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Image by Simon Berger

Perspective

Hacer discípulos: Compartir el Kerygma

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • 28 may
  • 5 min de lectura

Sexta parte: Para acompañar a los demás, debemos compartir la buena nueva, el evangelio, el mensaje salvador de Jesucristo.


Dos jóvenes estudian y conversan en una mesa, con libros abiertos, junto a una ventana arqueada en una sala luminosa.

(Foto de Grant Whitty)


Por Tanner Kalina


Cuando era actor en Hollywood, trabajaba muchísimo. Mucha gente piensa que los actores simplemente llegan y se divierten. No es así.


Tenía que leer montones de guiones. Una y otra vez. Después tenía que memorizar páginas de diálogos. Una y otra vez. Luego tenía que ensayar esos diálogos. Una y otra vez. Y después tenía que llegar, bajo presión, e interpretar esas líneas. Una y otra vez.


Pero lo primero era lo primero. Cada vez que recibía una audición para una película o un programa de televisión, tenía que leer el guion para familiarizarme con la historia.


Aunque estuviera audicionando para un personaje secundario que solo aparecía en una escena, tenía que leer el guion completo. Una y otra vez.


Necesitaba conocer toda la historia de principio a fin para interpretar bien a mi personaje, porque mi escena estaba influida por todas las anteriores y posteriores. Esa escena individual no era una realidad aislada, sino parte de una narrativa mucho más grande, y conocerla determinaba cómo debía interpretar la mía. Jamás se me habría ocurrido llegar a una audición sabiendo únicamente mis líneas, porque inevitablemente las diría fuera de contexto o incluso fuera del género de la historia.


De manera similar, los discípulos de Cristo deben conocer la narrativa en la que habitan.


Debemos estar familiarizados con esa narrativa que influye tanto en cada decisión que tomamos.

No podemos ver nuestra existencia como una realidad aislada, sino como parte necesaria de un todo mucho más grande.


El filósofo escocés-estadounidense Alasdair MacIntyre escribió una vez: “Solo puedo responder a la pregunta ‘¿Qué debo hacer?’ si antes puedo responder a la pregunta ‘¿De qué historia o historias formo parte?’”.


La narrativa cristiana nos ofrece el contexto para vivir nuestra vida diaria como discípulos. Esa narrativa importa.


Cuando notas que la persona a la que estás acompañando comienza intencionalmente a tomar conciencia de su sentido religioso, es el momento ideal para compartir con ella el kerigma.

El kerigma es el anuncio inicial y esencial del mensaje del evangelio de Jesucristo. Es la historia de nuestra fe, la narrativa de la realidad en la que todos habitamos. En términos sencillos, es la buena nueva.


Existen distintas fórmulas que las diócesis o apostolados utilizan para compartir el kerigma, pero los elementos centrales siempre son los mismos:


  • Fuimos creados para una relación íntima con Dios.

  • Nos rebelamos contra Dios y quedamos atrapados en la esclavitud bajo otro poder.

  • Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, vino a rescatarnos de ese poder y a restaurar nuestra relación con Dios.

  • Él nos pide arrepentirnos y asumir su manera de pensar, ver el mundo como realmente es.

  • Hacemos esto mediante el Bautismo, recibiendo su Espíritu Santo y permaneciendo en la Iglesia que él estableció.

  • Desde esta nueva vida, nos llama a ir y hacer discípulos, llevando a otros a una relación correcta con Dios.

  • Nuestra respuesta es necesaria: hacer de Cristo el centro de nuestra vida o no hacerlo.


Esto es el kerigma. Como discípulos de Cristo, debemos conocer esta historia. Debemos estar tan familiarizados con ella que podamos compartirla en 30 segundos, 30 minutos o en cualquier punto intermedio.


Y debemos compartirla con la persona a la que acompañamos intencionalmente.


Compartir el kerigma con esa persona le da la historia de nuestra fe para que pueda desempeñar su papel. Es un momento necesario y decisivo en nuestro acompañamiento intencional.


