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Perspective

Padre Mike Schmitz: Tu bautismo fue solo el comienzo

Foto del escritor: André Escaleira, Jr.
André Escaleira, Jr.
hace 7 horas
6 min de lectura

Por medio del bautismo nos convertimos en hijos amados de Dios y recibimos una misión para toda la vida: ser reyes, profetas y sacerdotes para hacer presente su Reino en el mundo.


El padre Mike Schmitz se dirige a los participantes de la conferencia Steubenville of the Rockies durante la Misa dominical, celebrada por el arzobispo de Denver, James Golka. (Foto de Kim Rivera/El Pueblo Católico)
El padre Mike Schmitz se dirige a los participantes de la conferencia Steubenville of the Rockies durante la Misa dominical, celebrada por el arzobispo de Denver, James Golka. (Foto de Kim Rivera/El Pueblo Católico)

El agua corre. El bebé llora. Todos sonríen. ¿Y ahora qué?


El bautismo dura solo unos momentos, pero la misión cristiana dura toda la vida. Entonces, ¿qué hace la persona bautizada después de que el agua se ha secado y la vela se ha apagado?


Buena Nueva

Primero, una buena noticia: el Reino de Dios está aquí y él está entre nosotros, recuperando, sanando y restaurando el mundo incluso ahora.


Puede parecer extraño hacer hincapié en esto, pero es importante reconocer que Dios no es un relojero lejano que puso el mundo en marcha y luego se olvidó de él. Él está, ha estado y siempre estará íntimamente involucrado en el mundo y en nuestras vidas.


“El Reino de Dios está aquí. Dios está haciendo algo, está reclamando de nuevo lo que es suyo”, dijo el padre Mike Schmitz a El Pueblo Católico. “Nacemos con corazones y almas bajo el poder del maligno. Nacemos bajo el dominio del reino de las tinieblas. Y la Buena Nueva es que Jesús vino para llevarnos a su Reino, el reino de la luz”.


El Dios del universo, en la persona de Jesucristo, se hizo hombre. Por así decirlo, entró “tras las líneas enemigas” para rescatar a su pueblo. Predicó, enseñó y sanó. Sufrió, murió y resucitó.

Abrió las puertas del cielo e invitó al pueblo redimido por Dios a entrar en una relación con él. Le dio a ese pueblo maneras concretas de vivir esa relación: los sacramentos, la Iglesia y la Biblia, inspirada por su Espíritu Santo.


El drama de esta misión de rescate, muerte y vida, conquista y reivindicación, liberación y libertad, cobra vida en el sacramento del bautismo. Por medio del sacramento, por medio de esta misión de rescate, cada bautizado se convierte en un hijo o una hija amada de Dios. Esa identidad tiene tres dimensiones: somos reyes en el Rey, somos profetas en lo cotidiano y somos sacerdotes del Reino.


Reyes en el Rey

Una vez rescatada e incorporada al cuerpo de Cristo, la persona bautizada recibe una nueva misión: “hacer avanzar el Reino, vivir el Reino, dejar que nos transforme y, después, vivir el evangelio”, explicó el padre Mike.


Pero esa misión solo tiene sentido cuando está arraigada en nuestra relación con Dios, que se hizo realidad sacramental en el bautismo, cuando recibimos nuestra identidad como sus hijos amados.


“Cuando esto se desordena, siempre nos lleva a un punto en el que la fe se convierte en algo que hacemos para demostrar algo, o nuestra relación con Dios se vuelve condicional”, dijo el padre Mike. “Pero para asegurarnos de no pensar que tenemos que ganarnos nuestra identidad o esforzarnos cada vez más por obtenerla, debemos poner primero esa relación. Esa relación se nos da, se nos entrega cuando Dios nos reclama como suyos en el bautismo. Ahora tengo una nueva identidad y, a partir de esa identidad, hago lo que hago”.


Por supuesto, una relación con Dios conlleva ciertas responsabilidades, como en toda relación. Los padres tienen la responsabilidad de alimentar, vestir y cuidar a sus hijos; los hijos tienen la responsabilidad de escuchar, respetar y honrar a sus padres. Pero todos conocemos bien las exigencias de la vida cristiana y reflexionamos sobre ellas con frecuencia.


Sin embargo, el bautismo no solo confiere responsabilidades. Como hijos amados del Rey de reyes, los bautizados son coherederos y participan de la autoridad, la libertad y la herencia de Jesús.


“Tenemos verdaderos derechos”, enfatizó el padre Mike. “Tenemos acceso al Padre. Tenemos toda la compañía de los santos, la comunión de los santos, esa es nuestra familia. Tenemos acceso a los sacramentos. Tu herencia son los 73 libros de la Biblia. Tu herencia son los siete sacramentos. Tu herencia es el Magisterio [la enseñanza de la Iglesia]”.


El padre Mike señaló que estos son mucho más que simples formalidades. Son derechos poderosos y significativos, capaces de transformar la vida.


“¡Puedo acudir al Padre en cualquier momento!”, dijo. “¡Puedo reconciliarme cuando he fallado!”.


Profetas en lo cotidiano

Arraigados en esa identidad de hijos amados, los bautizados deben convertirse en profetas llenos de celo, compartiendo con los demás esa Buena Nueva: la salvación es real y posible.


