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Perspective

Hacer discípulos: Avanzar hacia la conversión

  • Foto del escritor: Tanner Kalina
    Tanner Kalina
  • hace 14 minutos
  • 5 min de lectura

Parte nueve: Una vez que alguien ha tenido un encuentro con Jesús, queda clara la necesidad de cambiar, arrepentirse y convertirse.


El arzobispo de Denver, James Golka, bautiza a un joven durante la Vigilia Pascual de 2026 en la Catedral Basílica de la Inmaculada Concepción en Denver. (Foto de Dan Petty/El Pueblo Católico)
El arzobispo de Denver, James Golka, bautiza a un joven durante la Vigilia Pascual de 2026 en la Catedral Basílica de la Inmaculada Concepción en Denver. (Foto de Dan Petty/El Pueblo Católico)

 

Recuerdo mi bautismo. Tenía cinco años.


Fue el 29 de marzo de 1997, durante la Vigilia Pascual en la antigua iglesia de St. Ann, en Coppell, Texas.


Mis abuelos viajaron hasta allá para acompañarme. Mi tía fue mi madrina. El mejor amigo de mi papá tomó un avión para ser mi padrino.


Iba a ser un día que lo cambiaría todo, o al menos eso me había prometido la hermana Ruth.

Llevaba un pequeño esmoquin muy elegante y recuerdo la vestidura blanca que tuve que ponerme encima a mitad de la Misa.


Recuerdo que incliné la cabeza sobre la pila bautismal, ubicada justo en medio de la asamblea de St. Ann, y que monseñor Broderick me bautizó en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.


Mientras me llevaban de ahí, volteé para ver cómo bautizaban a mi mamá después de mí, y recuerdo haber pensado: “¿Eso fue todo? ¿De verdad acabo de cambiar, como dijo la hermana Ruth?”.


Ciertamente no me sentía diferente, pero confiaba en que algo trascendental había sucedido en mi interior.


¡Qué gracia! No todos los niños de cinco años reaccionarían así, creyendo que había sucedido algo extraordinario, aunque no lo hubieran sentido.


Mi bautismo fue mi primera conversión, el momento en que fui hecho miembro de Cristo.

Si has sido bautizado, también has recibido lo que la Iglesia llama tu primera conversión (véase CIC 1427). Ya sea que recuerdes ese momento o no y hayas sentido algo o no, recibiste el don de la vida nueva que Cristo nos da en el bautismo. ¡Qué gracia!


Segunda conversión

Pero nuestro camino de fe no termina con el bautismo.


La Iglesia nos llama a una segunda conversión, un proceso que dura toda la vida, de arrepentimiento y renovación espiritual cada vez más profundos (véase CIC 1428). Como enseñó una vez san Ambrosio, uno de los cuatro doctores originales de la Iglesia: “Existen el agua y las lágrimas: el agua del bautismo y las lágrimas del arrepentimiento”.


El arrepentimiento es mucho más que sentir pesar por nuestros pecados. También es mucho más que ir al confesionario, aunque ambas cosas son buenas y necesarias. Según la Iglesia Católica:

La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión al mal y una repugnancia por las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia (CIC 1431, énfasis mío).


El arrepentimiento es una “reorientación radical” de nuestra vida, un cambio completo en nuestra manera de entender la realidad. Es alejarnos del pecado y volvernos hacia Dios. Es un cambio en nuestros deseos, un amor genuino por las cosas de Dios y un verdadero rechazo del mal.

Es madurez espiritual.


Y esto es un proceso. Madurar siempre es un proceso.


En un mundo de soluciones rápidas y compras con un clic en Amazon, queremos soluciones de un solo clic. Pero el verdadero arrepentimiento no surge con un clic en Amazon. ¡Ojalá fuera así!


Encuentros que llevan a una conversión más profunda

Como enseña la Iglesia: “Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él”. En otras palabras, es al encontrarnos con Dios cuando emprendemos nuestra segunda conversión.


