Pensamiento social católico: Guía para las elecciones


La Iglesia siempre ha enseñado que el evangelio tiene implicaciones sociales que dan forma a la manera en que los cristianos viven en el mundo. Sin embargo, la Doctrina Social de la Iglesia se desarrolló cuando el legado de la cultura cristiana comenzaba a debilitarse. Con las revoluciones políticas y la Revolución Industrial del siglo XIX, el mundo cambió radicalmente. En pocas palabras, la Doctrina Social de la Iglesia buscó aplicar las enseñanzas de la Iglesia a esta nueva situación, mientras la sociedad adoptaba la secularización y nuevas realidades económicas.
Sin duda, seguimos enfrentando cambios sociales acelerados y la Iglesia continúa respondiendo a ellos, como vemos en la reciente encíclica del papa León XIV sobre la inteligencia artificial, Magnifica Humanitas. El papa León presenta su mensaje como una continuación del enfoque de su predecesor, el papa León XIII, quien abordó los profundos cambios provocados por la industrialización: “Si en su momento León XIII hablaba de ‘nuevos asuntos’ (rerum novarum), hoy no podemos limitarnos simplemente a repetir sus valiosas enseñanzas, sino que debemos pedirle a Dios la sabiduría para interpretar las grandes tendencias de nuestro tiempo, en particular los avances de la técnica” (4).
Cuando el papa León XIII escribió Rerum Novarum, lo hizo para abordar la cosificación de los trabajadores, utilizados únicamente para generar ganancias. Volvió a situar su trabajo a la luz del florecimiento de la familia y de la necesidad de que los trabajadores pudieran dar culto a Dios los domingos y recibir un salario digno. Así ofreció un modelo que la Iglesia continúa siguiendo: utilizar los principios naturales de la razón y la justicia, iluminados por el evangelio, para orientar la respuesta cristiana a los problemas de cada época.
A continuación, me gustaría exponer los principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia, situándolos en el contexto de Estados Unidos, como guía de preparación para las próximas elecciones.
La sociedad existe con un propósito. Su objetivo es alcanzar el bien común, que la Iglesia define como el conjunto de condiciones sociales necesarias para el florecimiento de todas las personas y comunidades (Gaudium et Spes, 26). Los seres humanos somos racionales y sociales y no podemos alcanzar nuestro bien por nosotros mismos. Cooperamos y dependemos unos de otros tanto para nuestro sustento material como para nuestras necesidades superiores, entre ellas la educación y la vida espiritual. Aunque el secularismo busca separar los bienes materiales de los espirituales, el florecimiento humano, que refleja la unidad de cuerpo y alma, requiere un desarrollo integral de la persona. Por ello, la sociedad existe para crear las condiciones necesarias para ambos tipos de bienes.
En Estados Unidos estamos acostumbrados a escuchar que la principal prioridad de nuestro país y, por lo tanto, de la elección de nuestros gobernantes, es la economía. En medio de una crisis por el alto costo de vida, es comprensible que la economía reciba mayor atención, pero nuestro compromiso con el bien común se debilita cuando nos olvidamos de otros asuntos importantes. De hecho, poner la actividad económica por encima de todo convierte a la persona humana en un instrumento para alcanzar un fin material.
Por eso, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: “Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden social. Un sistema que ‘sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción’ es contrario a la dignidad del hombre” (2424, citando Gaudium et Spes, 65).
El bien común no consiste simplemente en alcanzar la mayor producción económica posible, como podría ocurrir en un capitalismo desenfrenado, ni puede alcanzarse subordinando la dignidad de la persona humana al conjunto de la colectividad, como sucede en el comunismo.
Por esta razón, la Iglesia destaca un segundo principio como absolutamente innegociable en su enseñanza social: la dignidad de la persona humana. Sin este principio fundamental, la sociedad socava sus propios cimientos, pues existe precisamente para el desarrollo pleno de las personas. La Iglesia rechaza las propuestas que sacrificarían la vida de algunos en beneficio aparente de la sociedad. Esta forma de pensar ha creado una cultura de la muerte que considera prescindibles a las personas cuando sus vidas resultan inconvenientes, especialmente a los no nacidos, a los ancianos y a las personas con discapacidad.