“La tarea que se nos ha confiado como hijos e hijas adoptivos de Dios es permitir que esa [identidad] transforme nuestros corazones y, después, llevarla al mundo, de la manera en que él nos pida hacerlo”, explicó el padre Mike.


Esto no tiene que ser una tarea monumental, continuó. De hecho, a lo largo de las Escrituras y en las vidas de los santos, Dios llama a los débiles, a los pequeños y a los sencillos para enseñar a los poderosos y a los sabios.


“Muchas veces pienso de inmediato en las cosas grandes: Dios quiere que lleve el evangelio ¡al mundo! Pero olvido cuántas veces, incluso en la Biblia, a alguien simplemente se le pidió vivir bien esta vida, amar a las personas más cercanas”, señaló el padre Mike.  “Haz esto, aquí mismo, delante de ti. No tiene que ser como Francisco de Asís, Madre Teresa o Teresa de Ávila. El Reino de los cielos viene a esta tierra para reinar cuando simplemente vivimos cada día como hijos e hijas de Dios”.


Aunque reconoció que no es una misión glamorosa, sí es una misión que requiere constancia.

“La constancia siempre vence a la intensidad”, dijo el padre. “Hazte presente una y otra vez y deja que Dios haga lo que necesita hacer”.


Al citar el ejemplo del rey Salomón en el Antiguo Testamento, el padre Mike reflexionó sobre la importancia de la constancia y la fidelidad. Aunque el rey Salomón comenzó bien, pidiendo sabiduría para gobernar y recibiendo de Dios una abundante recompensa (1 Reyes 3), terminó en la ruina, con el reino dividido y sumido en la idolatría (1 Reyes 11).


¿Por qué?


“Hizo cosas extraordinarias, pero no hizo las cosas ordinarias”, explicó el padre Mike. “Cuando se trata de nosotros como discípulos, como hijos e hijas adoptivos de Dios, quiero hacer algo grande por ti, Dios. Es posible usar los dones y las oportunidades que Dios nos da y perder nuestro corazón, porque estoy haciendo las cosas extraordinarias, pero estoy dejando de hacer las cosas ordinarias”.


Sacerdotes del Reino

Todo esto suena muy bien, pero ¿por qué importa? ¿Cuál es el propósito de toda esta vida cristiana?


La respuesta del padre Mike fue clara: la adoración.


“El propósito de todo esto es la adoración. Por eso, la música de alabanza es algo bueno, y también lo son otras cosas, porque son una prolongación del sacrificio eucarístico", explicó el padre. “Así que nuestro ayuno de un viernes, o de cualquier otro día, o cualquier tipo de penitencia que hagamos, es una prolongación del sacrificio eucarístico. Cada vez que ‘lo ofrecemos’, cada vez que nos humillamos, cada vez que ofrecemos a Dios un sacrificio de alabanza, es una prolongación del sacrificio eucarístico, y podemos hacerlo gracias a nuestro sacerdocio del Reino”.


Por medio del bautismo, cada persona se convierte en un “sacerdote del Reino”, dijo el padre Mike. La responsabilidad principal de este sacerdocio común, distinto del sacerdocio ordenado, es orar y ofrecer sacrificios, explicó.


“Cuando vamos a Misa, no estamos ahí para ver al sacerdote ministerial rezar, al sacerdote ordenado rezar”, dijo. “Estamos ahí para que, como sacerdotes del Reino, unamos nuestro sacerdocio a su sacerdocio ordenado o ministerial, para unirnos al sumo sacerdocio de Jesús y ofrecer culto a Dios”.


Esta comprensión lo cambia todo, continuó, no solo en nuestra oración durante la Misa, sino también en toda nuestra vida cristiana.


“Si los católicos entendieran esto, sería increíble. Transformaría no solo la manera en que entendemos la Misa, sino también la manera en que ofrecemos”, dijo. “¿Cuántas personas han dicho: ‘Ofrécelo’? Pero como eres sacerdote del Reino y porque, como dijo san Pablo, “ofrezcan sus cuerpos como una víctima viva” (Romanos 12, 1), o “ahora me alegro por los padecimientos que soporto por ustedes” y “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses 1, 24), podemos hacerlo porque somos sacerdotes del Reino”.


Iconos vivos en el mundo

Como amados reyes, profetas y sacerdotes, hijos adoptivos del Padre, los bautizados llevan consigo la presencia de Dios a un mundo hambriento. Por medio de una fidelidad constante y un testimonio valiente, invitan a otros a entrar en una relación con el Rey de reyes. Tal vez no parezca glamuroso, pero no por eso es menos poderoso.


“Siempre digo que el evangelio avanzará en nuestra cultura por medio de dos cosas: la familia y la amistad”, dijo el padre Mike a El Pueblo Católico.


Al vivir fielmente lo que Dios pide, especialmente mediante una amistad profunda con el Señor y con los demás, los bautizados se convierten en las manos y los pies de Cristo, iconos vivos de la verdad, la belleza y la bondad.


El agua ya se secó. La vela se apagó. Pero la misión apenas comienza.

 

 

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