Hacer discípulos: Guiar hacia el encuentro
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Parte ocho: Una vez que la persona acompañada ha acogido el kerigma, la buena nueva de la salvación, necesita encontrarse con Jesús.

Por Tanner Kalina
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““El celo misionero nace del encuentro con Cristo. Deseamos compartir con los demás lo que hemos recibido”. Papa León XIV, SEEK26
“La fe cristiana, o es un encuentro vivo con Él, o no es”. Papa Francisco, Desiderio desideravi, 10
“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Papa Benedicto XVI, Deus caritas est, 1
“La aventura más bella y entusiasmante que os puede suceder es el encuentro personal con Jesús. que es el Cínico que da verdadero significado a nuestra vida”. San Juan Pablo II, Discurso a una representación del ejército italiano.
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En las últimas décadas, la Iglesia ha luchado por recordar al mundo que el catolicismo está muy lejos de ser un simple “conjunto de reglas” o un sistema intelectual más. Más bien, es el medio que Jesús estableció para que podamos encontrarnos con él de la manera más íntima.
¡El encuentro es el corazón de todo!
Nuestra fe católica nos permite encontrarnos personalmente con Jesús aquí y ahora, experimentarlo y crecer en amistad con él.
En pocas palabras, nuestra fe católica nos permite convertirnos verdaderamente en sus discípulos: sentarnos a sus pies, aprender de él y asumir su modo de ser.
En los últimos años, la palabra encuentro se ha vuelto muy común debido al énfasis con el que la Iglesia la utiliza. Sin embargo, las palabras que se repiten en exceso corren el riesgo de perder su significado.
Aunque parezca repetitivo, es importante saber de qué hablamos cuando hablamos de un “encuentro”.
Un encuentro es un despertar al sentido de Dios.
San Juan Pablo II hablaba con frecuencia del “sentido de Dios”, es decir, de la conciencia de su realidad y de su cercanía. Cuando nos encontramos con Dios, descubrimos que realmente existe y, aún más asombroso, que está cerca de nosotros.
Al comienzo del evangelio de san Juan, el discípulo amado relata que eran como las cuatro de la tarde cuando fue a ver dónde se hospedaba Jesús (cf. Juan 1, 39). Mencionar la hora exacta podría parecer un detalle sin importancia, pero desde la perspectiva del encuentro tiene todo el sentido. ¡Juan despertó a la presencia de Dios en su vida! ¡Se encontró con él! ¡El Mesías estaba en medio de ellos! Fue un momento tan decisivo que no podía dejar de recordar ni siquiera los pequeños detalles.
Los encuentros nos cambian.
Los encuentros nos ponen cara a cara con la realidad.
Los encuentros hacen que la idea que tenemos de Dios coincida con la imagen que tenemos de él y confirman nuestro sentido religioso.
En resumen, los encuentros son momentos en los que la fe deja de vivir únicamente en la mente y comienza a habitar también el corazón.
Necesitamos esos momentos.
Es imposible ser discípulo de un rabino si no tienes la certeza de que ese rabino está cerca de ti o incluso de que realmente existe. Dicho de otra manera, no hay verdadero discipulado sin verdaderos encuentros.
Por eso, el centro del acompañamiento intencional consiste en ayudar a una persona a encontrarse con Cristo.
Después de que la persona a la que acompañamos haya acogido el kerigma y haya expresado su deseo de hacer de Jesús el centro de su vida, debemos ayudarla a avanzar hacia un encuentro personal con él.
Esto implica ayudarla a desarrollar las cuatro prácticas espirituales a las que todo discípulo de Cristo está llamado a vivir. En Hechos 2, 42, la Escritura nos dice que los primeros discípulos “se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”.
En otras palabras, los discípulos pueden encontrarse con Jesús:
A través de la enseñanza de la Iglesia;
Mediante amistades virtuosas;
Por medio de los sacramentos;
En la oración.
