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Perspective

Amistades santas: ¿Quién te está ayudando a llegar al cielo?

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 16 horas
  • 6 min de lectura

La amistad cristiana está llamada a algo más profundo: ayudarnos a crecer en santidad, caminar hacia el cielo y preguntarnos si nosotros también somos ese amigo para los demás.

 

(Foto: Unsplash)
(Foto: Unsplash)

Por Alejandra Bravo


Muchas veces me he encontrado en situaciones en las que he sido cuestionada sobre las amistades santas. Y, para ser sincera, agradezco esas conversaciones. Las preguntas incómodas suelen ser las más fecundas porque nos obligan a mirar nuestro corazón con honestidad. 


Con el paso del tiempo he comenzado a preguntarme algo que parece sencillo, pero que en realidad es profundamente exigente: ¿realmente queremos amistades santas? Y quizá una pregunta aún más desafiante: ¿deseo ofrecer a los demás una amistad santa? 


Vivimos rodeados de personas. Tenemos amigos, compañeros, conocidos y hermanos en la fe. Muchos compartimos las mismas creencias, asistimos a la misma parroquia, participamos en los mismos ministerios y profesamos el mismo credo. Sin embargo, ¿es eso suficiente para considerar santa una amistad? 


Una amistad santa no se define solo por lo que dos personas creen, sino por aquello en lo que se ayudan mutuamente a convertirse. 


 ¿Qué es una amistad santa?

La amistad auténtica siempre busca el bien del amigo. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué entendemos por "el bien". El mundo suele responder con facilidad: éxito, reconocimiento, bienestar, comodidad o realización personal. Pero para un cristiano, el bien último del otro es mucho mayor. El bien supremo es la comunión con Dios. 


Por eso, una amistad verdaderamente cristiana no se limita a acompañar; también impulsa. No se limita a compartir momentos agradables; también ayuda a descubrir el sentido de la vida. No busca únicamente que el otro sea feliz hoy, sino que alcance la plenitud para la que fue creado. Quizá por eso vale la pena preguntarnos: ¿quiénes son las personas con las que voy a una hora santa? ¿Con quién comparto la Eucaristía? ¿Por quién he ofrecido un ayuno? ¿Por quién he rezado un rosario? ¿Por quién he mandado celebrar una Misa? Y no únicamente cuando la vida se complica. Es relativamente natural recurrir a la oración cuando un amigo atraviesa una enfermedad, una crisis o una pérdida. Pero ¿qué sucede cuando todo marcha bien? Cuando recibe una bendición, alcanza una meta, celebra una victoria o experimenta la fidelidad de Dios. ¿Somos capaces de agradecer a nuestros amigos con la misma intensidad con la que intercedemos por ellos? 


¿Cuándo fue la última vez que ofrecimos una hora santa por un amigo simplemente porque existe? ¿Cuándo fue la última vez que dimos gracias a Dios por el don de su amistad? ¿Cuándo fue la última vez que celebramos sus triunfos espirituales con la misma alegría con la que acudimos a sostenerlo en sus caídas? Tal vez una de las expresiones más hermosas de la amistad cristiana sea precisamente esa: alegrarse sinceramente por el bien del otro y llevarlo ante Dios con gratitud. 


Vivimos en una cultura en la que muchas relaciones se sostienen mientras resultan convenientes. Cuando desaparece la utilidad, la diversión o el interés común, la amistad comienza a debilitarse. Con frecuencia llamamos amistad a relaciones construidas sobre gustos compartidos, afinidades pasajeras o necesidades mutuas. Pero las amistades santas son diferentes. Permanecen porque están cimentadas en algo más grande que los sentimientos cambiantes: en el deseo compartido de buscar a Dios. 


Existe una diferencia entre un amigo que acompaña mi vida y otro que la transforma. El primero comparte mis alegrías y mis penas. El segundo, además, me ayuda a descubrir quién estoy llamado a ser. La amistad cristiana pertenece a esta segunda categoría. No se conforma con hacer más llevadero el camino; desea conducir al amigo hacia su destino. 


Y el destino para el cual fuimos creados no es el éxito, ni el reconocimiento, ni siquiera una vida tranquila. Fuimos creados para Dios. Por eso, una amistad santa es aquella que desea para el otro el mayor de todos los bienes: la santidad. 


Amistades que nos acercan a Dios

Una buena amistad quiere tu bien. Una amistad santa quiere tu santidad. 


Por eso una amistad santa siempre tiene algo de peregrinación. Dos personas que caminan juntas hacia el cielo. Dos personas que se corrigen con caridad, que se animan en la lucha y que se recuerdan mutuamente quiénes son delante de Dios. 


