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Image by Simon Berger

Perspective

Cuando la fe se hace carne: las huellas del amor en Julia Greeley, la Madre Teresa y las Hermanas de Loretto

Foto del escritor: André Escaleira, Jr.
André Escaleira, Jr.
hace 8 horas
8 min de lectura

Rodillas desgastadas, pies adoloridos y huesos marcados por el servicio ofrecen una mirada fascinante a una fe católica que no es meramente espiritual, sino que se vive a través del cuerpo.


Izquierda: La Sierva de Dios Julia Greeley, conocida en Denver por su profunda caridad. (Foto de archivo de la Arquidiócesis de Denver). Derecha: Santa Teresa de Calcuta reza durante una visita a Denver. (Foto de James Baca/Denver Catholic Register)
Izquierda: La Sierva de Dios Julia Greeley, conocida en Denver por su profunda caridad. (Foto de archivo de la Arquidiócesis de Denver). Derecha: Santa Teresa de Calcuta reza durante una visita a Denver. (Foto de James Baca/Denver Catholic Register)

Alas de ángeles. Aureolas. Voces que vienen de las nubes.


Cuando pensamos en la fe, quizá imaginamos algo lejano o difícil de describir: un sentimiento, una convicción personal, una virtud invisible que flota por ahí, en algún lugar.


Y cuando pensamos en cómo se ve la fe, probablemente los ejemplos nos parezcan igual de inalcanzables: manos permanentemente juntas en oración. Ojos fuertemente cerrados. Cuentas del rosario prácticamente pegadas a los dedos de una abuelita.


Sin duda, estos pueden ser hermosos signos de fe. Pero también pueden hacernos pensar que la fe es superficial, algo que se queda en la superficie.


Pero ¿y si la fe llega más hondo? ¿Y si, literalmente, se convierte en parte de nosotros, visible en nuestro cuerpo, incluso en nuestros huesos?


“Operation Sacred Rescue” buscó exhumar a las Hermanas de Loretto de un antiguo cementerio en la propiedad de Loretto Heights Academy y volver a sepultarlas de manera segura en el Cementerio Católico Mount Olivet, para proteger sus restos en el futuro. (Foto de André Escaleira, Jr./El Pueblo Católico)
“Operation Sacred Rescue” buscó exhumar a las Hermanas de Loretto de un antiguo cementerio en la propiedad de Loretto Heights Academy y volver a sepultarlas de manera segura en el Cementerio Católico Mount Olivet, para proteger sus restos en el futuro. (Foto de André Escaleira, Jr./El Pueblo Católico)

Hermanas de Loretto: oración puesta en práctica

Fundadas en 1812 en Kentucky, las Hermanas de Loretto se dedicaron a educar a niños pobres. Con el tiempo, la orden se extendió a la nueva frontera estadounidense, incluido Colorado, haciendo accesible una educación de calidad como expresión de justicia, dignidad humana y fe puesta en práctica.


“Obtenían fortaleza de la vida comunitaria y de la oración”, señala la Comunidad de Loretto sobre aquellas primeras hermanas, consagradas a María al pie de la cruz.


En Colorado, las hermanas sirvieron en el antiguo Loretto Heights College de Denver, en St. Mary’s Academy de Englewood y en varias escuelas católicas de todo el estado.


En 2022, durante lo que se denominó “Operación Rescate Sagrado” (Operation Sacred Rescue), algunas de las hermanas sepultadas en Loretto Heights fueron exhumadas y vueltas a sepultar en el Cementerio Católico Mount Olivet, en Wheat Ridge, antes de la venta de la propiedad. Durante el proceso, los arqueólogos observaron en sus cuerpos señales de su fiel servicio, incluso décadas después de su muerte.


El desgaste de ciertos huesos, entre ellos las clavículas y las rótulas, sugería patrones repetitivos: hombros desgastados por el servicio amoroso, rodillas acostumbradas a la oración devota.


“Hay cambios bastante significativos en las rodillas de muchas de estas mujeres”, explicó la Dra. Lauren Hosek, profesora adjunta de antropología en la Universidad de Colorado Boulder y bioarqueóloga histórica que trabajó con la Comunidad de Loretto durante toda la Operación Rescate Sagrado. Desde que las hermanas fueron sepultadas nuevamente en el Cementerio Mount Olivet, la Dra. Lauren ha continuado investigando sus restos junto con estudiantes, aprendiendo sobre sus vocaciones, su servicio y las condiciones en las que vivieron.


“Creo que eso podría estar relacionado con la genuflexión y el acto de arrodillarse, pero también, como educadoras y mujeres activas que trabajaban con niños, ¿quién sabe todo lo que hacían?”.


Sin importar la manera en que su fe tomó forma mediante el servicio amoroso, las Hermanas de Loretto muestran claramente cómo la fe se hace carne, dijo la Dra. Lauren, señalando que esta intersección está en el centro de su investigación interdisciplinaria y holística.