Cuando nos encontramos con la grandeza de Dios, descubrimos la necesidad de cambiar nuestra vida.


Recuerdo el momento en que dio inicio a mi segunda conversión.


Fue el 3 de enero de 2015, un sábado por la noche durante la conferencia SEEK en el Gaylord Opryland Hotel de Nashville, Tennessee.


Estaba en primera fila durante la famosa charla del padre Mike, “La hora que cambiará tu vida”. Inmediatamente después comenzó la adoración.


Jesús Eucaristía recorrió en procesión todo el centro de convenciones y después llegó justo hasta mí.


Y cuando levanté la mirada hacia él, lo supe. Sabía que estaba ahí. Sabía que me veía. Sabía que me amaba. Sabía cuán grande era.


Y sabía que necesitaba cambiar mi vida.


Los años que siguieron estuvieron marcados por mi muy lento avance hacia Jesús. Dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás. Un paso hacia adelante y dos hacia atrás. Y todavía sigo avanzando lentamente, poco a poco, cada vez más cerca de él.


Si hubiera tenido a alguien que me acompañara intencionalmente, estoy seguro de que habría avanzado más rápido, pero el Señor ha sido paciente y bondadoso conmigo.


Cuando acompañamos intencionalmente a alguien y lo guiamos hacia un encuentro con Dios, nosotros también debemos ser pacientes y bondadosos al conducir a nuestro amigo hacia una segunda conversión, ¡o hacia una primera, si todavía no ha sido bautizado!


Dicho de otra manera, nuestra tarea en el acompañamiento intencional es ayudar a alguien a desarrollar un compromiso inquebrantable con Cristo.


Esto significa ayudarle a seguir desarrollando las prácticas espirituales propias de un discípulo de Cristo, pero también a enfrentar sus debilidades a medida que reconoce la necesidad de cambiar su vida. Tal vez eso signifique ser alguien ante quien pueda rendir cuentas, o quizá ayudarle a encontrar un terapeuta para afrontar sus traumas. Podría ser algo tan sencillo como preguntarle cómo le va cada vez que se reúnen a tomar un café. Nuestro acompañamiento será diferente con cada persona, porque cada persona tiene sus propias luchas y pecados, pero nuestra tarea siempre será permanecer presentes, ser amables y mantenernos firmes en lo que la Iglesia sostiene como verdadero.


Sin vuelta atrás

O estás casado o no lo estás. No existe eso de estar “medio casado”. De manera similar, una persona está en una relación con Jesús para toda la vida o no lo está.


Nuestra segunda conversión es el proceso de fortalecer una relación con Jesús para toda la vida, una relación en la que no hay vuelta atrás.


Cuando acompañamos a alguien, lo estamos guiando hacia este compromiso: una decisión de todo corazón de llegar a ser como Jesús, dondequiera que esté, con quienquiera que esté y en cualquiera que sea el trabajo que esté realizando.


Como explico en mi nuevo libro, All Your Heart: How to Live for Christ Without Holding Back, (Con todo tu corazón: Cómo vivir para Cristo sin reservas) esta segunda conversión debe abarcar tres dimensiones: el intelecto, la voluntad y el corazón. Debe incluir una adhesión intelectual a la fe católica, una decisión firme de seguir lo que enseña la Iglesia y una relación activa con la persona de Cristo mediante la oración y el amor sacrificado.


Pero nuestro trabajo no termina al ayudar a alguien a vivir esas tres cosas. No basta con experimentar un cambio de corazón. Es necesario salir y ayudar a otros a experimentar ese mismo cambio de corazón. ¡Hablaré más de esto en mi próxima columna!


+++


Hacer discípulos es una ambiciosa serie de columnas a lo largo de un año que busca formar a los lectores, tanto teológica como prácticamente, para ir y hacer discípulos como Jesús mismo lo mandó en Mateo 28. A través de estas columnas, esperamos que los lectores de El Pueblo Católico se unan a anunciar el evangelio, para que, en Jesucristo, todos sean rescatados y tengan vida en abundancia, para gloria del Padre.






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