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Image by Simon Berger

Perspective

Más allá de lo visible: el poder espiritual de las palabras

Foto del escritor: Allison Auth
Allison Auth
hace 9 minutos
4 min de lectura
(Foto: Lightstock)
(Foto: Lightstock)

Durante miles de años, la humanidad se ha maravillado ante la capacidad de las aves para volar. Desde el mito griego de Ícaro, que voló demasiado cerca del sol, hasta el primer vuelo de doce segundos de los hermanos Wright, ¿quién habría imaginado que algún día enviaríamos al cielo enormes aeronaves de cientos de miles de libras de metal todos los días?


Ese milagro cotidiano es posible gracias a una fuerza invisible llamada sustentación, que actúa junto con la curvatura de las alas. De hecho, estamos rodeados de fuerzas invisibles. ¿Quién hubiera imaginado que descubriríamos las ondas sonoras, las microondas o las ondas de radio y, más adelante, la tecnología 5G, que nos permite no solo hablar, sino también transmitir datos al instante? ¡Descubrimientos que hoy damos por sentados alguna vez se consideraron imposibles!


Cuando inventamos los microscopios, descubrimos organismos vivos microscópicos que jamás imaginamos que pudieran existir. Después, identificamos los componentes fundamentales de la materia: los átomos. No podemos ver los átomos porque son más pequeños que las ondas de luz, pero sabemos que existen por los efectos que producen.


Mientras estudiábamos los átomos en nuestras clases de ciencias en casa, vimos un video de PBS que reconocía: “Simplemente tenemos que aceptar que el mundo que conocemos y vemos surge de otro mundo que nunca podremos observar directamente. […] Quizá nunca hayamos visto un átomo, pero sabemos que está ahí. Encontramos maneras de captar sus ondas, sus sombras y sus texturas”.


Palabras que revelan lo invisible

Tanto la ciencia como nuestra fe nos enseñan que no poder ver algo no significa que no exista. El Espíritu Santo, la gracia e incluso los ángeles y los demonios actúan de manera invisible. Todo el mundo creado surgió del ámbito espiritual. Al principio, la tierra no existía hasta que Dios la creó con su palabra. Dios crea por medio de su palabra y nosotros participamos en ese acto creador cada vez que usamos nuestras palabras para hacer visibles las realidades invisibles del mundo espiritual.


Esto se manifiesta especialmente en los sacramentos, pues cada uno requiere palabras específicas para comunicar la gracia. Pensemos en las palabras de la consagración o de la absolución, en el intercambio del consentimiento matrimonial o en la fórmula trinitaria del bautismo. Incluso en la confesión, cuando expresamos nuestros pecados en voz alta, reconocemos lo que hemos hecho para recibir el perdón de Dios. La Biblia de estudio de san Ignacio señala que la confesión es algo que hacemos con nuestros labios, no solo en el silencio de nuestro corazón.


Las palabras tienen el poder de aclarar nuestros pensamientos y de hacer posibles los encuentros. Nos permiten establecer relaciones, pero también repararlas cuando se rompen. “Te amo” y “Perdóname” son dos de las expresiones más poderosas de nuestro idioma. Las ideas escritas en los libros pueden dar forma a movimientos culturales, mientras que la palabra hablada, cuando se predica bien, llega hasta lo más profundo del corazón y conduce a la conversión.


Mis hijos no entienden cómo los adultos podemos pasar horas platicando. Después de Misa, nos ruegan: “¡Por favoooor, ya vámonos!”. Pero usamos las palabras para comunicarnos con los demás y convertir las ideas abstractas en algo concreto que podamos compartir. Nuestras palabras son una expresión encarnada de lo que sucede en lo más profundo de nuestro ser.


Las palabras tienen autoridad. Así como Dios le dio a Adán la autoridad de poner nombre a los animales, nosotros también tenemos la autoridad de dar nombre a nuestros pensamientos, sentimientos y deseos. Cuando expresamos nuestros miedos, preocupaciones y angustias con palabras, estos pierden parte del poder que ejercen sobre nosotros.


Nos acercamos más a nuestro Padre cuando usamos las palabras para abrirle nuestro corazón, así como el Padre utilizó las palabras para revelarse a nosotros, no solo a través de las Escrituras, sino también por medio de su Hijo, la Palabra hecha carne.


Dios nos habla por medio de las palabras

Quizá no tengamos las herramientas para medirlo científicamente, pero Dios siempre nos habla. Principalmente, nos habla a través de las Sagradas Escrituras. Sus palabras fueron inspiradas por el Espíritu Santo y expresadas en nuestros propios idiomas para que podamos conocer algo de la mente de Dios y de su plan para nosotros. Aunque hay distintos autores y géneros literarios, todos están inspirados por Dios. Si alguna vez un pasaje de la Escritura te ha conmovido y te ha llevado a meditarlo más profundamente, a confiar en Dios, a alabarlo o incluso a esforzarte por comprenderlo, es el Espíritu invisible quien está actuando.


Con frecuencia, durante mi hora santa, me vienen a la mente ciertas palabras. A veces escribo en mi diario para dirigirme a Dios y luego anoto la respuesta que percibo. No son palabras que escuche con los oídos, pero sí son específicas, como un mensaje directo y, al mismo tiempo, divino que llega a mi mente. Muchas veces Dios me llama por mi nombre y eso capta mi atención. Por lo general, esas palabras dan frutos de claridad o de paz.


Incluso cuando nos llaman al arrepentimiento, las palabras de Dios no hieren ni lastiman; son sinceras y auténticas. Dios es paciente, misericordioso y amoroso. En cambio, la voz del enemigo es agitada, controladora o acusadora. Cuando aprendí, con la práctica, a reconocer cómo suena la voz de Dios, ¡me di cuenta de que llevaba muchísimo tiempo escuchando mi propio diálogo interior lleno de críticas!


Sus palabras sanan y ofrecen perdón, pero nunca deben provocarnos vergüenza ni obligarnos a hacer algo. El diablo nos condena, mientras que el Espíritu nos hace reconocer la verdad que nos conduce a la libertad y al arrepentimiento.


Por supuesto, nuestras palabras solo pueden expresar hasta cierto punto lo que queremos decirle a Dios, que trasciende todo lo creado. Siempre serán insuficientes para describir su amor inefable, su grandeza, su santidad y su bondad. Lo que nos queda es adentrarnos en el misterio, permitir que Dios habite en nuestro interior y abandonarnos a la acción del Espíritu Santo.


Quizá no podamos ver directamente las realidades espirituales, pero si prestamos atención, podemos percibir sus huellas, sus movimientos y sus matices en nuestra vida espiritual interior.


Estas reflexiones sobre la importancia de las palabras provienen de mi nuevo libro, Ineffable: Learning to Love the God Beyond Words (Inefable: aprender a amar al Dios que está más allá de las palabras), publicado por Sophia Institute Press.

 

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