“Las prácticas se encarnan. Se convierten en parte de nuestra manera de movernos, de lo que introducimos en nuestro cuerpo y de lo que hacemos”, dijo a El Pueblo Católico. “Pueden moldear nuestro cuerpo físico porque somos criaturas bioculturales. Somos tanto biológicos como culturales, y nuestro cuerpo refleja esta intersección”.


Trabajar con la Comunidad de Loretto ha sido una experiencia muy significativa, dijo la Dra. Lauren, especialmente al considerar que estas educadoras católicas siguen enseñando, incluso 100 años después de su fallecimiento.


“Todavía nos están enseñando”, dijo, recordando una reflexión impactante que hizo una de las Hermanas de Loretto durante la Operación Rescate Sagrado. “Todas fueron educadoras de alguna manera y, sin embargo, aquí están, en algunos casos, más de un siglo después, todavía enseñando a la gente”.


La única fotografía que existe de la sierva de Dios Julia Greeley la muestra sosteniendo a un niño cuya concepción había pedido en oración para una vecina blanca que sufría infertilidad. (Foto: Archivo de la Arquidiócesis de Denver)
La única fotografía que existe de la sierva de Dios Julia Greeley la muestra sosteniendo a un niño cuya concepción había pedido en oración para una vecina blanca que sufría infertilidad. (Foto: Archivo de la Arquidiócesis de Denver)

Julia Greeley: una vida entregada al servicio

En el Denver del siglo XIX, la fe tenía la apariencia de un pequeño carrito rojo.


La propia “ángel de la caridad” de Denver, la sierva de Dios Julia Greeley, era conocida por recorrer todo el vecindario de Five Points y más allá con aquel pequeño carrito rojo. Caminaba kilómetros todos los días, asistía a Misa, difundía la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, especialmente entre los bomberos, y entregaba en secreto limosnas a familias blancas pobres que, debido al racismo de aquella época, podrían haberse sentido avergonzadas de recibir públicamente ayuda de una mujer negra que había sido esclavizada.


El pequeño carrito rojo simbolizaba la profunda fe, la gran esperanza y el intenso amor de Julia.

Pero ¿qué era lo que la mayoría de la gente no veía? Los huesos de todo el cuerpo de Julia presentaban un desgaste severo.


Cuando sus restos fueron exhumados como parte de su proceso de canonización, los arqueólogos descubrieron una notable calcificación en los hombros y una fractura en el tobillo que nunca había cicatrizado correctamente.


“Lo que vi fueron grandes evidencias de una persona que era fuerte, pero que también sufrió”, dijo Gary Schaaf, director ejecutivo de Servicios Funerarios y Cementerios Católicos (CFCS, por sus siglas en inglés), quien ayudó a supervisar la exhumación de Julia Greeley del Cementerio Católico Mount Olivet, en Wheat Ridge.


“Una de las cosas que pude observar mientras colaboraba con nuestro antropólogo forense fue una calcificación en la zona de los hombros que concuerda con una gran fortaleza. Las personas que realizan mucho trabajo manual desarrollan bastante calcificación en esa zona, y ella la tenía”, explicó. “Así que, sin duda, tenía un historial de trabajo arduo y manual. También tenía un tobillo fracturado que nunca sanó correctamente, por lo que quedó desalineado. Fue una fractura bastante grave que sanó de manera inadecuada, lo cual debió haberle causado mucho dolor”.


A pesar de aquel gran desgaste, ella siguió entregándose con espíritu de sacrificio, no solo con sus escasos recursos económicos, sino también con sus heridas físicas. Esa entrega revela una fortaleza espiritual a la altura de su fuerza física, señaló Gary, quien destacó la pequeña estatura de Julia, que medía apenas unos cinco pies, y la grandeza de su espíritu.


En pocas palabras, el cuerpo de Julia llevó consigo el costo de la caridad y se convirtió en un lugar privilegiado donde el amor cobró vida mediante el servicio.


“Recuerdo haber pensado en lo profundo que era imaginar cuánto dolor debió sentir al caminar con su pequeño carrito rojo, llevando agua y estampas de oración”, continuó Gary. “Pero nunca la vemos quejarse. Estas son las cosas ocultas que sospecho que son propias de los santos. No se quejan de las cosas”.


Conocida por su servicio desinteresado a los más pobres entre los pobres, la Madre Teresa recorrió kilómetros para mostrar a los demás el amor de Dios, kilómetros que quedaron reflejados en sus pies. (Foto de James Baca/Denver Catholic Register)
Conocida por su servicio desinteresado a los más pobres entre los pobres, la Madre Teresa recorrió kilómetros para mostrar a los demás el amor de Dios, kilómetros que quedaron reflejados en sus pies. (Foto de James Baca/Denver Catholic Register)

Santa Teresa de Calcuta: “Qué hermosos son los pies”

Bueno, acompáñenme en esto. Hablar de los pies de una santa quizá parezca extraño, pero les prometo que quiero llegar a un punto bastante interesante.


