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Image by Simon Berger

Perspective

Salir al encuentro: Unidad y caridad para nuestro mundo

Foto del escritor: Arzobispo James Golka
Arzobispo James Golka
hace 1 día
3 min de lectura

La verdadera unidad comienza en Jesucristo y se hace vida en el amor sacrificado, el servicio y la disposición a llevar el evangelio más allá de los muros de nuestras iglesias, a un mundo que tanto lo necesita.


Campo de maíz seco bajo un cielo nublado y luminoso, con plantas altas y un ambiente tranquilo.
(Foto: Lightstock)

Dos hermanos heredan la granja familiar y la dividen por la mitad. Uno está casado y tiene ocho hijos; el otro es soltero. Al llegar el momento de la cosecha, el hermano casado se da cuenta de que su familia estará ahí para apoyarlo, pero su hermano está solo. Así que decide llevar en secreto parte de su grano al granero de su hermano, en medio de la noche.

 

Al mismo tiempo, el hermano soltero piensa en la numerosa familia de su hermano y ve que sus necesidades son mayores. Sin saber lo que planea hacer su hermano, él también decide llevar en secreto parte de su propio grano al granero de su hermano temprano por la mañana.

 

Así continuaron durante años, hasta que un día uno de los hermanos salió más tarde de lo acostumbrado y el otro, más temprano. Se encontraron en el límite de sus terrenos y, al darse cuenta de lo que cada uno había estado haciendo, soltaron sus carretillas y se abrazaron.

 

Les pido disculpas si ya me han escuchado contar esta historia, pero para mí tiene un significado muy especial, sobre todo porque crecí en el oeste de Nebraska. Me encanta porque nos muestra dos cosas que me llenan de esperanza para nuestra Iglesia y nuestro país: la unidad y la caridad.

 

Vivimos en una época marcada por los desacuerdos y la hostilidad, con poco diálogo y muchos gritos. Sin embargo, estos dos hermanos y el propio evangelio nos enseñan lo que significa vivir unidos aun en medio de circunstancias distintas. Los hermanos eran diferentes; tenían experiencias y necesidades distintas, pero se unieron por el amor que se tenían. También los apóstoles provenían de distintos ambientes, pero se unieron en el amor al Señor y entre sí.

 

Desde su elección, el papa León XIV nos ha llamado providencialmente a una unidad sobrenatural, recordándonos que “En el único Cristo somos uno”. Solo en Jesucristo podemos encontrar esa poderosa unidad de la que habla san Pablo en Gálatas 3, 28: “de modo que ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús”.

 

Jesucristo nos hace uno. ¿Cómo? Mediante una caridad constante, es decir, el amor a Dios y al prójimo. Movidos por un amor profundo, los dos hermanos se entregan con sacrificio para ayudarse mutuamente. Según la lógica del mundo, lo que hacen no tiene sentido. Pero según la lógica de Dios, tiene todo el sentido.

 

La Iglesia primitiva vivió esto de manera extraordinaria. De hecho, uno de los primeros autores no cristianos informó al emperador romano que los cristianos se comportaban de manera extraña: se amaban unos a otros, incluso hasta el sacrificio, y cuidaban de las viudas, los extranjeros, los encarcelados y los pobres.

 

“Este es verdaderamente un nuevo tipo de persona”, escribió Arístides a Adriano. “Hay algo divino en ellos”.

 

Me llena de gratitud conocer a muchos de ustedes que ya viven esta unidad en la caridad, entregándose por amor a Dios y al prójimo. Nuestra arquidiócesis cuenta con tantos apostolados y ministerios, y con tantos laicos, religiosos, diáconos y sacerdotes llenos de ardor apostólico.

 

Todo esto es un don de Dios. Los invito a llevar ese ardor apostólico más allá de los muros de nuestras iglesias, escuelas y ministerios para salir al encuentro de los más pequeños, los más vulnerables, los perdidos y los últimos, dondequiera que estén. Los invito a entrar en espacios y conversaciones seculares con la luz y el amor del evangelio. Pregúntense cómo Dios los llama a servir con fe a su comunidad, ya sea en el ayuntamiento o en la junta escolar local, en sus calles o en sus vecindarios.

 

Los hermanos no esperaron para cuidarse el uno al otro; vieron la necesidad y cruzaron el campo. Santa Teresa de Ávila nos recuerda que somos las manos y los pies de Cristo en este mundo. ¿Qué querrá hacer él por los demás a través de nosotros?

 

En palabras de la oración de san Francisco, que lleva el nombre del santo cuya muerte, ocurrida hace 800 años, conmemoramos este mes, busquemos comprender más que ser comprendidos, y amar más que ser amados. Que sembremos amor donde haya odio, fe donde haya duda y esperanza donde haya desesperación.

 

Que Dios los bendiga.

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