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Image by Simon Berger

Perspective

Amor entre mis brazos: la misión católica de un padrino

  • Foto del escritor: André Escaleira, Jr.
    André Escaleira, Jr.
  • hace 45 minutos
  • 3 min de lectura

Un momento de paz con mi ahijada dormida se convirtió para en una profunda reflexión sobre la gracia, la oración, el testimonio y el amor de Dios.



Un día cálido de noviembre puede ser poco común en Denver, pero en Florida es de esperarse. Sin embargo, incluso para ser noviembre, aquel era un día perfecto. Hacía sol, la temperatura era agradable, soplaba una ligera brisa y mi ahijada de cuatro meses, recién bautizada, dormía sobre mi pecho.


Estaba sentado tranquilamente en el porche con mosquitero de la casa de mi mamá, contemplando el grupo de patos que ella había reunido gracias a su generosidad al alimentarlos, mientras rezaba el rosario y Emerie dormía plácidamente. (¡Me han dicho que, cuando hay niños pequeños cerca, hay que aprovechar cualquier oportunidad para rezar!).


Entre los tranquilos ronquidos de la bebé y algún que otro graznido, no pude evitar pensar: la vida no puede ser mejor que esto.


Este grinch en recuperación, cuyo corazón también creció tres tallas y media de golpe al conocer a esta pequeña bendición, sintió que el corazón se le abría de nuevo. Esta vez no fue por la emoción ni por el alboroto, sino en la quietud, al comenzar a tomar conciencia de mi nueva misión como padrino.


Por el resto de mi vida, mi misión será rezar por esta nueva hija de Dios, apoyarla, darle testimonio y amarla, aunque sea con una pequeña medida del amor que Dios siente por ella.


Mientras estaba allí, pasando mentalmente las cuentas del rosario por temor a que el sonido o el movimiento despertaran a mi ahijada, que dormía tranquila, literalmente rezando sobre ella y por ella, algo se volvió evidente: Dios la ama más.


Y darme cuenta de eso me conmovió todavía más. El amor intenso, protector y lleno de alegría que siento por la dulce Emerie no se parece a nada que haya experimentado antes. Pero, por mucho que mi corazón rebose de amor por ella, ¡cuánto más rebosa el corazón del Padre!

Mi amor, por abrumador que parezca, es imperfecto, pecador y limitado. Dios, que es absolutamente perfecto y bueno, la ama más. Él la llamó a la existencia desde el principio de los tiempos. Él sufrió, murió y resucitó por ella.


Pero, gracias a Dios, no se trata de una competencia. Más bien, mi misión como padrino consiste en colaborar con la gracia.


Además de sus padres, es mi responsabilidad asegurarme, con mis palabras y mis acciones, de que Emerie sepa que es amada sin medida, desde toda la eternidad y hasta el momento presente, ahora mismo, en medio de este ronquido en particular. Es mi responsabilidad asegurarme de que sepa que el mismo Dios que la ha amado desde siempre también está presente en la Eucaristía, esperando que ella llegue a conocerlo y a recibirlo. Es mi responsabilidad rezar fervientemente por ella y con ella, presentándole ese amor que supera todo lo que se pueda expresar con palabras. Es mi responsabilidad mostrarle, más que simplemente hablarle, de estas realidades celestiales, para que crea en ellas hasta lo más profundo de su ser.


Ahí radica la misión de los padrinos: en el amor, en el testimonio y en la oración.


Desde que nació Emerie, he podido vislumbrar el corazón de Dios, que arde de amor por nosotros.

Si san Juan puede escribir: “Dios es amor” (ver 1 Juan 4, 7-21), ahora puedo verlo. Ahora puedo sostener el amor entre mis brazos. De hecho, ella acaba de moverse mientras duerme. No hace mucho, me devolvió un poco de leche encima por primera vez.


Gracias a Dios, por el resto de mi vida tendré un lugar privilegiado desde donde contemplar esa clase de amor. Quizá no sea más que un débil reflejo del amor de Dios, aunque sea todo lo que soy capaz de ofrecer, pero estaré eternamente agradecido por esta nueva misión.

 

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