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Image by Simon Berger

Perspective

25 años después del 11 de septiembre, un diácono de la Fuerza Aérea recuerda el valor y el sacrificio

Foto del escritor: Escritor Invitado
Escritor Invitado
hace 1 día
6 min de lectura

El diácono Clarence Johnson se encontraba dentro del Pentágono cuando el vuelo 77 de American Airlines se estrelló contra el edificio. El amor sacrificado que presenció aquel día le enseñó lo que significa dar la vida por los demás.


Vista aérea del Pentágono el 14 de septiembre, durante las labores de limpieza tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. (Foto: dominio público vía Wikimedia Commons)
Vista aérea del Pentágono el 14 de septiembre, durante las labores de limpieza tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. (Foto: dominio público vía Wikimedia Commons)

Por el diácono Clarence Johnson

“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Juan 15, 13).

El 11 de septiembre del 2001 comenzó como cualquier otro día en el Pentágono: ajetreado.

Yo trabajaba en el área de requerimientos para la cartera de aeronaves del Departamento de Defensa. Mi oficina, dentro del Estado Mayor Conjunto, se encontraba en el primer piso, en la sección exterior del lado este del Pentágono. Llegué a las 7:15 a. m. y estaba trabajando en un proyecto que me había asignado mi jefe, un general de tres estrellas, a quien, para efectos de este relato, llamaré “teniente general Bruce”.


Diez minutos después de que el primer avión se estrellara contra la torre Norte del World Trade Center, nos enteramos de lo ocurrido. ¿Se trataba de terrorismo? A las 9:03 a. m., cualquier duda desapareció cuando el segundo avión impactó la torre Sur. Nuestra nación estaba siendo atacada.


Nos sentíamos inquietos, con la sensación de que algo más era inminente. Pero ¿dónde? La respuesta llegó a las 9:37 a. m., cuando el vuelo 77 de American Airlines se estrelló contra el Pentágono, causando finalmente la muerte de 184 personas, entre pasajeros y quienes se encontraban dentro del edificio. Increíblemente, nosotros no sentimos ningún efecto físico ni nos informaron que un avión se había estrellado. El Pentágono es enorme: es el edificio de oficinas de poca altura más grande del país, con más de 600,000 metros cuadrados de espacio de oficinas y más de 28 kilómetros de pasillos. El ataque ocurrió en el lado oeste, prácticamente lo más lejos posible de donde estábamos nosotros.


En cambio, a las 9:39 a. m. nos informaron que había detonado un “artefacto explosivo” y recibimos la orden de evacuar y reunirnos en nuestro punto de encuentro, a varios cientos de metros de distancia. Desde allí podíamos ver una espesa columna de humo negro que salía del edificio, lo cual contradecía la explicación inicial. El pequeño grupo con el que me reuní estaba formado por el teniente general Bruce, un coronel del Ejército, un capitán de la Marina y dos coroneles de la Infantería de Marina. Mientras esperábamos, conversamos sobre los posibles pasos que nuestro país tendría que dar a continuación.


Aproximadamente a las 11:15 a. m., un infante de Marina pasó corriendo junto a nosotros y gritó que los bomberos buscaban voluntarios para volver a entrar al edificio y rescatar sobrevivientes. Mientras yo permanecía allí pensando en la invitación, levanté la mirada y vi al teniente general Bruce caminar tranquilamente por el sendero hacia un camión de bomberos estacionado a unos 180 metros de nosotros, diciendo algo así como: “Hagámoslo. Quiero volver a entrar”. Ver a un oficial de tan alto rango quitarse las insignias, sin esperar ningún trato especial y dispuesto a ir mucho más allá de sus obligaciones oficiales, nos conmovió a mí y a los demás que estábamos reunidos afuera. Eso decidió todo: iríamos todos.


No era la primera vez que el teniente general Bruce tomaba una decisión así. Cuando era coronel y servía durante la primera Guerra del Golfo, comandaba un ala de cazas de la Fuerza Aérea que recibió la orden de atacar objetivos en una zona de Irak fuertemente defendida. El entonces coronel Bruce decidió encabezar personalmente el ala de cazas en combate, aunque no estaba obligado a hacerlo. Fue un acto extraordinariamente desinteresado que levantó el ánimo de quienes volaron con él aquella noche.


