De la muerte a la vida divina: ¿qué sucede realmente en el bautismo?
- Escritor Invitado

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Más que un símbolo, el sacramento del bautismo es el momento en que Dios nos reclama como suyos, recrea nuestra naturaleza y nos introduce en la vida de Cristo.

Por el padre Daniel Eusterman
Vicerrector
Seminario St. John Vianney, Denver
Imagina que estás junto a una tumba recién cubierta de tierra.
Llamas a quien está sepultado, pero no responde.
Le pides que camine y no hay movimiento.
Le pides que escuche y sus oídos no pueden oír.
Le pides que alabe a Dios y sus labios no pueden pronunciar ninguna alabanza bajo tierra.
Aquí encontramos una afirmación sorprendente de nuestra fe cristiana: cuando nacemos en este mundo, comenzamos en una condición espiritual semejante a esta. Aunque estamos vivos en la carne, estamos espiritualmente muertos. Debido al pecado original, toda persona humana nace separada de la vida eterna de Dios.
Pero… “¡No tengan miedo!”. Más extraordinaria que la muerte es la vida nueva en Jesucristo, su vida divina. Por su pasión, muerte y resurrección, los cojos caminan, los sordos oyen, los mudos hablan y los muertos resucitan. San Pablo nos enseña:
“¿O es que ignoran que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos incorporados a su muerte? Por medio del bautismo fuimos, pues, sepultados con él en la muerte, a fin de que ... también nosotros vivamos una vida nueva”. Romanos 6, 3-4
Cuando fuiste sumergido en las aguas de la pila bautismal, descendiste con él al sepulcro. Cuando emergiste, su vida nueva se hizo realidad en ti.
De manera asombrosa, el bautismo hace todavía más que devolver la vida a tu alma muerta; te concede la gracia para vivir y actuar con su fuerza, de modo que puedas vivir la vida cristiana, adorarlo y amarlo con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas (Marcos 12, 30).
El Catecismo enumera muchas gracias sobrenaturales concedidas en el bautismo (1262-1274). Sin embargo, la descripción puede parecer una comida compartida en la parroquia: muchos dones, pero sin un orden evidente. Resulta útil comprender cómo estos dones forman parte de la “recreación” de nuestra humanidad por parte de Dios en cuatro niveles sucesivos: nueva pertenencia, nueva naturaleza, nuevas inclinaciones y nuevas acciones.
Nueva pertenencia: ¿de quién soy?
Por medio del agua y de las palabras del bautismo, Dios utilizó este rito externo para producir poderosos efectos espirituales en nuestro interior. Cuando se celebra como la Iglesia lo dispone, Dios mismo imprime un sello en tu alma para reclamarte como “pueblo adquirido, destinado a anunciar las alabanzas” (1 Pedro 2, 9). Este carácter sacramental no es solamente una marca de pertenencia; también es un poder espiritual que te capacita para ser como Jesús, para ser miembro de su Cuerpo y para participar en el culto mediante su sacerdocio.
Sin embargo, aunque eres miembro de su Cuerpo por el carácter bautismal, no implica automáticamente que seas un miembro vivo.
Para que los sacramentos den todo su fruto, no debe haber obstáculos al flujo de su gracia.
Podemos imaginarlo como si el Padre imprimiera la imagen del Sagrado Corazón en lo más profundo de tu alma para que su sangre, fuente de vida, pueda derramarse en tu existencia. Este sello nunca puede ser borrado. Sin embargo, dos obstáculos pueden impedir ese flujo: la falta de una fe auténtica y de arrepentimiento por el pecado. Afortunadamente, si fuiste bautizado siendo niño, no podías levantar ninguno de esos obstáculos: no tenías pecados personales y la Iglesia proporcionó la fe necesaria para el bautismo. En cambio, si una persona es bautizada siendo adulta, la falta de fe o de arrepentimiento no impide que el carácter quede impreso para siempre. No obstante, ese obstáculo impedirá todas las gracias posteriores hasta que la fe y el arrepentimiento se recuperen mediante una buena confesión.
