Hacer discípulos: Construir zonas de libertad
- Escritor Invitado

- 5 may
- 6 min de lectura
Quinta parte: Al acompañar a otros hacia Jesús, debemos encontrar lugares, espacios y momentos en los que nosotros y los demás podamos ser vulnerables.

Por Tanner Kalina
El amarillo salpicaba la llanura como una pintura de Pollock. Un sol cálido brillaba bajo una brisa fresca de otoño.
James y yo contemplamos el paisaje antes de continuar nuestra caminata por el parque nacional. Puede que Colorado no tenga los naranjas y rojos del otoño en la costa este, pero sus álamos de tono canario, esparcidos sobre el fondo de las Montañas Rocosas, son igual de impresionantes. Quizás no soy objetivo, pero lo sostengo.
A medida que nos adentrábamos más en el parque, mi conversación con James se volvía más profunda. Se abrió sobre su fe y las diversas luchas que enfrentaba, y yo pude animarlo.
Cuando retomamos la vida cotidiana en Boulder, nuestra amistad había cambiado. Nos resultaba más natural retomar donde lo habíamos dejado en el Parque Nacional de las Montañas Rocosas y entrar en conversaciones más profundas y espirituales.
El aire libre tiene una manera especial de ayudar a las personas a abrir el corazón.
San Juan Pablo II lo sabía; por eso, cuando era un joven sacerdote, solía llevar a jóvenes adultos a la naturaleza para hacer caminatas y paseos en canoa. Su objetivo era crear “zonas de libertad”, espacios en los que las personas se sintieran abiertas a hablar de cualquier cosa.
Y lo logró. Esas expediciones dieron lugar, de manera notoria, a profundas transformaciones en quienes las acompañaban.
A medida que construimos amistad con la persona o las personas a quienes acompañamos intencionalmente y ganamos su confianza, debemos fomentar zonas de libertad, espacios y momentos en los que nuestra amistad pueda madurar y las conversaciones sobre Dios fluyan.
Y para ser claros, las zonas de libertad no se crean únicamente al aire libre. Juan Pablo II también las generaba al montar obras de teatro con quienes acompañaba. Cuando yo era misionero de FOCUS, las creaba, sí, saliendo a caminar, pero también yendo a Illegal Pete’s, la alternativa más rústica a Chipotle. Hoy, con frecuencia las construyo con un vaso de bourbon en la sala de una casa o con un café en una cafetería.
Las zonas de libertad se crean menos por el entorno o la actividad —aunque ciertamente ayudan— y más por la intencionalidad con la que uno entra en ellas. Surgen donde y cuando las presiones de la vida cotidiana pueden relajarse por un momento y las personas se sienten abiertas a compartir sus pensamientos, experiencias, preguntas, etcétera.
James no se abrió conmigo en el Parque Nacional de las Montañas Rocosas por la caminata en sí —aunque creo que ayudó—, sino porque había dedicado tiempo a construir una amistad con él, a ganarme su confianza y luego a colocarnos en una situación en la que podía hacer preguntas más intencionales y simplemente escuchar.
La clave para crear una zona de libertad es propiciar un ambiente agradable y lo suficientemente seguro como para la vulnerabilidad. Pero no buscamos la vulnerabilidad por sí misma. Al acompañar intencionalmente a alguien, buscamos esa apertura para que las personas tomen conciencia de su “sentido religioso”, usando el lenguaje de monseñor Luigi Giussani.
¿Qué es el “sentido religioso”? Es ese deseo profundo de Dios, del infinito. Es esa inquietud que todos compartimos por estar unidos a nuestro propósito último, esa inevitable y sutil insatisfacción que experimentamos ante todo lo que no es Dios.
Toda persona en el mundo desea a Dios en lo más profundo de su ser. Algunos simplemente aún no están en sintonía con ese deseo.
A medida que avanzamos en el acompañamiento intencional, nuestra tarea es ayudar a quienes acompañamos a entrar en sintonía con ese deseo fundamental. Esto despierta curiosidad por la fe, un reconocimiento de que hay más en este mundo de lo que se ve a simple vista y un anhelo de descubrir a Dios —o de acercarse más a él—. Estar en sintonía con el propio sentido religioso abre a la persona a reconocer que necesita cambiar tanto como cualquier otro.
