Cuando la misericordia nos llama por nuestro nombre: una reflexión sobre el arte de santa María Magdalena
- Escritor Invitado
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La historia de santa María Magdalena nos recuerda que, aun después de nuestras caídas, Cristo nunca deja de llamarnos para que volvamos a él.

Por Elizabeth Zelasko
Al principio dudé en ver la serie The Chosen. Crecí con una imagen de Jesús grabada en mi mente gracias a la miniserie Jesús de Nazaret, protagonizada por Robert Powell. Fue una interpretación poderosa y hermosa, pero me tomó años darme cuenta de que Jesús no necesariamente se veía como el señor Powell. De hecho, ¡casi con toda seguridad no era así!
Los seres humanos estamos profundamente marcados por lo que vemos. Se cree que alrededor del 90 % de lo que aprendemos durante la infancia llega a través de la vista. Sea o no exacta esa cifra, el punto sigue siendo el mismo: las imágenes tienen una capacidad extraordinaria para quedarse grabadas en nuestra mente. Hay buenas razones para ello, pero también es un recordatorio de que debemos ser prudentes con aquello que permitimos entrar en nuestro valioso mundo sensorial.
Todo esto es para decir que no estaba segura de querer que el rostro de Jonathan Roumie se convirtiera en mi imagen mental de Jesús, por más bello que sea. No fue sino hasta que vi el documental de Prime Jonathan and Jesus que mi corazón comenzó a abrirse a The Chosen. Escuchar a Jonathan hablar de su fe y de su trabajo me ayudó a separar al actor del personaje. Pude verlo simplemente como un hombre, un actor talentoso que fue elegido con cuidado para interpretar ese papel, pero, al fin y al cabo, un hombre.
Me alegra muchísimo haber decidido ver la serie. Ha sido una experiencia que, de manera inesperada, ha cambiado mi vida. En lugar de reemplazar mi imagen de Cristo, me ha llevado a adentrarme más en los evangelios y a encontrarme con la humanidad de quienes caminaron junto a él. ¿Quién lo hubiera imaginado?
El primer personaje en el que me enamoré de la serie fue María Magdalena. La conocemos en su momento más oscuro. Vive como prostituta y está poseída por siete demonios. Sabemos por el evangelio que María Magdalena había estado poseída, aunque no hay prueba de que fuera también la mujer prostituta mencionada en la Biblia. Sin embargo, durante siglos se ha mantenido esa identificación como parte de la tradición, así que la acepto.
La escena inicial alterna con gran habilidad entre María aprendiendo a rezar con las palabras de Isaías 43 —“Ahora, así dice el Señor, el que te ha creado, Jacob, el que te ha plasmado, Israel. No temas, que yo te he rescatado, te llamé por tu nombre, y eres mío” (Is 43, 1)—, enseñadas por su padre enfermo, y las escenas en las que es agredida por soldados romanos y atormentada por los demonios. El contraste entre la niña asustada que fue y la mujer profundamente herida y sufriente en la que se ha convertido es suficiente para partir el corazón.
La belleza del arte sacro y de la iconografía consiste en que las historias y las imágenes se conservan al transmitirse de generación en generación. El peligro de resumir la vida de una persona en apenas unas cuantas escenas emblemáticas es que su humanidad puede comenzar a desvanecerse. The Chosen nunca ha afirmado que cada conversación o acontecimiento sea histórico ni bíblicamente exacto. Lo que ofrece es una meditación artística sobre la vida personal de quienes encontramos en la Sagrada Escritura. Ese es uno de los mayores regalos que puede ofrecernos el arte: no reemplazar la verdad, sino ayudarnos a contemplarla con mayor profundidad.
En una de esas escenas memorables, María está en una taberna, a mitad de una copa, cuando el Salvador del mundo entra en silencio. Aquel de quien su padre le hablaba, aquel que la “formó y la llamó por su nombre”, está frente a ella. Jesús pronuncia: “¡María!”. Es un nombre que, al parecer, no ha escuchado desde su infancia y ella se desploma entre sus brazos. Yo terminé hecha un mar de lágrimas junto con ella.
Unos episodios después, vemos que María tiene una recaída. Fue un giro que jamás esperé. Después de encontrarse con Cristo, uno pensaría que ya era una criatura nueva, y ciertamente lo era. Pero María seguía siendo humana.
Encontré este añadido a la historia profundamente conmovedor. María comienza a escuchar las voces equivocadas. Recuerda sus pecados con más fuerza que el perdón que ha recibido. Convencida de que no es digna de caminar junto a Jesús y sus compañeros, regresa a la ciudad para apostar y beber, deslizándose de nuevo hacia la vida que creía haber dejado atrás.
Cuando Jesús descubre que se ha ido, envía a Mateo y a Simón para buscarla. Después de regresar al campamento, María tiene una conversación muy hermosa con María, la Madre de Dios, un guiño sutil pero precioso a la idea de ad Jesum per Mariam, “a Jesús por María”. Animada por la sabiduría serena de la Santísima Virgen, María Magdalena vuelve con Jesús, quien la recibe y la perdona una vez más. ¡Qué fácil es verse reflejado en todo eso!
Esa escena me conmovió profundamente porque refleja algo muy humano. ¿Con cuánta frecuencia recordamos nuestros fracasos con más facilidad que la misericordia de Dios? ¿Cuántas veces nos convencemos de que hemos caído demasiado lejos, de que hemos agotado su paciencia o de que ya no merecemos estar entre sus discípulos? La historia de María nos recuerda que la vida cristiana rara vez es una línea recta. Tropezamos. Escuchamos las voces equivocadas.
Nos alejamos. Y cada vez que volvemos, Cristo nos recibe con la misma misericordia con la que nos acogió la primera vez.
Se cree que este impresionante icono de María Magdalena estuvo colocado cerca del tramezzo de una iglesia. El tramezzo era el espacio donde un gran cancel —similar al iconostasio de las iglesias de rito oriental y al rood screen, que en la tradición romana dio origen a la reja del altar— separaba a los fieles laicos de los monjes o del clero y del altar. El pergamino que María sostiene en la mano dice: “No desesperen ustedes, que están acostumbrados al pecado; por mi ejemplo, vuelvan a Dios”. Aquí aparece viviendo como ermitaña en una cueva, después de haber renunciado a todos los bienes del mundo y cubierta únicamente por su propio cabello. Según la tradición conservada hasta nuestros días, María pasó así los últimos treinta años de su vida. Mientras habitaba en la cueva, se creía que los ángeles la asistían, alimentándola tanto espiritual como físicamente con el Cuerpo de Cristo.
María Magdalena siempre ha sido un poderoso ejemplo de conversión y de amor profundo y desinteresado por Cristo. Nos muestra lo que significa entregarle todo, confiando en que, cuando lo hacemos, él enciende nuestro corazón con el fuego de su amor. Que también nosotros sigamos sus pasos y busquemos vivir con ese mismo amor y esa misma entrega.