Así, por medio del carácter bautismal, Dios te reclama para siempre como suyo y coloca en ti el conducto de su propia vida. Puedes responder a la pregunta “¿De quién soy?” diciendo: “Pertenezco a Cristo; soy miembro de su Cuerpo”.
Nueva naturaleza: ¿en qué me convierto?
Imagina que naciste sin piernas funcionales; en cierto sentido, están muertas. Entonces, siendo niño, te encuentras con un sanador desconocido que realiza algo imposible: no te da piernas artificiales; toma tus propias piernas entre sus manos y las recrea. No solo quedan sanadas; reciben una vida nueva que las hace capaces de algo humanamente impensable: la vida que hay en ellas les permite caminar sobre el agua.
Esto se parece a lo que Dios hizo con tu naturaleza en el bautismo al concederte la gracia santificante. Dios no se limitó a hacerte parecer redimido externamente. La gracia actúa en las profundidades de tu alma, transformándote y haciéndote una nueva criatura. En lugar de continuar como un hijo muerto de Adán, recibes vida y participas de la vida misma del Hijo de Dios, llegando a ser “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1, 4). Tu “naturaleza antigua” no es destruida ni reemplazada; es sanada mediante el perdón de los pecados y elevada a una vida nueva en el Espíritu Santo. Los Padres de la Iglesia llaman a esto divinización. Así, al ser “hijo en el Hijo”, recibes una participación en la manera en que él vive y ama al Padre (Romanos 8, 15-17).
Por el bautismo, la respuesta a la pregunta “¿En qué me convierto?” es esta: te conviertes en un ser humano divinizado, hijo o hija del Padre, en Jesús el Hijo, estableciendo así el fundamento de toda tu vida cristiana.
Nuevas inclinaciones: ¿qué amo?
Con piernas recreadas, ahora puedes caminar, pero ¿hacia dónde te diriges? Las virtudes teologales, concedidas en el bautismo, brotan de la gracia santificante. La fe, la esperanza y la caridad actúan como un nuevo sistema de orientación que te ayuda a identificar la meta hacia la que debes avanzar: Dios mismo. Sin las virtudes teologales, tu inteligencia no puede contemplar a Dios y tu voluntad no puede elegirlo como bien supremo. Dicho de manera sencilla, la fe inclina tu inteligencia a conocer a Dios y la esperanza y la caridad inclinan tu voluntad a amarlo.
En cierto sentido, las virtudes teologales funcionan como un nuevo centro de gravedad. A causa del pecado original, tu centro de gravedad se desplazó hacia ti mismo, poniendo por encima de todo el “yo”. Te convertiste en tu propio dios e hiciste “lo que te parecía bien” (Jueces 21, 25). En el bautismo, Dios infunde en tu alma la fe, la esperanza y la caridad, desplazando nuevamente tu centro de gravedad hacia él. Cuando realizas actos de fe, esperanza y caridad, tu vida nueva te atrae hacia donde debes ir. Por eso, cuando se pregunta “¿Qué amo?”, el bautismo te permite responder con claridad: “Estoy interiormente orientado hacia Dios por la fe, la esperanza y la caridad; lo conozco, confío en él y lo amo por encima de todas las cosas”.
Sin embargo, todavía existe un problema: necesitas más ayuda porque, aunque tienes una nueva naturaleza y nuevas inclinaciones, no posees por ti mismo la fuerza necesaria para moverte o actuar correctamente; necesitas nuevas acciones.
Nuevas acciones: ¿qué puedo hacer?
Imagina que eres un niño en la cocina de tu casa. De pie sobre tus propias piernas, sientes una atracción interior hacia un frasco de galletas colocado sobre el refrigerador, pero eres demasiado pequeño para alcanzarlo. Sabes que las galletas son buenas y que las deseas. Entonces extiendes el brazo hacia lo alto con la esperanza de tomarlas. En ese momento eres levantado por los aires. Tu padre te ha sostenido en alto y ahora puedes alcanzar el frasco y tomar el premio.
