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Image by Simon Berger

Perspective

¿Qué hace que una obra de arte sea buena? La Asunción de Tiziano nos muestra la respuesta

  • Foto del escritor: Elizabeth Zelasko
    Elizabeth Zelasko
  • hace 23 minutos
  • 4 min de lectura

Para la solemnidad de la Asunción, una obra maestra del arte sacro revela la relación entre la belleza, el anhelo y el amor.


Asunción de la Virgen, de Tiziano, c. 1516-1518. Basílica de Santa María Gloriosa dei Frari, Venecia, Italia. (Foto: dominio público vía Wikimedia Commons)
Asunción de la Virgen, de Tiziano, c. 1516-1518. Basílica de Santa María Gloriosa dei Frari, Venecia, Italia. (Foto: dominio público vía Wikimedia Commons)

“¿Qué hace que una obra de arte sea buena?”


Fue la manera en que mi amigo formuló la pregunta. Como lo conocía, sabía que no buscaba una respuesta que incluyera algo como “una composición sólida, buena iluminación o dominio técnico en la ejecución”. Y aunque todo eso forma parte del “buen arte”, ¿cuál era entonces la respuesta, si no eran esas cosas?


Lo pensé por un momento.


Yo propondría que el arte es algo estático que posee toda una vida de movimiento espiritual dinámico. Aunque una obra permanezca inmóvil en una casa o en un museo, las personas se encuentran con ella y llevan consigo toda una vida de experiencias: todo el dolor, la alegría, el sufrimiento, la tristeza y la esperanza que han vivido. Y es cuando una persona se abre a la obra y a lo que esta pudiera decirle que algo se mueve en su interior, de una manera u otra. Esa conmoción del corazón puede ocurrir o no, pero cuando ocurre, crea una relación como ninguna otra. Es un acontecimiento irrepetible, algo que se dice de un corazón a otro, a través del tiempo, desde la obra de arte hasta quien la contempla. Y esa imagen permanece con la persona; la lleva consigo, a veces durante toda la vida. Es una idea de encuentro que no tiene nada de estática.

“Entonces, ¿amor?”, preguntó mi amigo.


“Sí”, respondí sin mucha elocuencia. “Amor. Eso es lo que hace que una obra de arte sea buena”.

No se trata solo del amor de quien contempla la obra y la recibe en su alma, sino también del amor del artista. Se puede sentir, ¡a veces incluso siglos después!, cuando el artista amaba lo que estaba creando. Amaba la manera en que la luz caía sobre el objeto; amaba lo que significaba el tema; amaba el acto mismo de crear. De algún modo, todo esto se transmite cuando nos abrimos al encuentro.


La belleza y el amor son realidades de gran peso, y el arte tiene el poder de sostenerlas, de traerlas hasta nosotros.


Para mí, este retablo de Tiziano, de dimensiones mayores que las de una persona, la Asunción de la Virgen, tiene todas las señales del amor. Se puede ver el amor por Nuestra Señora. Se puede sentir la experiencia compartida y el amor fraterno de los discípulos. Y la adoración a Dios Padre es clarísima. Además, el dominio técnico de la pintura tampoco está nada mal.


¿Se imaginan lo que debió haber sido para los apóstoles perder a María? ¡Qué día tan triste! Sin duda, conocían muy bien la pérdida y el amor, pero eso no habría hecho que fuera más fácil.


Pienso en su dolor en ese momento, pero también en su asombro. Tiziano captó todo esto en el dramatismo de su composición. Al colocar a la mayoría de los apóstoles abajo, entre la oscuridad y las sombras, Tiziano crea una tensión en medio del frenesí que presenciamos: todos parecen gritar: “¡Espera! ¡Todavía no!”.


Mientras María tiene la mirada puesta en Dios Padre, sabemos que nos lleva consigo. Está vestida con los colores tradicionales: el rojo representa su humanidad y el azul la envuelve como símbolo de la divinidad. Los colores de la vestimenta de María siempre aparecen a la inversa de los de Cristo, quien nació siendo divino y se “revistió” de nuestra humanidad.


Esta pintura me recuerda muchísimo a La disputa del Sacramento, de Rafael. Si buscan esa imagen, enseguida podrán ver la semejanza. Tiziano pintó su Asunción apenas cinco años después y seguramente conocía muy bien la obra del joven Rafael. Los tres ámbitos distintos de este mundo y de la vida siempre presente que nos espera guardan una semejanza extraordinaria con la composición de Rafael, pues ocupan tres espacios separados, pero estrechamente relacionados dentro de ella. Sin embargo, donde Rafael coloca la Eucaristía, Tiziano coloca la mano de un apóstol que se extiende hacia María, dirigiendo la mirada de quien contempla la obra exactamente hacia donde él quiere. Este es el momento más conmovedor.


Esta imagen fue pintada por alguien que sabe lo que significa anhelar algo que está apenas fuera de nuestro alcance, y ese extenderse resume la experiencia humana. El profundo anhelo que todos llevamos hasta los huesos, los dolores que han dado origen a siglos de canciones, poemas y oraciones, parecen concentrarse en una sola mano extendida. Resume el Salmo 63:


“Dios, tú mío Dios, yo te busco, mi ser tiene sed de ti, por ti languidece mi cuerpo, como erial agotado, sin agua. Así como te veía en el santuario, contemplando tu fuerza y tu gloria -pues tu amor es mejor que la vida, por eso mis labios te alaban-, así quiero bendecirte en mi vida, levantar mis manos en tu nombre; me saciaré como grasa y médula, mis labios te alabarán jubilosos.   Si acostado me vienes a la mente, quedo en vela meditando en ti, porque tú me sirves de auxilio y exulto a la sombra de tus alas; mi ser se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene”.

Lo cual nos lleva de nuevo al punto de partida: definir qué hace que una obra de arte sea buena: el amor. El amor es lo que hace que una obra de arte sea buena.


Es lo que hace bueno todo en la vida. Nuestro anhelo de Dios y nuestro amor por él son buenos.


Es bueno sentir tristeza cuando alguien se aleja de nosotros. Es bueno extender las manos. En este tiempo, adéntrense en el dolor y el asombro de la solemnidad de la Asunción. Sepan que no están en la oscuridad, sino rodeados por los demás apóstoles y por el amor de Dios.

 

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