Tsunami de amor: redescubre el don del bautismo
- Arzobispo James Golka

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En el bautismo, todo católico recibe una nueva identidad en Cristo y la misión de compartir su amor con el mundo.

Al día siguiente de mi instalación como arzobispo de Denver, una de mis sobrinas más pequeñas corrió hacia mí. Me dio un abrazo enorme, me miró hacia arriba y me dijo: “Es como si un tsunami de amor hubiera pasado por todos nosotros”.
Eso fue precisamente lo que experimenté durante los días que siguieron a mi instalación como su arzobispo, y por ello estoy profundamente agradecido con cada uno de ustedes.
También lo experimenté durante nuestra reciente peregrinación a Roma para la imposición del palio. Mientras me arrodillaba ante el papa León XIV y él colocaba sobre mis hombros el palio, una banda de lana blanca de aproximadamente cinco centímetros de ancho, sentí en mí el tsunami de amor de sus oraciones.
Qué imagen tan hermosa la de mi sobrina: una inmensa, poderosa e incontenible ola de amor que nos envuelve, nos cubre, nos impulsa y nos transforma. Sé que un tsunami puede ser destructivo. En esta columna me refiero a la magnitud, la fuerza y el poder de sus olas, que se asemejan a la manera en que actúa el Espíritu Santo en el bautismo. El poder del Espíritu Santo es para nuestra renovación y nuestro renacimiento.
En el bautismo, un tsunami de amor divino se derrama sobre nosotros. Quedamos envueltos, rodeados e impregnados del amor que Dios nos tiene. De cierto modo, somos transformados hasta el punto de morir: morir a nuestro viejo yo, al mundo y a la manera en que quisiéramos que fueran las cosas. Sin embargo, en Cristo, esa muerte florece en una vida nueva. San Pablo nos dice que, al morir con Jesús en el bautismo, resucitamos con él a una vida nueva (Romanos 6, 8-10). Ya no somos nosotros quienes vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros (Gálatas 2, 20). Nuestra vida es completamente nueva; somos creados nuevamente, vivos en Cristo y enviados a compartir su amor (2 Corintios 5, 17).
Jesús nos reclama para sí, nos redime y nos conduce de regreso al Padre en el Espíritu Santo. Esa es nuestra relación fundamental: la comunión con la Trinidad. Nos convertimos en hijos amados del Padre, desbordados por el amor que Dios nos tiene. Esa es nuestra identidad. El Espíritu Santo, que habita en nosotros, nos fortalece para corresponder a ese amor y, por medio de él, amar a nuestro prójimo como miembros de la familia de Dios, que es la Iglesia. Esa es nuestra misión.
Eso es lo que hace el bautismo. Nos redime. Nos eleva a una vida nueva. Nos hace hijos de Dios y miembros de su familia, la Iglesia. Nos da identidad y misión. Y todo es un don puro, porque Dios nos reclama en Jesucristo incluso antes de que podamos responder a su llamado.
Este es el don más grande que los padres pueden dar a sus hijos, el don de la vida nueva en Cristo mediante el bautismo. También es la invitación más grande que podemos hacer a nuestros amigos, vecinos, compañeros de trabajo y familiares que no son católicos: entrar en una relación de amor con el Dios que es amor y que nos amó primero (1 Juan 4, 8 y 19).
Ya sea que hayas sido bautizado cuando eras un bebé hace muchos años o apenas en la Pascua pasada, Jesús te ha redimido, te ha creado de nuevo, te ha introducido en una relación con la Trinidad como hijo amado de Dios y te ha enviado en misión. Un tsunami de amor también ha pasado sobre ti.
Pero ¿qué harás con ese don? ¿Dejarás que tu bautismo permanezca olvidado, como algo guardado en el clóset? ¿O volverás a acogerlo, vivirás a partir de él y lo pondrás en práctica?
Imagina cómo sería si cada uno de nosotros viviera plenamente, cada día, la relación, la identidad y la misión que recibió en el bautismo. Si reconociéramos nuestra identidad como hijos de Dios y permaneciéramos en comunión con él. Si siguiéramos más de cerca a Jesús con fe, esperanza y amor a Dios y al prójimo. Si escucháramos con mayor atención al Espíritu Santo en lugar de las muchas otras voces que nos rodean. ¿Qué tan distintas serían nuestras vidas, familias y comunidades, nuestras parroquias, la arquidiócesis, el estado y el mundo?
Si has recibido el bautismo, tienes una misión. Eres importante para el plan de Dios.
Como dije el día de mi instalación, estoy completamente comprometido con esta misión. Estoy listo para vivir plenamente el don que he recibido. ¿Y tú?








