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Image by Simon Berger

Perspective

Sosteniendo el cielo entre mis brazos

Foto del escritor: Escritor Invitado
Escritor Invitado
hace 3 horas
4 min de lectura
Bautizo en iglesia: sacerdote vierte agua sobre un bebé mientras la madre, el padre y niños observan con emoción.
El diácono Ernest ha tenido el privilegio de bautizar seis de sus nueve nietos, una experiencia única como diácono, padre y abuelo. (Foto de Neil McDonough/El Pueblo Católico)

Por el diácono Ernest Martínez

Director de diáconos

Arquidiócesis de Denver

 

Como diácono, he tenido la bendición de bautizar a más de 100 niños. De todos esos momentos, ninguno me ha conmovido más profundamente que bautizar a seis de mis nueve nietos.

 

He estado en muchos lugares a lo largo de mi vida. Como oficial de policía, fui testigo tanto de tragedias como de momentos de gracia. Como esposo y padre, he experimentado las alegrías y los desafíos de la vida familiar. Como diácono, he estado junto a altares, sepulturas, camas de hospital y celebraciones de bodas. Sin embargo, hay algo especialmente conmovedor en sostener a un niño sobre la pila bautismal. Tal vez sea porque en ese momento el futuro está literalmente en tus manos.

 

Todavía recuerdo a cada uno de mis nietos. Sus pequeños dedos aferrándose a los míos. Las sonrisas de sus padres. Los familiares inclinándose hacia adelante con ilusión. Luego, el agua.

 

En algunos de los bautismos que celebro, he tenido la bendición de utilizar la inmersión, una antigua práctica de la Iglesia que se remonta a los primeros cristianos. Hay algo profundamente hermoso en sumergir a un niño en el agua y volverlo a sacar. Es un signo que habla directamente al corazón. Después, los padres y abuelos suelen decirme que nunca olvidarán esa imagen.

 

Tal vez sea porque el agua está entretejida en la historia de toda vida humana. Antes de que cualquiera de nosotros viera la luz del día, vivimos en el agua. Durante nueve meses, cada uno fue llevado con seguridad en el vientre de su madre, rodeado de las aguas que lo alimentaban y lo protegían. Mucho antes de dar nuestro primer aliento, la vida ya florecía en ese mar oculto. El agua es el lugar donde comienza la vida humana. También es donde comienza la vida nueva en Cristo.

 

Desde los primeros versículos del Génesis, cuando el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas, pasando por Noé y el diluvio, por los israelitas que atravesaron el Mar Rojo y por el río Jordán, donde Cristo mismo entró en las aguas, la historia de la salvación fluye constantemente a través del agua. Durante la liturgia bautismal, la hermosa oración de la Iglesia recuerda estos momentos de salvación. Allí, sosteniendo a uno de mis nietos, a menudo siento como si toda la historia de la salvación convergiera en ese único instante. La vida brota con fuerza.

 

El agua toca la cabeza del niño o, en el caso de la inmersión, lo envuelve por completo, y entonces recuerdo que Dios nunca termina de escribir su historia en nuestras vidas. Con los años, he aprendido que el bautismo rara vez se trata únicamente del niño. Con frecuencia se convierte en un encuentro con toda la familia.

 

Familia sonriente en una iglesia tras un bautizo; madre con velo sostiene un bebé, con sacerdote y cuatro niños alrededor.
El diácono Ernest sonrie con su hija, Lauren, su yerno, Santiago, y cinco nietos. (Foto de Neil McDonough/El Pueblo Católico)

Muchos padres y padrinos que se presentan aman profundamente a sus hijos y desean lo mejor para ellos. Sin embargo, muchos reconocen que no han estado practicando activamente su fe. Algunos vienen porque un abuelo los animó con delicadeza. Otros vienen porque el nacimiento de un hijo ha despertado preguntas que no se habían planteado en años.

 

Como abuelo, entiendo el deseo de transmitir algo valioso a la siguiente generación. Como padre, entiendo la responsabilidad. Como diácono, veo una oportunidad.

 

La reunión de preparación para el bautismo suele ser mucho más que una explicación de los requisitos o una conversación sobre los padrinos. Se convierte en un diálogo sobre la familia, el discipulado y la esperanza. Es una oportunidad para recordarles a los padres que llevar a un hijo al bautismo no es la meta final; es la línea de partida de una misión.

 

Una realidad que he observado es que muchos católicos hoy han recibido los sacramentos, pero no siempre han sido catequizados adecuadamente. Nunca fueron plenamente formados para vivir la fe. Aman a Dios, pero con frecuencia no se sienten seguros de cómo orar, asistir fielmente a la Misa o enseñar a sus hijos acerca de Cristo.

 

Sin embargo, también he sido testigo de algo hermoso. El nacimiento de un hijo puede reabrir puertas que parecían cerradas. Padres que se habían alejado de la Iglesia comienzan a asistir nuevamente a la Misa. Los matrimonios regresan al sacramento de la reconciliación. Las familias vuelven a vincularse con la vida parroquial. Una solicitud de bautismo es el primer paso en un camino renovado con Cristo.

 

Bebé vestido de blanco con pajarita, sostenido por adultos en una ceremonia religiosa, con gesto sereno.
(Foto de Neil McDonough/El Pueblo Católico)

He visto a los abuelos iniciar la conversación sobre el bautismo. He ayudado a familias a afrontar conversaciones difíciles sobre los padrinos. He acompañado a padres que se sentían poco preparados para transmitir una fe que ellos mismos nunca habían recibido plenamente. Cada familia llega con una historia distinta. Algunas necesitan ánimo. Otras necesitan claridad. La mayoría simplemente necesita a alguien dispuesto a acompañarlas un poco más en el camino.

 

Ese acompañamiento es importante porque la Iglesia no está simplemente preparando a una familia para una ceremonia. La estamos invitando a una relación con Jesucristo y a la vida de su Iglesia. Por lo general, los padres buscan algo más que un mero rito. Buscan significado. Buscan propósito. Quieren que sus hijos conozcan a Dios.

 

A menudo pienso en los niños que he bautizado a lo largo de los años. Muchos ya están en la escuela. Algunos han recibido la primera comunión. Unos cuantos se acercan a la confirmación. Rezo regularmente por ellos. También rezo por sus padres y abuelos.

 

Y cuando sostengo a uno de mis nietos entre mis brazos y lo sumerjo suavemente en las aguas del bautismo, oro en silencio para que ese momento resuene a lo largo de toda su vida; para que llegue a conocer personalmente a Jesús, ame a su Iglesia, reciba con frecuencia su misericordia y, algún día, lleve a sus propios hijos a estas mismas aguas de salvación.

 

Para mí, esa es la belleza perdurable del bautismo. Comienza en el agua, así como la vida misma comienza en el agua, y, si se vive con fidelidad, puede transformar generaciones.

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