Vi la corona de espinas. Luego ocurrió algo aún más grande.

Una peregrinación por las iglesias, santuarios y lugares llenos de historia sagrada de Francia culminó en Notre Dame y en una comprensión renovada del milagro que los católicos experimentamos en cada Misa.

Este verano, mi hijo mayor y yo tuvimos la oportunidad de viajar a Francia. Comenzamos con una reunión familiar para celebrar el centenario del matrimonio de mis bisabuelos e hicimos todo lo posible por convivir con los 190 familiares que asistieron. Después visitamos lugares como Mont-Saint-Michel, Lisieux, el sitio de la aparición mariana de Pontmain y las playas del desembarco del Día D, y terminamos nuestra vertiginosa semana en París.
Mientras estaba en el antiguo monasterio de Mont-Saint-Michel, comencé a sentir el peso histórico de esta pequeña isla fortificada, fundada por insistencia de san Miguel Arcángel en el año 708 d. C. La historia y las luchas se sienten en sus piedras, desde la Guerra de los Cien Años hasta la Revolución francesa y la Segunda Guerra Mundial, y hasta el regreso de la Eucaristía hace apenas unos años.
De manera similar, reinaba un silencio solemne mientras mi hijo y yo caminábamos entre las tumbas de los 10,000 soldados sepultados en el cementerio estadounidense de Normandía. Sentí una tensión en el alma al caminar por aquellas playas de arena, antes cubiertas de innumerables minas terrestres que cobraron miles de vidas y hoy son un destino vacacional para quienes van a disfrutar del mar.
En Pontmain, mi familia se sentó a solas en el granero donde se apareció María durante la guerra franco-prusiana, tras lo cual las tropas prusianas no avanzaron al día siguiente. Tuve un momento de oración mística ante la tumba de santa Teresita en Lisieux, pero la experiencia más memorable que quiero compartir ocurrió en París.

En nuestro último día en Francia, comenzamos en la Capilla de la Medalla Milagrosa, donde María se apareció a santa Catalina Labouré. La paz era palpable mientras me sentía abrazada por la oración y la protección de María. Esa tarde entramos en la Sainte-Chapelle, que alguna vez fue la capilla privada de san Luis IX, quien la mandó construir para albergar las reliquias de la pasión de Cristo adquiridas en Constantinopla en 1239. La inmensidad de sus vitrales deja sin aliento. Mientras estaba allí, me sentí conectada con el santo y con la historia de aquel lugar.
Después caminamos hasta Notre Dame de París, donde ahora se conserva la corona de espinas y donde ese día estaba expuesta para su veneración. Desde la capilla hasta la corona, experimenté una profunda conexión con la pasión que me conmovió hasta lo más profundo, hasta las lágrimas. Me levanté y regresé, tambaleándome, a mi asiento.
Y entonces sucedió el acontecimiento más poderoso, radical y transformador de todos: participamos en la Misa. Durante esa liturgia, no solo recordamos lo que ocurrió hace dos mil años, como cuando veneré la corona de espinas: ¡realmente estuve presente en el acontecimiento salvífico de la pasión!
Cada Misa es, en cierto sentido, un viaje en el tiempo, un portal al cielo, un misterio, por decir lo menos. El sacerdote repite las palabras que dijo Jesús y las une a las de Cristo, de modo que Cristo se hace verdaderamente presente. Cuando Jesús dijo: “Hagan esto en memoria mía”, no quiso decir que simplemente tendríamos bonitos pensamientos sobre algo ocurrido hace mucho tiempo. No es lo mismo que recordar el día de mi boda o el de mi décimo cumpleaños.
La palabra griega anamnesis significa memorial, que no es simplemente un recuerdo, sino que hace presente de nuevo ante nosotros, de manera sacramental, el sacrificio de Jesús. Dios está fuera del tiempo, por lo que nuestra historia es presente para él. Cuando estamos unidos a Dios, nos conectamos con estos momentos de la vida de Cristo y los experimentamos de manera muy real. El pan es ahora verdaderamente su Cuerpo entregado por nosotros. En cada Misa, sin importar en qué iglesia nos encontremos, somos hechos presentes a la última cena, a la crucifixión y a la resurrección de nuestro Señor.
En cada Misa entramos en una Nueva Alianza. No somos rociados con sangre como en la Antigua Alianza; más bien, Jesús ofrece su sangre y nosotros la bebemos. Por medio de esta comunión, experimentamos un poco del cielo, un anticipo del futuro al que cada uno de nosotros está destinado: estar con Dios por toda la eternidad. En el sacrificio de la Misa, estamos presentes en el único sacrificio eterno en el que Jesús ofrece su vida al Padre, intercediendo y mediando por nosotros. Y a lo largo de la semana debemos unir nuestros pequeños sacrificios al suyo, para que, cuando lleguemos a Misa, llevemos nuestras ofrendas como acto de culto al Padre por medio de Jesús.
Y aunque esto sucede en cada Misa, podemos volvernos un poco insensibles ante el misterio. Descubrí que fue una experiencia más poderosa después de haber orado en aquella catedral histórica, de haber visto la corona de espinas y de haber caminado por la capilla construida para albergarla.
Desde entonces he estado reflexionando sobre por qué el lugar es tan importante para nosotros. Jesús está presente tanto en iglesias hermosas como en las que no lo son tanto, pero la belleza de estos lugares de culto me habló profundamente. Jesús está presente en Estados Unidos, pero la historia y la belleza de Francia me llevaron a una contemplación más profunda. Incluso mi relación con María se fortaleció después de sentarme en lugares donde ella se apareció, como si todavía estuviera presente de manera particular. Necesitaba esa experiencia física para recordar su presencia en mi vida.
Por la encarnación, porque Dios unió su divinidad a nuestra humanidad y nos dio cuerpo y alma, el lugar importa. Las cosas importan, y a veces ir a un lugar diferente o histórico, a un lugar de peregrinación, es importante en la vida cristiana. Necesitamos oler el incienso, tocar las piedras y caminar entre las tumbas para conectarnos con la historia.
Necesitamos las reliquias para percibir la santidad de esa persona en aquel momento de la historia. Al reflexionar sobre su vida y contemplar la realidad de la muerte en sus huesos, nos encontramos frente a frente con nuestra propia mortalidad. Cuando contemplamos su nueva vida en el cielo, surge en nosotros la esperanza de que también nosotros podemos llegar a la tierra prometida. Y entonces ganamos un amigo en el cielo y un intercesor que nos anima en nuestro camino.
Los milagros siguen ocurriendo por medio de las reliquias, la intercesión, las peregrinaciones y los lugares santos. Y aunque abundan las sanaciones físicas, la sanación del alma mediante una vida de conversión es un milagro aún mayor. Pero lo más milagroso de todo es que Jesús viene a nosotros bajo las sencillas apariencias del pan y del vino, incluso a quienes no pueden darse el lujo de viajar o no comprenden la importancia del lugar. Dios quiere nuestro corazón y recurrirá a todos los medios posibles para llegar hasta nosotros.
Aquí en Denver tenemos lugares de peregrinación de fácil acceso, como la tumba de la sierva de Dios Julia Greeley en la Catedral Basílica de la Inmaculada Concepción o los terrenos sagrados del Santuario de Madre Cabrini. Pero, sin importar en qué iglesia te encuentres, la próxima vez que estés en Misa, considera conectarte con algún lugar o experiencia física que te ayude a entrar más profundamente en el sacrificio de la cruz y a experimentar más plenamente el amor de Dios. Él te espera allí.