Pero una amistad así no surge únicamente de la afinidad, de los intereses comunes o incluso de compartir la misma fe. Una amistad santa nace primero en el corazón de quienes buscan a Dios. 


No puede existir amistad santa sin una vida de oración. Porque nadie puede conducir a otro hacia un lugar al que él mismo no desea ir. La amistad santa es fruto de dos corazones que permiten que Dios los transforme. De dos personas que aprenden a escuchar la voz del Señor en lo secreto de la oración personal y que, desde esa intimidad con él, también aprenden a amarse de una manera más pura y verdadera. Por eso la oración no es solamente una práctica dentro de la amistad; es su fuente. 


Primero aprendemos a encontrarnos con Dios a solas. Después aprendemos a encontrar a Dios en el otro. Y finalmente descubrimos la belleza de encontrarnos juntos delante de él en la oración.  

Quizá por eso una de las experiencias más profundas de la amistad cristiana sea poder orar juntos. Presentar nuestras alegrías y heridas ante el Señor. Dar gracias juntos. Interceder el uno por el otro. Escuchar juntos lo que Dios quiere revelar. Porque cuando dos amigos se arrodillan ante Dios, descubren que el centro de la amistad no es ellos mismos, sino aquel que los ha unido.


Dos personas que desean llegar a la santidad y se niegan a conformarse con menos. 


El deseo de una amistad santa

Y aquí aparece una verdad que pocas veces expresamos con claridad: todos anhelamos este tipo de amistad. Porque el corazón humano fue creado para la comunión. Porque el corazón humano no solamente anhela ser amado; anhela serlo de una manera que lo acerque a la verdad, al bien y a la belleza. Anhela ser visto, conocido y acompañado. Anhela relaciones en las que pueda mostrarse tal cual es, sin máscaras, sin competencia ni temor. Anhela amistades que le recuerden quién es cuando lo olvida. 


Quizá por eso experimentamos una alegría tan profunda cuando encontramos personas virtuosas. Personas cuya sola presencia nos inspira a ser mejores. Personas que nos acercan a Dios sin necesidad de discursos. Personas cuya vida se convierte en una invitación silenciosa a vivir con mayor autenticidad, generosidad y amor. 


  • ¿Acaso no anhelamos amistades puras? 

  • ¿Acaso no anhelamos amistades virtuosas? 

  • ¿Acaso no anhelamos amistades que nos recuerden nuestra dignidad cuando la olvidamos? 

  • ¿Acaso no anhelamos amistades que nos hablen de Dios no solo con palabras, sino también con su forma de vivir? 

  • ¿Acaso no anhelamos amistades que nos ayuden a levantar la mirada cuando nos acostumbramos a mirar demasiado abajo? 

  • De todas tus amistades, ¿quién te santifica? 

  • ¿Qué amistad te está acercando al cielo? 

  • ¿Qué tipo de amigo deseas tener? 


Y una pregunta aún más importante: ¿qué tipo de amigo estás siendo para los demás? 

Al final, la pregunta no es cuántos amigos tenemos. 


La pregunta es: ¿quién me está ayudando a llegar al cielo? 


Y quizá la pregunta más importante de todas sea esta: ¿Estoy yo ayudando a alguien más a llegar allí? 


Porque una amistad santa no es aquella en la que simplemente compartimos la fe. No es aquella en la que coincidimos en una parroquia, en un ministerio o en un grupo apostólico. 


Caminar juntos hacia el cielo

Una amistad santa es aquella en la que dos personas deciden, libre y conscientemente, buscar juntas a Dios y no permitir que la otra se conforme con menos que el cielo. 


Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de amar que existen: caminar junto a alguien durante esta vida con el profundo deseo de encontrarse nuevamente, un día, en la eternidad. 

Quizá por eso esta reflexión no nace únicamente de una pregunta, sino también de un deseo. 


Porque mi corazón anhela abrirse a otro corazón. Anhela encontrar amistades donde la presencia de Dios no sea una idea lejana, sino una realidad compartida. Anhela amistades en las que podamos hablar de nuestras alegrías y heridas, pero también de aquello que el Señor está haciendo en nuestras vidas. Anhela amistades en las que la oración no sea algo extraordinario, sino algo natural. Anhela amistades en las que podamos arrodillarnos juntos delante de Dios. 


Porque creo que las amistades más profundas no son aquellas en las que dos personas se miran constantemente, sino aquellas en las que ambas aprenden a mirar juntas hacia él. 

Donde podamos dar gracias juntos, llorar juntos, discernir juntos y caminar juntos. 


Porque, en el fondo, mi corazón desea darse y recibir el don de una amistad que refleje, aunque imperfectamente, el amor de Dios. 


Una amistad que me recuerde quién soy. Una amistad que me acerque al cielo. Una amistad santa.

 

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