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Image by Simon Berger

Perspective

Plenamente viva: Reflexión de una monja de la Abadía de Santa Walburga

Foto del escritor: Escritor Invitado
Escritor Invitado
hace 4 horas
3 min de lectura
(Foto de André Escaleira, Jr./El Pueblo Católico)
(Foto de André Escaleira, Jr./El Pueblo Católico)

Por una monja de la Abadía de Santa Walburga


Estaba terminando mi jornada de trabajo en el hospital cuando comenzó a correr la noticia entre las enfermeras: “Rebecca” se irá a casa esta semana para recibir cuidados paliativos.


La noticia no me sorprendió. Rebecca, una de nuestras queridas pacientes que estaba en los últimos años de su adolescencia, había pasado mucho tiempo en nuestra unidad durante los dos últimos años y su estado de salud había empeorado considerablemente en los últimos meses.


Al terminar mi turno, caminé por el pasillo y toqué a la puerta de Rebecca. Yo tampoco estaba pasando por un buen momento aquel otoño. Llevaba varios meses viviendo el duelo por una pérdida y no lograba superar la profunda tristeza que aún sentía. Pero aquella tarde sabía que tenía que despedirme de Rebecca y agradecerle el regalo que había sido para mí. Mientras estaba sentada en su cama, me contó lo triste que se sentía por estar a punto de morir. Yo compartía su tristeza.


Esa noche, mientras conducía de regreso a casa después del trabajo, de pronto me di cuenta de que ¡ESTABA VIVA! Esta certeza me llenó de asombro y gratitud. Cuando llegué a casa, me sentía tan llena de alegría por estar viva que comencé a escribir todo por lo que estaba agradecida. Los recuerdos, los anhelos y la conciencia de todos los maravillosos regalos que había recibido a lo largo de mi vida comenzaron a brotar casi más rápido de lo que podía escribirlos. Me sentía tan desbordada de alegría por el regalo de mi propia vida que la tristeza que me había agobiado durante los últimos meses de pronto parecía insignificante. ¡Estaba viva!


Mi llamado vocacional no llegó sino hasta varios años después, pero la gracia que recibí de Rebecca aquella noche fue un anticipo de la que ahora recibo en mi vocación como monja benedictina. La inmensa gratitud que siento por el regalo de mi vida exige una respuesta: ¡entregar por completo mi vida a mi Creador como sacrificio de alabanza! De hecho, para mí, esta no es simplemente una manera de expresar mi gratitud a Dios por haberme creado, sino la manera más plena en que puedo hacerlo.


El único objetivo de san Benito es buscar a Dios, “sin anteponer nada al amor de Cristo” (Regla de san Benito, 4, 21), para que podamos comenzar desde ahora lo que llegará a su plenitud en el cielo. Retomando las palabras de san Juan, san Benito exhorta a sus monjes: “Corran mientras tienen la luz de la vida, para que no los sorprendan las tinieblas de la muerte” (Regla de san Benito, Prólogo, 13).


No es de extrañar, entonces, que san Benito dé indicaciones tan cuidadosas incluso en los aspectos más ordinarios de la vida cotidiana. Todos esos pequeños momentos, juntos, forman este gran regalo que llamamos VIDA y no hay tiempo que perder en la complacencia. Todo debe hacerse por Cristo, con él y en su amor. Como proclama san Pablo: “Pues para mí la vida es Cristo” (Filipenses 1, 21). Creo que la profunda reverencia y la intención consciente con las que san Benito aborda incluso las decisiones más pequeñas, “sin estimar nada más que a Cristo” (Regla de san Benito, 5, 2), revelan su profunda gratitud y un corazón completamente entregado a Dios.


El último versículo del Salmo 150, que cantamos en las Laudes todos los sábados y días de fiesta, concluye: “Todo cuanto respira alabe a Yahvé”. A menudo, al cantarlo, me doy cuenta, con gratitud, de que yo también sigo respirando y recuerdo a Rebecca.


¡Gracias, Rebecca, porque a través de tu muerte me ayudaste a descubrir la vida en toda su plenitud! Pido a Dios que, cuando algún día te siga a la eternidad, juntas podamos alabar al Señor para siempre en el reino de los cielos.

 

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