse a él en este momento íntimo de devoción.
Es como si estuviéramos presenciando una escena que nunca debimos haber visto y, sin embargo, aquí estamos, invitados a adentrarnos en su meditación. ¡Con cuánto amor y delicadeza sostiene la cruz! ¡Con qué suavidad apoya las manos sobre el pecho, mientras mantiene la mirada baja y sus pensamientos parecen perderse entre las nubes más tormentosas del cielo, al tiempo que todo su ser queda iluminado por la calidez de una luz celestial!
Es una composición magistral que sigue cautivándome mucho después de que me siento a contemplarla.
A veces, la vida de los santos puede parecernos inalcanzable. Su santidad es tan extraordinaria que podemos sentirnos tentados a admirarla desde lejos en lugar de seguir su ejemplo. Pero no creo, o, mejor dicho, no puedo creer que esa sea la verdad. Todos debemos esforzarnos por llegar a ser santos, por vivir una vida de santidad en nuestras propias comunidades y según nuestras circunstancias particulares. Quizá no estemos llamados a seguir exactamente el mismo camino que san Francisco, pero cada uno de nosotros está llamado a seguir a Cristo con la misma valentía, humildad y amor.
En un discurso pronunciado este mes, el papa León XIV reflexionó sobre la vida de san Francisco: “A este respecto, precisamente hoy, en el octavo centenario de su muerte, deseo recordar a un trabajador que se dedicó con gran fruto en la viña del Señor: San Francisco de Asís, a quien el propio Jesús pidió que reparara su Iglesia”.
Al referirse a la parábola de la viña, el papa León explicó que “la viña que hay que cultivar con justicia es la Iglesia, que construimos o dañamos con nuestras decisiones”.
Las decisiones que tomamos cada día, literalmente, contribuyen a edificar la Iglesia que nos rodea o a dañarla y destruirla. Jesús ha bendecido a su Iglesia con el ejemplo de este gran santo por una razón: no para ofrecernos una falsa promesa de paz, sino para mostrarnos el camino hacia ella mediante una vida entregada por completo a él.
El papa León nos ha regalado una oración para este Año Jubilar de San Francisco y los invito a rezarla mientras contemplan esta impresionante obra de arte de Rubens. Quizá puedan imprimir tanto la oración como la imagen (que está libre de derechos de autor) y colocarlas en un lugar visible de su hogar durante el resto del mes.
San Francisco, hermano nuestro, tú que hace ochocientos años
fuiste al encuentro de la hermana muerte como un hombre reconciliado,
intercede por nosotros ante el Señor.
Tú, que en el Crucifijo de San Damián reconociste la paz verdadera,
enséñanos a buscar en Él la fuente de toda reconciliación
que derriba todo muro.
Tú, que desarmado atravesaste las líneas de la guerra
y de la incomprensión,
concédenos el coraje de construir puentes
allí donde el mundo levanta fronteras.
En este tiempo afligido por conflictos y divisiones,
intercede para que lleguemos a ser artesanos de paz:
testigos desarmados y desarmantes de la paz que viene de Cristo.
Amén.
“Yo he hecho lo que me correspondía; que Cristo les enseñe a ustedes lo que les corresponde hacer”. — San Francisco, el pobrecillo de Asís








