Hacer discípulos: Comparte la visión
- Escritor Invitado

- 26 jun
- 4 min de lectura
Parte siete: Después de escuchar el kerigma, la buena nueva salvadora del evangelio, y tomar la decisión de seguir a Cristo, la persona que está siendo acompañada necesita comprender lo que significa seguir a Jesús.

(Photo: Lightstock)
Por Tanner Kalina
¡Muy bien! Fuiste valiente. Compartiste el evangelio con la persona a la que estás acompañando de manera intencional. Le pediste una respuesta y te dijo que “sí” a comprometer su vida con Cristo. ¡VAMOS!
… ¿Pero hacia dónde?
Es aquí donde está el corazón del acompañamiento intencional.
Una vez que has compartido el evangelio con alguien y esa persona ha respondido con el deseo de acercarse más a Jesús, es momento de ser más directo e intencional en tu acompañamiento. Hay algunas cosas que deben suceder a continuación:
Debes hacerle saber a la persona que estás acompañando intencionalmente que te gustaría ayudarla a crecer como discípulo de Cristo. Puedes decir algo como: “Quiero que nos ayudemos mutuamente a crecer como discípulos de Cristo” o “Me gustaría que caminemos juntos en nuestro discipulado con Cristo”. Exprésalo como prefieras, pero utiliza la palabra “discípulo” o “discipulado”. La persona a la que acompañas necesita saber que no estás ahí solo para ayudarla a convertirse en un mejor cristiano. Estás ahí para ayudarla a convertirse en discípulo de Cristo. Necesita la visión y el enfoque que esa palabra ofrece.
Debes planear reunirte con esa persona con regularidad. Recuerda que los discípulos estaban constantemente con sus rabinos. Iban a dondequiera que su rabino iba. Caminaban tan cerca de él que quedaban “cubiertos por el polvo de su rabino”. Esto significa que los discípulos también estaban constantemente con otros. Se acompañaban unos a otros mientras seguían a su rabino. Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo. Hagan planes para reunirse al menos una vez cada dos semanas.
Debes transmitir una visión clara de lo que implica el acompañamiento intencional. La persona que acompañas necesita saber con claridad en qué están trabajando. Hay una gran diferencia entre intentar hacer algo y entrenarse para hacerlo. Intentar ser un discípulo de Cristo carece de dirección. Entrenarse para ser un discípulo de Cristo ofrece una meta clara y pasos concretos para alcanzarla.
La visión es fundamental al entrar en esta etapa del acompañamiento intencional. Como escribió el rey Salomón en Proverbios 29, 18: “Sin visión, el pueblo perece”.
Cuando alguien acepta el evangelio y desea acercarse más a Jesús, necesita saber a qué se está comprometiendo. Los discípulos de Jesús no llegaron al discipulado con él por casualidad. Debido a lo extendido que estaba el sistema judío de discipulado en su cultura, sabían lo que implicaba ser discípulos, aunque todavía no conocían los detalles específicos de las enseñanzas de su rabino.
La meta del acompañamiento intencional es formar discípulos y, como mencioné en una columna anterior, un discípulo es alguien que emprende intencionalmente una vida de conversión y que, mediante esa conversión continua, forma a otros discípulos. Esa es la visión que estamos compartiendo.
Y fíjate en esto: tu acompañamiento intencional no es solo para la persona a la que acompañas.
También es para ti. Ayuda a tu propia conversión continua. Como suele decirse, la mejor manera de aprender es enseñar. Una de las mejores maneras de convertirse en discípulo de Cristo es ayudar a formar a otros discípulos. Nuestra fe está diseñada de tal manera que recibimos cuando damos.
Observa también que un discípulo forma a otros discípulos. Esto debe comunicarse desde el principio a la persona que acompañas. Debe saber que seguir a Cristo implica obedecer su mandato de ayudar a construir su Reino.
Durante el tiempo que he acompañado a jóvenes, he descubierto que comunicar esto desde el principio produce resultados concretos más adelante. Cuando la evangelización se presenta como una expectativa, se evita la confusión y la resistencia al final, cuando se les anima a evangelizar.
Cuando Jesús llama a Pedro y Andrés para que sean sus discípulos, les dice: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres” (Mateo 4, 19). Desde el momento en que se convirtieron en discípulos, Pedro y Andrés supieron que serían llamados a ser “pescadores de hombres”. Sabían que serían llamados a evangelizar.
Jesús les dio una visión desde el principio. Como sus pequeños reflejos, nosotros estamos llamados a hacer lo mismo.
Así es como cumplimos la Gran Comisión. Así es como no solo vamos y hacemos discípulos, sino también cómo lo hacemos en todas las naciones. Así es como nos “multiplicamos espiritualmente”.
Mientras acompañamos intencionalmente a alguien, tratamos de llegar, a través de esa persona, a la persona que ella acompañará en el futuro. Debemos mantener esto siempre presente, tanto nosotros como ella.
En el béisbol, el lanzamiento más largo del campo se realiza desde la línea de foul del jardín derecho hasta la tercera base. (Por eso el jugador con el brazo más fuerte suele jugar en el jardín derecho). El tiro es tan largo que el campocorto corre hasta la mitad del recorrido para actuar como intermediario, cortar el lanzamiento del jardinero derecho y completar el relevo lanzando a tercera base.
Pero a los jardineros derechos se les enseña a lanzar más allá del jugador de relevo, no hacia él. No quieren que su tiro llegue solo hasta la mitad del camino, sino hasta el campo corto. Quieren que su lanzamiento tenga la fuerza suficiente para llegar hasta tercera base sin necesidad de ayuda.
Debemos ver nuestro acompañamiento intencional de la misma manera que un jardinero derecho ve su lanzamiento a tercera base. No queremos simplemente formar un discípulo en la persona que estamos acompañando; queremos formar un discípulo en la persona que ella acompañará en el futuro.
Una vez transmitida esta visión, comienza el trabajo concreto de formar a un discípulo. ¡Más sobre eso en mi próxima columna!
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Hacer discípulos es una ambiciosa serie de columnas a lo largo de un año que busca formar a los lectores, tanto teológica como prácticamente, para ir y hacer discípulos como Jesús mismo lo mandó en Mateo 28. A través de estas columnas, esperamos que los lectores de El Pueblo Católico se unan a anunciar el evangelio, para que, en Jesucristo, todos sean rescatados y tengan vida en abundancia, para gloria del Padre.