No podemos descubrir por otros su sentido religioso, pero sí podemos llevarlos hasta la puerta de ese reconocimiento. Y las zonas de libertad nos ayudan a hacerlo. Aquí hay tres elementos que ayudan a crearlas de manera orgánica:
Edad
Una diferencia de edad entre tú y la persona a la que acompañas puede facilitar la creación de una zona de libertad. Cuando yo era misionero de FOCUS en la Universidad de Colorado, por ejemplo, era un poco mayor que el misionero típico, tenía alrededor de 30 años. Esto generaba, de manera natural, una dinámica de mentor y discípulo con los universitarios a quienes servía, y ellos se abrían más por ello. Las personas suelen mostrarse más vulnerables con quienes han recorrido el mismo camino, pero van un poco más adelante. Seguramente san Juan Pablo II experimentó algo similar con los jóvenes que acompañaba.
San Ignacio de Loyola, a los 38 años, vivió este tipo de dinámica cuando regresó a estudiar en la Universidad de París y fue compañero de habitación de san Francisco Javier y san Pedro Fabro, de 23 años. Lo mismo ocurrió con san Junípero Serra, de 35 años, cuando cruzó el Atlántico rumbo al Nuevo Mundo junto con sus antiguos alumnos y amigos, el padre Palóu, de 28 años, y el padre Crespí, de 26. Y también fue así con Jesús, de 30 años, cuando caminaba con sus apóstoles.
El arte religioso suele representar a los apóstoles como hombres mayores por su sabiduría y tendemos a imaginarlos así. Sin embargo, históricamente se cree que eran jóvenes, quizá adolescentes o de poco más de 20 años (si recuerdas, el Bet Midrash era para estudiantes de 14 años en adelante). Jesús también tenía una relación de mentor con sus apóstoles, no solo por su divinidad y su fama, sino también por su edad.
Aunque nuestra cultura se ha alejado de la convivencia entre generaciones, el acompañamiento intencional florece cuando hombres mayores acompañan a hombres más jóvenes y mujeres mayores acompañan a mujeres más jóvenes. Los jóvenes necesitan una amistad auténtica con personas mayores.
Dicho esto, el acompañamiento entre personas de la misma edad y la creación de zonas de libertad entre pares son más que posibles —y quizá más comunes—.
Una aventura
Si estás acompañando intencionalmente a alguien y ya has construido una amistad y confianza con esa persona, ¡haz algo divertido con ella!
Explora el parque nacional más cercano. Disfruta una ronda de golf. Visita un museo de arte. Sal a navegar. Juega pickleball. Lleva una buena botella de vino. Levántate temprano para ver el amanecer en una caminata. Recorre un estadio deportivo. ¡Haz algo fuera de lo habitual!
Y hagas lo que hagas, permite que la conversación llegue a temas más profundos. Pide al Espíritu Santo que te guíe.
Un estudio bíblico
Un estudio bíblico es un ambiente natural para que las personas se animen mutuamente y entren en conversaciones más reflexivas.
Cuando alguien forma parte de un grupo más formal con la expectativa de abordar temas profundos, a veces le resulta más fácil mostrarse vulnerable, especialmente cuando otros también se abren.
Los estudios bíblicos también ofrecen la oportunidad de identificar quiénes, dentro de un grupo, están listos para un acompañamiento más intencional. Aquellos que asisten con regularidad y muestran deseos de profundizar en su relación con el Señor están preparados para dar el siguiente paso, del cual hablaré en mi próxima columna. ¡No te la pierdas!
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Hacer discípulos es una ambiciosa serie de columnas a lo largo de un año que busca formar a los lectores, tanto teológica como prácticamente, para ir y hacer discípulos como Jesús mismo lo mandó en Mateo 28. A través de estas columnas, esperamos que los lectores de El Pueblo Católico se unan a anunciar el evangelio, para que, en Jesucristo, todos sean rescatados y tengan vida en abundancia, para gloria del Padre.