Para estas nuevas acciones, Dios derrama tres dones más en tu vida: las virtudes morales infusas, la inhabitación del Espíritu Santo y los dones del Espíritu Santo.
Cuando Dios te concedió las virtudes morales infusas en el bautismo —prudencia, justicia, templanza y fortaleza sobrenaturales— elevó tus hábitos naturales y te ayudó a actuar en orden a la unión con Cristo. Sin embargo, cuando actúas con estas virtudes sobrenaturales, eres quien dirige la acción. Es como remar una barca: tu esfuerzo es ayudado por la gracia. Pero Dios quiere ayudarte aun más fácilmente a caminar hacia la unión con él; por eso te concede el don más grande: se da a sí mismo.
En tu bautismo, cuando recibiste la virtud teologal de la caridad, también recibiste la presencia de Dios. La caridad en tu alma te convierte en un templo, morada del Espíritu Santo. Además, junto con el Espíritu Santo, el donador trae consigo sus dones. Son estos dones los que te permiten ser movido por el Espíritu Santo. Como el padre que levanta a su hijo o como el viento que impulsa las velas de una embarcación, el Espíritu Santo te mueve con una nueva facilidad sobrenatural. Cuando actúas mediante los dones, no eres tú quien conduce únicamente con tu esfuerzo y tu razón; cooperas dejando que el Espíritu Santo te mueva directamente. Por eso, ante la pregunta “¿Qué puedo hacer?”, después del bautismo puedes responder: “Puedo actuar sobrenaturalmente por medio de las virtudes, la presencia y los dones del Espíritu Santo”.
Una vida nueva en Cristo
Si vuelves al lugar de la tumba, podrás contemplar la asombrosa generosidad de la gracia de Dios. Él no se limitó a reanimar un cuerpo; resucitó y elevó toda una vida que estaba muerta. Del mismo modo, por medio del bautismo, fuiste completamente recreado como un ser humano divinizado, capaz de vivir y actuar con Jesús: “Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2, 20).
“¿Cómo vivo esta realidad y cómo la mantengo viva?”. La gracia recibida en el bautismo es apenas el comienzo; somos niños pequeños en la vida cristiana. Existen tres medios principales para crecer en esta gracia y alcanzar el cielo: la práctica de las virtudes, la oración de petición y los sacramentos. Por simplicidad, consideremos aquí la vida sacramental. Mediante los otros seis sacramentos cooperas con las gracias bautismales, las aumentas y las restauras. Todos los sacramentos incrementan y profundizan la gracia santificante cuando se reciben fructuosamente, llevándote cada vez más en sus diversos niveles.
En especial, la Eucaristía y la confesión desempeñan un papel esencial para alimentar y restaurar tu vida divinizada. Cuando participas activamente en la Misa, ofreciéndote al Padre junto con el sacrificio de Jesús, y cuando recibes fructuosamente la Eucaristía, tu identidad y tu unión con el Cuerpo de Cristo se fortalecen. Alimentado con su Cuerpo y su Sangre, llegas a ser plenamente aquello en lo que te convertiste en el bautismo.
Cuando cometes un pecado mortal, separándote libre y conscientemente de Dios mediante un pecado grave, el único don que permanece es el carácter bautismal. Al perder todas las demás gracias, regresas a la tumba, espiritualmente muerto. Por medio de la confesión, Dios te conduce a través de un “segundo bautismo”, resucitándote y restaurando la gracia santificante y todos los dones del bautismo.
“Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes” (Juan 15, 4). Esta es tu vida bautismal. La próxima vez que entres en una iglesia y mojes tus dedos en la pila de agua bendita para persignarte con el signo de tu salvación, recuerda todo esto. Sabes de quién eres, en qué te has convertido, qué amas y qué puedes hacer gracias que te fueron concedidas en el momento de tu bautismo en Cristo Jesús, el Señor. A él sea la gloria por siempre.








