Volver a maravillarnos: Fulton Sheen, los ángeles y el arte


El asombro absoluto que sentía de niña al ver cómo el ángel de la guarda del arzobispo Fulton Sheen borraba su pizarrón, justo fuera de cámara, era para mí un espectáculo digno de Disney. En su increíblemente popular programa de televisión, Life Is Worth Living, el arzobispo Sheen utilizaba un pizarrón para escribir o hacer diagramas de las joyas teológicas que compartía en pantalla. Naturalmente, el pizarrón terminaba por llenarse. Él se alejaba y, cuando regresaba, ¡misteriosamente, su ángel lo había dejado limpio! ¿Acaso podía haber algo más mágico?
Ahora, como adulta, sé perfectamente que era alguien del estudio quien borraba el pizarrón, ¡pero eso no significa que los ángeles, los ángeles de la guarda, las potestades y los principados no sean reales! No solo son reales, sino que la Sagrada Escritura nos ofrece abundantes testimonios de su existencia, y la Iglesia ha enseñado sobre su presencia y su ministerio desde sus comienzos. Los ángeles aparecen a lo largo de toda la Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, como mensajeros, servidores, protectores y adoradores de Dios. Sin embargo, creo que los católicos en general no suelen tenerlos muy presentes. ¿Será que nos hacemos demasiado grandes para los ángeles? ¿Por qué tendemos a descartarlos como si fueran hadas en las que ya no creemos? Cuánto perdemos al no tenerlos presentes a lo largo de nuestro día.
Aunque quizá no veamos muchas pinturas de ángeles en las galerías de arte contemporáneo, estos seres celestiales han sido un tema muy querido en el arte durante siglos. Abbott Handerson Thayer fue un pintor académico y simbolista estadounidense. Daba gran importancia al idealismo y a la alegoría, y sentía fascinación por el mundo natural. Veía la belleza de la figura humana como un poderoso medio para expresar ideas espirituales y trascendentes.
Abbott solía utilizar a su esposa y a sus hijos como modelos, y prefería representar a los ángeles en momentos de quietud, integrados en la naturaleza, en vez de situarlos en elaboradas escenas bíblicas. En An Angel (1893), contemplamos a un ángel sencillo, quizá iluminado por la luz de Dios, que emprende una misión. Su rostro sonrojado contrasta con la serenidad absoluta de su expresión mientras emprende el camino. Si observamos con atención, vemos que su mano izquierda acaba de rozar su vestido, creando una sensación de movimiento que se prolonga incluso en las pinceladas.
El hecho de que algunas partes de esta pintura parezcan inacabadas no hace sino reforzar el carácter sobrenatural de la figura. Después de todo, los ángeles son seres incorpóreos. Los pasajes inconclusos de Thayer casi parecen reconocer que estamos intentando dar forma visible a algo que, por naturaleza, es invisible.
Recorrer el Museo de Arte de Milwaukee sin saber que esta pintura se encontraba allí fue una sorpresa encantadora. Ya conocía la obra de Abbott y siempre había querido ver uno de sus ángeles. Doblé una esquina y allí estaba ella, en toda su gloria diáfana, sencilla y natural.
Los colores en persona eran impactantes. Ese azul es mucho más frío de lo que parece en las reproducciones, y la calidez de su rostro y de su ropa se percibe con mucha mayor intensidad. Me quedé allí un buen rato, simplemente contemplándolo todo.
Encontrarme de frente con un ángel en una sala de galería llena de temas cotidianos me volvió a conectar con una parte de mí que se había ido apagando con los años. Podríamos llamarla infancia, pero eso no significa que sea fantasía. En este mundo existen misterios y poderes que nuestros ojos no pueden ver y, cuando algo nos recuerda ese mundo sobrenatural, despierta algo en nosotros. Es lo mismo que se despertaba en el corazón de aquella niña sentada con las piernas cruzadas en el piso de la sala, viendo al arzobispo Fulton Sheen en la televisión. Es admiración y asombro, y ninguno de los dos tiene límite de edad.
Quizá por eso la Iglesia nos regala estas fiestas, para recordarnos que el mundo invisible no es imaginario y que nunca estamos tan solos como a veces nos sentimos. El 29 de septiembre celebramos la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Aunque este octubre todos estaremos centrando nuestra atención en san Francisco durante su Año Jubilar, hagamos una pausa al comenzar el mes, el 2 de octubre, memoria de los santos Ángeles Custodios, para recordar que debemos rezar a nuestros amigos celestiales y pedirles que intercedan por nosotros.
Pídele a Dios que ponga un poco más de admiración y asombro en tu corazón. Lo hará. Y si necesitas ayuda, contempla la rica tradición de la Iglesia en la representación de los ángeles en el arte. Dedica tiempo a las imágenes que más te inspiren y permite que eleven tu mente hacia la realidad que representan. Estas imágenes forman parte de nuestra tradición, transmitida de generación en generación para ayudarnos a levantar la mirada más allá de lo que nuestros ojos pueden ver.