San Pablo VI escribió célebremente en su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi: “No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios.” (22).


En otras palabras, nuestro trabajo de acompañar intencionalmente a alguien queda incompleto si no compartimos intencionalmente el kerigma.


Llega un momento en el que necesitas sentarte con la persona a la que acompañas y compartirle claramente el evangelio con tus propias palabras. Esto puede parecer un poco torpe, especialmente si nunca lo has hecho antes, pero es un momento crucial que no puedes omitir.


Como escribe san Pablo a la Iglesia de Roma: “Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Y cómo oirán si nadie les predica?” (Romanos 10, 14).


Puedes iniciar este momento diciendo algo como: “¿Puedo compartir contigo un mensaje que cambió mi vida?” o “¿Te parece bien si te comparto la obra de Jesús?”.


Y si la persona a la que acompañas responde “Sí”, entonces comparte. ¡Usando tus palabras!


No necesitas ser un predicador elocuente. No necesitas decir todo perfectamente. Simplemente necesitas confiar en el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo actúa cuando se proclama el evangelio. Algo sucede cuando se anuncia la buena nueva de Jesucristo, y ese algo no depende de ti.


Nuestra gran tentación es asumir que la persona a la que acompañamos ya conoce el kerigma, especialmente si ya hemos tenido conversaciones espirituales profundas con ella. “Ya escuchó todo esto en algún momento. Está bien”.


Pero incluso si ya ha escuchado todas las partes del kerigma, necesita escucharlas de manera unificada. No podemos asumir que alguien, por su cuenta y espontáneamente, reunirá todas las piezas y aspirará a convertirse en discípulo de Cristo. No haríamos esto con nuestro libro favorito: no contaríamos fragmentos aislados de distintos capítulos en varias conversaciones y luego diríamos: “Ah, ya conoce el libro. Está bien”. Sin embargo, eso es exactamente lo que a veces hacemos con el mensaje vivificante del evangelio.


Estamos condicionados a evitar incomodar o alterar las cosas, así que debemos luchar activamente contra nuestro impulso a guardar silencio.


Mientras buscamos conducir a la persona que acompañamos hacia un encuentro con Cristo, compartirle el evangelio es esencial para propiciar ese encuentro. O como escribió san Pablo VI: “Es necesario que sean regenerados por el encuentro con el evangelio. Pero este encuentro no se producirá si el evangelio no es proclamado” (EN 20).


Aunque alguien ya haya escuchado el evangelio, la buena nueva es algo que nunca podemos escuchar demasiado. Una vez más, algo sucede cuando el evangelio se proclama.


Necesitamos que se nos recuerde. Una y otra vez.


Y una vez que hayas compartido el kerigma con la persona o las personas que acompañas intencionalmente, se requiere una respuesta de su parte. Preguntar algo como: “¿Estás dispuesto a hacer de Jesús el centro de tu vida?” o “¿Quieres comprometerte a crecer como discípulo de Cristo?” ayuda a facilitar esa respuesta.


Es importante ofrecer esta invitación por dos razones: 1) Un momento de compromiso verbal con Cristo profundiza el compromiso interior con él. 2) Si la persona no está lista para dar ese paso, podrás comprender mejor por qué y cómo servirle mejor de ahora en adelante.


Si responde con el deseo de hacer de Cristo el centro de su vida, ¡felicidades! Ya puedes entrar en la parte más emocionante de hacer discípulos. Esto marca una transición oficial hacia un período más formal de acompañamiento intencional. ¡Más sobre ese tema en mi próxima columna!


+++


Hacer discípulos es una ambiciosa serie de columnas a lo largo de un año que busca formar a los lectores, tanto teológica como prácticamente, para ir y hacer discípulos como Jesús mismo lo mandó en Mateo 28. A través de estas columnas, esperamos que los lectores de El Pueblo Católico se unan a anunciar el evangelio, para que, en Jesucristo, todos sean rescatados y tengan vida en abundancia, para gloria del Padre.


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