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Image by Simon Berger

Perspective

Hacer discípulos: Formar para el liderazgo

Foto del escritor: Tanner Kalina
Tanner Kalina
hace 24 minutos
4 min de lectura

Parte diez: Una vez que la persona que acompañas intencionalmente se ha encontrado con Jesús y ha experimentado una conversión, aunque sea incompleta, es momento de ayudarla a convertirse en líder de la fe.


El siguiente paso para hacer discípulos es pasar el relevo de la evangelización, aun mientras tú sigues corriendo la carrera de la vida cristiana y de la evangelización. (Foto: Lightstock)
El siguiente paso para hacer discípulos es pasar el relevo de la evangelización, aun mientras tú sigues corriendo la carrera de la vida cristiana y de la evangelización. (Foto: Lightstock)

El Domingo de Pascua, María Magdalena fue la primera persona a quien se le apareció nuestro Señor resucitado (posiblemente después de la Virgen María).


Fue la primera persona (aparte de la Virgen María) que estuvo cara a cara con el cumplimiento de su esperanza. Fue la primera en experimentar una transformación radical en su manera de ver la realidad mediante un encuentro personal con el Señor resucitado.


Y cuando experimentó esta conversión más profunda, recibió el primer encargo de nuestro Señor resucitado: ir y decirles a sus apóstoles que fueran a su encuentro en Galilea (Mateo 28,10).

La conversión siempre lleva a una misión.


Al cumplir el mandato de Cristo, María Magdalena se convirtió en “la apóstol de los apóstoles”, como la ha llamado la Iglesia a lo largo de los siglos. La persona menos probable de todas se convirtió en mensajera del grupo de hombres más importante de la historia de la humanidad.

María Magdalena nos demostró que la vida con Cristo nos impulsa y nos da la fuerza para salir, incluso cuando no parecemos ser la persona más indicada para hacerlo.


Cuando los apóstoles fueron a encontrarse con Jesús en Galilea, Mateo nos dice que algunos de ellos todavía dudaban, incluso después de haber visto a Jesús vivo de nuevo (Mateo 28,17). A pesar de sus dudas e incertidumbres, los apóstoles recibieron de Jesús la Gran Comisión en nombre de la Iglesia: ir y hacer discípulos de todas las naciones (Mateo 28,19).

La conversión, incluso una incompleta, siempre lleva a una misión.


Aquellos apóstoles temerosos nos demostraron que la vida con Cristo nos impulsa y nos da la fuerza para salir, incluso cuando no sentimos que seamos las personas más indicadas para hacerlo.

Cuando acompañamos intencionalmente a otra persona, nuestro objetivo es llevarla a una vida con Cristo, una vida de conversión cada vez más profunda. Y esta es la realidad: no podemos experimentar una conversión cada vez más profunda sin salir y llevar a otros a Cristo.


Nuestra fe está hecha de tal manera que se profundiza cuando la compartimos. Crece cuando la entregamos.


Como un fuego que busca otras cosas para encenderlas, así es nuestra fe. Nuestro corazón anhela encender otras almas.


Y así como un fuego comienza a apagarse cuando no encuentra nada más que consumir, lo mismo sucede con nuestra fe. Nuestra fe se apaga cuando la mantenemos encerrada en nosotros.

No creo que sea una coincidencia que, en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre los apóstoles para darles la fuerza necesaria para cumplir la Gran Comisión de Cristo, se manifestara en lenguas de fuego. Es como si Dios quisiera que comprendiéramos esta verdad: la fe busca propagarse como el fuego.


Para ayudar al amigo a quien has estado acompañando intencionalmente a convertirse en un verdadero discípulo de Jesús, debes fortalecer en él la convicción de hacer discípulos.


Debes ofrecerle el mismo ánimo que san Pablo le ofreció al joven a quien acompañaba intencionalmente, Timoteo: “Cuanto me has oído en presencia de muchos testigos, confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros” (2 Timoteo 2, 2).

Hacer esto puede intimidarnos.


Puede dar miedo pedirle a alguien que asuma una responsabilidad adicional. “La gente está muy ocupada, ¿Y ahora me estás pidiendo que agregue algo más a su lista de pendientes?”.


Sí.


Como ya habrás experimentado (esperamos), aceptar el llamado a hacer discípulos fortalece tu fe. Por lo tanto, no pedirle a la persona que has estado acompañando que acompañe a alguien más sería un obstáculo para su discipulado con Jesús.


Dicho de manera positiva, animar a la persona a la que has estado acompañando intencionalmente a salir y acompañar intencionalmente a alguien más no solo es bueno para el Reino, sino también para ella.


Acompañar intencionalmente a alguien sin llevarlo a salir y hacer lo mismo es como inscribirse en un maratón, correr 25 millas y luego abandonar la carrera. ¡No cumplimos la misión! No habremos hecho lo que nos corresponde hasta que hayamos formado a quienes acompañamos para que sean líderes capaces y dispuestos.


Por otro lado, esto también puede resultar intimidante para la persona que acompañas.

Tal vez no se sienta capaz de acompañar intencionalmente a alguien más. Ya sea porque piensa que no es lo suficientemente inteligente, sociable o santa, es natural que a una persona le cueste imaginar que puede ayudar a alguien más a acercarse a Jesús, especialmente si nunca le han pedido que haga algo así.


Pero como nos demostraron santa María Magdalena y los apóstoles, no existe un proceso de certificación para hacer discípulos. El único requisito es tener un corazón dispuesto y decidido a parecerse cada vez más a Jesús.


Cuando veas que la persona que has estado acompañando intencionalmente se ha comprometido más profundamente con su relación con Jesús, recuérdale la visión del discipulado y comienza a conversar con ella sobre a quién podría acompañar.


¡Cómo puedes ayudarla concretamente a dar el siguiente paso será el tema de mi próxima columna!


+++


Hacer discípulos es una ambiciosa serie de columnas a lo largo de un año que busca formar a los lectores, tanto teológica como prácticamente, para ir y hacer discípulos como Jesús mismo lo mandó en Mateo 28. A través de estas columnas, esperamos que los lectores de El Pueblo Católico se unan a anunciar el evangelio, para que, en Jesucristo, todos sean rescatados y tengan vida en abundancia, para gloria del Padre.


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