Desde luego, un discípulo de Jesús también puede encontrarse con él mientras hace las compras o responde un correo electrónico y, de hecho, está llamado a descubrirlo en lo cotidiano. Sin embargo, estas cuatro prácticas ensanchan el corazón para encontrarse con él de manera más profunda. Como escribió el papa Benedicto XVI en Spe salvi: “El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado” (33).
Si acompañas a alguien intencionalmente, lo normal es que se reúnan con frecuencia. En esos encuentros conviene hablar de cada una de estas prácticas espirituales y ayudar a tu amigo a descubrir maneras concretas de vivirlas.
Esto inevitablemente incluirá conversaciones sobre las enseñanzas fundamentales de la Iglesia, porque probablemente tu amigo tendrá preguntas o dificultades con algunas verdades de la fe. No necesitas ser teólogo ni tener todas las respuestas. Basta con buscarlas —en el Catecismo, en un buen video de YouTube o en alguna fuente confiable— y orientarlo hacia ellas.
Al mismo tiempo, sigue cultivando una amistad profunda con esa persona. ¡Dios también puede salir a su encuentro a través de ti! Ya confía en ti lo suficiente como para haber aceptado tu invitación a hacer de Cristo el centro de su vida. Sigue siendo valiente y generoso en esa amistad.
Los sacramentos son encuentros seguros con Cristo. Si tu amigo aún no ha recibido el bautismo o la confirmación, anímalo a dar el siguiente paso en su camino de fe: inscribirse en la Orden de Iniciación Cristiana para Adultos (OICA) de su parroquia. Si ya recibió esos sacramentos, pero hace tiempo que no se confiesa, invítalo a volver al sacramento de la reconciliación. Y si ya se confiesa con frecuencia, anímalo a asistir a Misa diaria o a acompañarte a un tiempo de adoración eucarística. Ayuda a la persona que acompañas a encontrarse con Dios cada vez más profundamente.
Finalmente, anímalo a comenzar una vida de oración o a profundizar en ella. Quizá la pregunta más importante que puedes hacerle sea: “¿Cómo va tu vida de oración?”. Si eso es lo único de lo que hablan cuando se reúnen, ya están haciendo mucho. Aunque sea solo una breve conversación antes de hablar de las noticias, del fútbol o de cualquier otro tema.
No hace falta abordar todas estas prácticas en una sola reunión. De hecho, conviene dedicar tiempo a cada una. Los hábitos espirituales requieren paciencia y un encuentro que transforme la vida suele ser fruto de la perseverancia y la fidelidad.
Nota: Un encuentro que cambia la vida no tiene por qué ser espectacular. Pienso en Elías, que escuchó a Dios en el susurro de una brisa suave, no en el viento huracanado, el terremoto o el fuego (cf. 1 Reyes 19, 11-13). Las relaciones más sólidas con Dios suelen construirse a partir de los encuentros más sencillos.
La palabra “encuentro” proviene del latín in (“hacia dentro”) y contra (“frente a” o “contra”), lo que sugiere originalmente “el encuentro entre dos adversarios”. Cuando nos encontramos con Dios y despertamos al sentido de su presencia, también despertamos a la conciencia de su grandeza y de nuestra pequeñez.
Los encuentros son hermosos y necesarios, pero también pueden ser exigentes, porque nos hacen conscientes de la necesidad de cambiar.
Cuando ayudas a un amigo a encontrarse con Cristo, también lo ayudas a descubrir la necesidad de madurar espiritualmente. Cómo acompañarlo en ese crecimiento será el tema de mi próxima columna.
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Hacer discípulos es una ambiciosa serie de columnas a lo largo de un año que busca formar a los lectores, tanto teológica como prácticamente, para ir y hacer discípulos como Jesús mismo lo mandó en Mateo 28. A través de estas columnas, esperamos que los lectores de El Pueblo Católico se unan a anunciar el evangelio, para que, en Jesucristo, todos sean rescatados y tengan vida en abundancia, para gloria del Padre.






