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Image by Simon Berger

Perspective

Por qué los católicos bautizan a los bebés

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 2 días
  • 5 min de lectura

La Escritura, la tradición y la comprensión de la Iglesia sobre la salvación revelan por qué los niños no deben esperar a recibir el bautismo.


Obispo bendice a un bebé sostenido por su madre en una iglesia, durante una ceremonia solemne.
(Foto de Nicole Perez Photography)

Por el padre Scott Bailey

Párroco

Parroquia Risen Christ, Denver


Es una escena famosa y dramática: un nuevo jefe de la mafia actúa como padrino mientras la película alterna entre el momento en que profesa su fe católica y las escenas en las que sus secuaces cometen crímenes atroces. ¡Bautizar a un bebé nunca había parecido tan emocionante!


Más allá de la representación del bautismo en la película El Padrino, la realidad de bautizar a un niño normalmente no resulta muy dramática: el bebé duerme, el sacerdote ora y la familia toma fotografías. Por lo general, no resulta lo suficientemente emocionante para Hollywood. A pesar de la experiencia, con frecuencia tranquila y pintoresca, del bautismo de un niño, ocurre algo dramático en el plano espiritual. El bautismo es uno de los momentos más significativos de nuestra relación con el Señor, pues nos une a Cristo y nos convierte en hijos de Dios.


Tenemos una larga tradición en la Iglesia de ofrecer el don del bautismo a los niños, pero no todas las tradiciones cristianas bautizan a los bebés. ¿Por qué los católicos sí lo hacen? ¿No sería mejor dejar que nuestros hijos crezcan y decidan por sí mismos cuándo están listos? Analicemos el enfoque católico sobre este tema y descubramos por qué la Iglesia católica sigue promoviendo el bautismo de los bebés.


Testimonio de la Escritura y la tradición

Aunque la Sagrada Escritura no describe explícitamente el bautismo de los niños, sí sugiere la expectativa de que los niños reciban este sacramento.


En Colosenses 2, 11-12, san Pablo muestra que el bautismo ha reemplazado a la circuncisión en el plan de Dios para la humanidad. Antes de Jesús, la circuncisión marcaba la entrada de un hombre en la relación de alianza entre Dios y su pueblo. Los hombres adultos rara vez se circuncidaban, ya que la circuncisión se practicaba habitualmente en los niños poco después del nacimiento. Si san Pablo hubiera querido excluir a los bebés del bautismo, no habría utilizado la circuncisión como imagen para explicarlo. Así como los niños judíos eran incorporados a la relación con Dios mediante la circuncisión, los niños cristianos son incorporados a la relación con la Santísima Trinidad mediante el bautismo.


El Evangelio de San Lucas nos habla de padres que llevaban a sus hijos pequeños a Jesús para que los bendijera (Lucas 18, 15-17). Aunque son niños y no pueden acercarse a Jesús por sí mismos, él dice: “Dejen que los niños vengan a mí ... porque de los que son como ellos es el Reino de Dios”. Algunos cristianos insisten en que los niños deben tomar una decisión consciente para ser bautizados, pero este pasaje muestra que el Señor se alegra de bendecir a los niños que sus padres le presentan.


A lo largo del Nuevo Testamento encontramos relatos de familias enteras que recibieron el bautismo (por ejemplo, Hechos 16, 15 y 33; 1 Corintios 1, 16). Es razonable suponer que estos acontecimientos también incluían el bautismo de niños pequeños. El Catecismo de la Iglesia Católica confirma esta interpretación al afirmar que, en tiempos de los apóstoles, “cuando ‘casas’ enteras recibieron el bautismo, es posible que se haya bautizado también a los niños” (CIC 1252).

Aunque a lo largo de la historia han existido grupos e individuos que han cuestionado la práctica de bautizar a los niños, hay pruebas claras de que los niños recibían el bautismo desde el siglo II (CIC 1252). Esta práctica ha sido promovida repetidamente por la Iglesia a lo largo de la historia, así como por los Padres de la Iglesia y por diversos concilios.


Propósito del bautismo

La historia del bautismo de los niños es útil, pero no constituye el mejor argumento para explicar por qué debemos bautizar a los bebés. Para llegar al fondo de la cuestión, debemos preguntarnos: ¿cuál es el propósito del bautismo?


La respuesta breve es esta: el bautismo nos salva.


No es simplemente un símbolo. Es un sacramento, es decir, un medio por el cual Dios nos comunica su gracia. Todo ser humano nace en este mundo con una naturaleza caída, marcada por el pecado original. Debido a la caída de Adán y Eva, nacemos con una relación “rota” con Dios, pero el bautismo es el remedio que la restaura. El bautismo nos libera del poder de las tinieblas y nos introduce en “la libertad de los hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados” (CIC 1250). Toda persona necesita la regeneración espiritual que el bautismo ofrece.


Los niños merecen el bautismo

Si negáramos el bautismo a un niño, le estaríamos negando “la gracia inestimable de ser hijo de Dios” (CIC 1250). Pero ¿no le quita al niño el derecho a tomar esa decisión por sí mismo?


Los padres toman todo tipo de decisiones por sus hijos cuando son pequeños. Los niños no deciden cómo serán alimentados, educados o cuidados. Los padres toman decisiones fundamentales porque son responsables de cuidar el don de la vida y de proporcionar la formación esencial que sus hijos necesitan para desenvolverse en este mundo. Nadie considera que eso prive a los niños de su “derecho” a comer lo que quieran o a ir a la escuela cuando quieran. Más bien, se entiende que los padres les están dando lo que es mejor para su desarrollo. Compartir al Señor con un hijo debe verse de la misma manera. El don de la fe, mediante el bautismo, es el mayor regalo que un padre puede ofrecer a su hijo. Esto forma parte de la responsabilidad de los padres de cuidar “la vida que Dios le ha confiado” (CIC 1251).


Los padres fieles desean ver a sus hijos abrazar la fe a medida que crecen. Los niños aprenden muchísimo al orar con sus padres, al conversar con ellos sobre las grandes preguntas de la vida y al observar la vida de fe que se vive en su familia. Los padrinos también deben brindar el apoyo necesario y servir de ejemplo inspirador de fe para el niño, ¡a diferencia del padrino de la película El Padrino!


Al bautizar a los niños desde pequeños, les damos las gracias que necesitan para emprender ese camino de fe y, más adelante, hacer su propio compromiso con el Señor cuando sean mayores.


Para nuestros sentidos humanos, el bautismo quizá no parezca gran cosa. El bebé luce y se comporta exactamente igual antes y después del sacramento. Sin embargo, aunque no podamos ver el cambio que ocurre durante el bautismo, ¡una transformación muy real ha tenido lugar en el alma del niño! Por medio del bautismo somos injertados en Cristo; pasamos de pecadores a santos; quedamos marcados para siempre como hijos de Dios. ¡Ninguna película puede captar el drama espiritual que ocurre en el alma durante el bautismo!

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