A las 11:30 a. m., casi una docena de hombres, representantes de todas las ramas de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, nos formamos frente a una puerta en la planta baja del patio central del Pentágono, cerca de la trayectoria de destrucción que había dejado el avión. Nos indicaron que nos quitáramos cualquier insignia o distintivo metálico de rango, así como las camisas de poliéster del uniforme, pues se derretirían con las llamas. Sin ningún equipo de protección, cada uno de nosotros, los voluntarios, quedó unido a los demás mediante una cuerda larga y gruesa, y asegurado a los bomberos que iban al frente, mientras nos preparábamos para comenzar la operación de rescate.


En ese momento, me avergüenza admitirlo, varios pensamientos difíciles cruzaron por mi mente: “¿Estoy preparado para esto?”. “Nunca he entrado en un edificio en llamas”. “¿De verdad he pensado bien lo que estoy haciendo?”. Un bombero volteó hacia nosotros y dijo con seriedad: “Prepárense. ¡Vamos a entrar! Va a hacer mucho calor”.


Apenas logramos cruzar la puerta cuando el humo asfixiante y la intensidad de las llamas nos obligaron a retroceder. Pasamos el resto de la tarde atendiendo los puestos de clasificación de heridos en el patio central y ayudando a los equipos de primera respuesta.


Todos estábamos muy decepcionados y sentíamos que habíamos fracasado, pero aprendimos algo importante: cada uno de nosotros estaba dispuesto y era capaz de morir a sí mismo por el bien de los demás. A imitación de Cristo, el teniente general Bruce nos inspiró a seguirlo siguiendo, a su vez, el ejemplo de Cristo. Jesús, autor de la vida, también nos mostró cómo morir a nosotros mismos para que pudiéramos experimentar la plenitud de la vida en este mundo y en el venidero, mediante un amor radical hacia los demás. Porque “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Juan 15, 13).


Aunque nuestro pequeño grupo no logró realizar ningún rescate heroico, el valor y la disposición a dar la vida se hicieron plenamente visibles en el Pentágono aquel 11 de septiembre. Ese valor quedó ejemplificado en los oficiales de la Marina que se enfrentaron a las llamas y al humo para salvar la vida de un hombre que había quedado atrapado en su escritorio bajo una pared que se desplomó sobre él. También se manifestó en una oficial del Ejército que decidió salvar a sus compañeros y no solamente a sí misma, guiándolos a través de la oscuridad, el fuego y el humo hasta ponerlos a salvo, incluso cargando sobre su espalda a una mujer de edad avanzada para que no se quedara atrás. Y quedó personificado en un líder, el teniente general Bruce, quien siguió el ejemplo de Cristo al estar dispuesto a “darlo todo” con la esperanza de salvar a los demás.


Al conmemorar nuestra nación el 25.º aniversario del 11 de septiembre, honro a quienes perdieron la vida y a los héroes que salvaron vidas en Nueva York, en los cielos de Pensilvania y en el Pentágono. Su entrega convirtió las cenizas en belleza y reveló lo mejor de nosotros. También comparto el dolor de quienes perdieron a familiares y amigos.


El recuerdo del 11 de septiembre permanece conmigo y continúa dando forma a mi vocación como diácono permanente. Me enseñó que primero debemos aprender a morir para poder vivir y que, para hacerlo bien, debemos seguir a Cristo tanto en nuestro compromiso como en nuestras acciones. También me lleva a preguntarme de qué manera Dios me está preparando o llamando a través de cada nueva circunstancia.


Sea cual sea la respuesta, he decidido que siempre es mejor ponerse de pie y responder a la altura del momento. Rezo para que ustedes también se sientan inspirados a hacerlo al recordar a quienes perdimos y a nuestros héroes, y al discernir el propósito de Dios para sus vidas.



Originario de Austin, Texas, el diácono Clarence “C.J.” Johnson Jr. sirvió durante 27 años en servicio activo en la Fuerza Aérea, donde ejerció puestos de mando en distintos niveles. En cinco ocasiones desempeñó diversas funciones en el Pentágono, como parte del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, del personal del secretario de Defensa y del Estado Mayor del presidente del Estado Mayor Conjunto. Tras retirarse de la Fuerza Aérea en 2015, se desempeñó como secretario adjunto en la Oficina para Contrarrestar Armas de Destrucción Masiva del Departamento de Seguridad Nacional. Ingresó a la formación para el diaconado en 2019 en la Diócesis de Colorado Springs y fue ordenado en el 2024. Actualmente sirve en la parroquia Corpus Christi, en Colorado Springs, y es director adjunto de formación diaconal de la Diócesis de Colorado Springs. Él y su esposa, Sheila, llevan 22 años de matrimonio.

 

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