Domingo del Diácono: llamados a servir como Cristo

En esta reflexión, el diácono Abram León comparte su camino vocacional y nos invita a escuchar el llamado de Dios y responder con generosidad.

Este Domingo del Diácono nos ofrece una hermosa oportunidad para reflexionar sobre el ministerio diaconal y dar gracias a Dios por el testimonio de tantos hombres que han respondido al llamado de Cristo a servir a su Iglesia y a su pueblo.
Las Sagradas Escrituras nos presentan una bella imagen: Dios prepara un gran banquete y envía a sus servidores para invitar a todos. En el evangelio, Jesús nos dice: “El rey envió a sus servidores para llamar a todos los invitados a la fiesta” (Mateo 22, 3). Esta imagen expresa muy bien la misión del diácono: ser un servidor enviado por Cristo para ayudar a llevar a las personas al encuentro con él. En cierto sentido, el diácono siempre dice: “La mesa está preparada. Cristo te está esperando. Ven".
El diaconado tiene sus raíces en la Iglesia apostólica. En los Hechos de los Apóstoles encontramos a los primeros cristianos eligiendo a siete hombres “llenos de espíritu y de sabiduría” para atender las necesidades de la comunidad, mientras los apóstoles se dedicaban a la oración y al ministerio de la Palabra (cf. Hch 6,1-6). La tradición de la Iglesia ha reconocido en este acontecimiento uno de los fundamentos del ministerio diaconal. Desde los primeros siglos, los diáconos han servido a la Iglesia en la palabra, la liturgia y la caridad. Por medio del Sacramento del Orden, el diácono es configurado con Cristo Servidor, quien “no vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10,45).
Hoy nuestros diáconos proclaman el evangelio, predican, sirven en el altar, bautizan, asisten en matrimonios y funerales, acompañan a los enfermos y a las familias, sirven a los pobres y están presentes en tantos momentos de necesidad. Pero detrás de todas estas formas de servicio hay una sola misión: ayudar a las personas a encontrarse con Jesucristo.
Mi propia vocación me recuerda que Dios puede llamarnos muchas veces antes de que finalmente respondamos. Después de mi encuentro personal con Jesucristo, pasé aproximadamente veinte años sirviendo como laico en mi parroquia, en la Arquidiócesis de Denver y en diferentes movimientos y obras de evangelización. Yo era feliz sirviendo y había descubierto algo muy importante: el propósito de mi vida era servir a Dios sirviendo a las personas.
Durante años, varias personas me preguntaron: “¿Por qué no eres diácono?”. Yo escuchaba, pero respondía interiormente: “Después, Señor”. Sin embargo, Dios tuvo paciencia conmigo. En julio de 2021, después de varias invitaciones inesperadas, un diácono finalmente entró en mi oficina, me entregó un número de teléfono y me dijo: “Llama a la Oficina del Diaconado. Te están esperando”. Ese día comprendí que Jesús me había estado llamando durante muchos años. Finalmente hice la llamada, comencé mi formación y respondí a su invitación.
San Pablo nos recuerda: “Todo lo puedo en aquel que me fortalece” (Filipenses 4, 13). Cuando Dios llama, también da la gracia. Cuando Dios envía, también fortalece. Por eso, la pregunta más importante no es “¿Soy capaz?”, sino “¿Estoy dispuesto a decirle sí a Dios?” El diaconado no comienza ni termina en el altar. El diaconado se convierte en un estilo de vida.
En este Domingo del Diácono, quiero dar las gracias a cada uno de nuestros diáconos por su “sí” a Cristo y a su Iglesia. Gracias por su servicio generoso en nuestras parroquias, por proclamar la Palabra, servir en el altar, acompañar a las familias, visitar a los enfermos, servir a los pobres y estar presentes tantas veces donde nadie los ve. Gracias también a sus esposas y familias, que comparten sus sacrificios, sostienen su ministerio y ofrecen a la Iglesia el don de sus esposos y padres. Su servicio importa. Su testimonio importa. Su presencia en nuestras comunidades importa. Gracias por ser Cristo servidor entre nosotros.
Este Domingo del Diácono también es una oportunidad para recordar que Dios continúa llamando. Quizás hoy hay un hombre en una de nuestras parroquias que se ha preguntado: “¿Será que Dios me está llamando?”. No tengas miedo de escuchar. Ora delante del Santísimo, habla con tu esposa, habla con tu párroco y pregúntale al Señor: “¿Qué quieres de mí?” No necesitas tener todas las respuestas. Comienza simplemente por escuchar.
Finalmente, invito a toda nuestra comunidad católica a orar por nuestros diáconos: por su fidelidad, sus matrimonios, sus familias y su ministerio; por quienes están sirviendo con alegría y por quienes atraviesan momentos de dificultad, cansancio o enfermedad; por nuestros diáconos jubilados y por quienes han entregado muchos años al servicio de la Iglesia. Oremos también por los hombres que están discerniendo esta vocación y por quienes se encuentran en formación. Y pidamos al Señor que continúe llamando nuevas vocaciones al diaconado permanente: hombres santos, humildes y generosos, dispuestos a entregar su vida al servicio de Dios y de su pueblo.
En mi propia vida puedo decir con todo mi corazón: el propósito de mi vida es hacer la voluntad de Dios y servir a Dios sirviendo a su pueblo. Quizás Dios también está tocando hoy el corazón de alguien.
Dios llama. Dios espera. Dios tiene paciencia. Dios prepara. Y Dios fortalece.
Que Cristo Servidor nos enseñe a escuchar su voz y, cuando él nos llame, responder con generosidad:
“Aquí estoy, Señor. Envíame”.