San Juan Pablo II señala que no es posible alcanzar el bien común mientras se socava este derecho fundamental: “No es posible construir el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano” (Evangelium Vitae, 101).
¿Cómo podría una sociedad afirmar que conduce a sus miembros hacia su pleno florecimiento si ni siquiera puede garantizarles la vida? La dignidad de la persona es fundamental porque se radica en “quién” es la persona y no en “qué” hace. Los bienes externos están destinados a servir a la persona, no al revés.
Enseguida, en orden de prioridad, se encuentra la familia como fundamento de la sociedad. El papa León XIII afirmó que la familia, por naturaleza, tiene derechos y deberes anteriores a los de la comunidad (véase Rerum Novarum, 13).
Al igual que la persona humana, la familia no adquiere su reconocimiento por parte del Estado. Por el contrario, dado que la sociedad depende de ella para su propia existencia, la familia debe ser reconocida como titular de derechos propios y digna de apoyo.
Este respeto a la familia refleja otro principio importante llamado subsidiariedad, definido por el papa Pío XI en su encíclica Quadragesimo Anno. El principio dice que no se puede quitar a los individuos y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo. De la misma manera, no se puede quitar a las comunidades menores lo que ellas pueden hacer y proporcionar para dárselo a una sociedad más elevada. En pocas palabras, la sociedad debe prestar ayuda al pueblo, pero no destruirlo.
En una época caracterizada por un Estado enorme, en la que el gobierno, las comunicaciones y la economía se han centralizado, la Iglesia reconoce la importancia de preservar las instituciones locales, que permiten a las personas participar directamente en la configuración de la vida de su propia comunidad.
La subsidiariedad no puede interpretarse desde una perspectiva libertaria, como si se tratara simplemente de dejar a cada uno a su suerte. La solidaridad constituye un complemento importante, pues reconoce que, como seres sociales y, aun más, como cristianos, tenemos una responsabilidad unos con otros. No podemos quedarnos de brazos cruzados y dejar que las grandes instituciones y los sistemas aborden los problemas de manera abstracta.
El papa Benedicto XVI señala: “En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos” (Caritas in Veritate, 11).
La búsqueda del bien común por parte de la sociedad implica trabajar en conjunto para garantizar que todos tengan acceso a bienes y servicios como la atención médica, la educación y la asistencia en situaciones de emergencia.
Si la sociedad está correctamente ordenada al verdadero florecimiento de la persona humana, respeta a la familia y a la comunidad local y, al mismo tiempo, sirve a quienes están necesitados, dará como fruto la paz. Tendemos a pensar en la paz como la ausencia de conflictos, pero san Agustín la entiende mejor como la tranquilidad del orden.
Lo mismo ocurre en el ámbito internacional, que debería regirse por los mismos principios generales de derechos humanos, justicia y cooperación mutua en favor del bien común. Todos los seres humanos estamos unidos por una misma naturaleza, creada por Dios y orientada hacia un mismo fin: la felicidad en él. Así como dentro de una sociedad, a veces son necesarias intervenciones mediante el uso de la fuerza para impedir que otros sufran daño, en el ámbito internacional, la guerra puede ser necesaria como medio de legítima defensa cuando se hayan agotado todas las demás opciones.
Sin embargo, las naciones tienen la responsabilidad de promover la paz en todo el mundo. Como ha señalado recientemente el papa León XIV, los avances tecnológicos en la automatización requieren una mayor atención para garantizar que el destino de la vida humana no quede sujeto a algoritmos impersonales (Magnifica Humanitas, 197-200).
La Doctrina Social de la Iglesia se nutre de verdades permanentes relacionadas con la persona humana, la familia y la sociedad, y las aplica a las circunstancias cambiantes de cada época. Aunque articula principios a los que cualquier persona puede llegar mediante la razón, encuentra su iluminación definitiva en Dios mismo.
No es posible comprender verdaderamente a la persona humana, las relaciones humanas ni la economía sin Dios. El mundo puede determinar la mejor manera de maximizar la eficiencia y la producción, pero no puede saber para qué sirve el trabajo ni cómo se integra en el propósito de la vida humana sin hacer referencia a su verdadero origen y a su fin último.
La convicción de que este mundo pasa nos ayuda a aprovecharlo de la mejor manera, como medio para amar a los demás y trabajar con ellos en la construcción de una civilización del amor.