La Madre Teresa era conocida por su cuidado compasivo de los más pobres entre los pobres, llegando incluso a las alcantarillas de la India para rescatar a personas que morían en las condiciones más miserables y deshumanizantes. Las limpiaba, las cuidaba y las amaba hasta que partían a la casa del Señor.


Viajaba por todo el mundo para visitar a sus Misioneras de la Caridad, animándolas y desafiándolas en su labor. Decía la verdad a quienes tenían poder, llamando a gobiernos y líderes a un amor más profundo hacia los pobres. Y, sobre todo, pasaba horas conversando con Dios, aun a pesar de una prolongada e intensa oscuridad en la que no sentía su presencia.


Y hacía todo esto con unos pies deformados, desgastados por los kilómetros recorridos por amor al servicio de los demás.


Durante una visita a Denver en la década de 1980, el fotógrafo del Denver Catholic Register, James Baca, se fijó en aquellos pies mientras la Madre Teresa estaba de pie sobre un escenario frente a él y tomó esta legendaria fotografía.


Aquella visita a la ciudad de la milla alta, y aquella revelación evocan las palabras de Dios por medio del profeta Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación, que dice a Sión: ‘Ya reina tu Dios’!” (Isaías 52, 7).


Después de años de caminar para encontrarse con quienes sufrían, de rescatar a los moribundos y ponerlos a salvo, de recorrer el planeta para anunciarles a los demás que Dios es real y que se preocupa por ellos, los pies de la Madre Teresa llevaban las huellas de su compasión. Su fe se había hecho visible.


Por desgastados que estuvieran, qué hermosos son, considerando que llevaron la Buena Nueva, anunciaron la salvación y la paz.


El arzobispo de Denver, James Golka, eleva la Eucaristía durante la Misa en la Capilla Christ the King del Seminario St. John Vianney, en Denver. (Foto de Rocio Madera/El Pueblo Católico)
El arzobispo de Denver, James Golka, eleva la Eucaristía durante la Misa en la Capilla Christ the King del Seminario St. John Vianney, en Denver. (Foto de Rocio Madera/El Pueblo Católico)

Escritura y sacramentos: Dios habla en nuestro mundo

Desde el principio, Dios ha utilizado lo material para comunicar lo inmaterial.


Alimentó a Israel con el maná (Éxodo 16), sanó al pueblo cuando Moisés levantó una serpiente de bronce sobre una asta (Números 21) y condujo a su pueblo a través del Mar Rojo por medio de las manos y el bastón de Moisés (Éxodo 14).


Después llegó el ejemplo más grande de todos: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros” (Juan 1, 14).


A lo largo de su ministerio, Jesús utilizó lo visible para señalar lo invisible.


Juan el Bautista utilizó el agua para llamar a las personas a una vida nueva, de arrepentimiento y de purificación del pecado (Marcos 1). Jesús hizo barro para sanar a un ciego (Juan 9). Jesús metió los dedos en los oídos de un hombre sordo para sanarlo (Marcos 7). Jesús multiplicó cinco panes y dos peces para alimentar a miles de personas (Mateo 14).


Mientras Jesús se preparaba para entregarse por amor a nosotros en la cruz, dejó un memorial de quién es y de lo que ha hecho. Tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a los discípulos. (Mateo 26).


En la Eucaristía, como en cada sacramento, los signos físicos y visibles hacen presentes las gracias invisibles que Dios nos ofrece. Jesús se entrega a sí mismo por medio de la materia y nuestra fe se hace carne cuando lo recibimos.


Lo que antes era una realidad etérea y distante ahora está presente ante nosotros. Realidades complejas como la salvación, el pecado, el arrepentimiento y la gracia se hacen visibles mediante el agua, el óleo santo, el pan y el vino y las manos de un sacerdote.


Amor que deja huella

En cada uno de estos casos, ya sea en la Escritura, en los sacramentos o en la vida de quienes han seguido a Cristo en esta tierra, la fe se hace carne. Lo inmaterial se vuelve material. El cuerpo se convierte en el lugar privilegiado donde la fe y el amor se hacen visibles y dejan su huella.


Y lo hermoso es que esta realidad no es exclusiva de los santos ni de las personas consagradas. Se ve en una madre cuyo cuerpo se expande para albergar y alimentar una nueva vida. Se ve en la espalda adolorida de un padre por cargar a su hijo. Se ve en los pies hinchados de un voluntario tras pasar gran parte del día de pie sirviendo al prójimo.


Esto no se trata de curiosidades ni de una santidad al estilo de “aunque usted no lo crea”.


Tampoco se trata de buscar el sufrimiento ni de dañar el cuerpo que Dios nos ha dado para cuidar.


Sí, sin embargo, es un recordatorio de que literalmente y físicamente cambiamos cuando tomamos nuestra cruz y seguimos a Jesús. Cuando Jesús dice que viene a hacer “nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21,5), lo dice en serio: no solo se trata de nuestro corazón y nuestra alma, sino de todo nuestro ser.


La fe no permanece etérea, lejana y difícil de describir. En Jesús y en quienes lo siguen, la fe se hace carne.

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