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Image by Simon Berger

Perspective

De enfermera a monja

Foto del escritor: Escritor Invitado
Escritor Invitado
hace 27 minutos
5 min de lectura

La hermana María-Benedicta se une a las monjas de votos solemnes de la Abadía de Santa Walburga.


La hermana María-Benedicta reza el Suscipe durante su profesión solemne, entregándose por completo, junto con toda su vida, al Señor. (Foto de Grant Whitty/El Pueblo Católico)
La hermana María-Benedicta reza el Suscipe durante su profesión solemne, entregándose por completo, junto con toda su vida, al Señor. (Foto de Grant Whitty/El Pueblo Católico)

Por una monja de la Abadía de Santa Walburga.


Puede que algunos duden de que ser monja benedictina contemplativa pueda hacer feliz a alguien, pero basta ver el rostro sonriente de la hermana María-Benedicta para darse cuenta de que debe existir una alegría más profunda que los placeres terrenales, que sostiene a quien ha recibido esta vocación.


¿El secreto?


“Me encantaba mi trabajo como enfermera en el Children’s Hospital y me parecía sumamente gratificante, desafiante y fructífero. Incluso después de saber que había sido llamada a ser monja en la Abadía, pensaba que sería infeliz si ya no tuviera esa misión particular de la enfermería que le daba un sentido tan profundo a mi vida”, dijo la hermana María-Benedicta. “Me ha sorprendido gratamente descubrir que hacer lo que Dios me pidió me hace feliz a un nivel mucho más profundo. San Benito dice varias veces en su Santa Regla que tanto el monje como la monja no deben ‘anteponer nada al amor de Cristo’. Para mí, esto significó que tenía que sacrificar la enfermería pediátrica para entregarme por completo a Dios. Pero he descubierto que hay un profundo fundamento de paz que nace de renunciar a tratar de entender y, sencillamente, obedecer a Dios y descansar en su misteriosa y hermosa voluntad”.


Nacida y criada en Denver, Colorado, la hermana María-Benedicta recuerda que algunos de sus mejores recuerdos de la infancia surgieron gracias a que sus padres, quienes celebraron su 50.º aniversario de bodas esta primavera, decidieron intencionalmente no tener televisión en casa. Esto les dio a ella y a sus cuatro hermanos “muchísimo tiempo para todo tipo de actividades creativas, como cavar hoyos para llegar hasta China en el arenero del patio, poner puestos de limonada y construir fuertes en el patio con las más de 100 cajas que mi papá traía de su trabajo en el supermercado”.


Sus padres son católicos de profunda fe y le transmitieron esa fe a la hermana María-Benedicta a través de su propio testimonio de vida. Según explicó la religiosa, su padre lo hizo “con su espíritu de oración constante”, mientras que su madre, “con su generosidad y amabilidad hacia cada persona con la que se encuentra”.


La hermana María-Benedicta estudió en Thomas Aquinas College, en Santa Paula, California, donde comenzó a cultivar su amor por la oración del Oficio Divino, la Liturgia de las Horas, la oración oficial de la Iglesia, al unirse a un grupo de estudiantes que se reunía cada noche en la capilla para rezar Completas. Ese mismo amor volvió a despertar en su corazón más de 12 años después, durante una breve visita a nuestra Abadía un domingo por la noche, cuando pasó a hacer una hora santa y quedó cautivada al ver a las monjas rezando las Completas. Durante aquella breve visita, sintió en el corazón un profundo deseo de regresar y pasar allí el resto de su vida como esposa de Cristo. En ese momento de su vida, trabajaba como enfermera en el departamento de cardiología del Children’s Hospital Colorado, donde trabajó durante más de 10 años.


La hermana María-Benedicta firma su acta de profesión sobre el altar. (Foto de Grant Whitty/El Pueblo Católico)


Aunque la hermana María-Benedicta sentía un profundo deseo de ingresar a nuestra Abadía como monja, al principio le costó aceptar ese llamado.


“Después de recibir ese llamado inicial, tenía miedo de sentirme miserable si renunciaba a aspectos de mi vida que atesoraba, como la enfermería, los viajes, las aventuras en Colorado y pasar mucho tiempo con mi familia y mis amigos. De hecho, traté de buscar otras órdenes que, según yo, también me permitirían conservar esos aspectos de mi vida”, recordó. “Pero nuestro Señor no me dijo: ‘Quiero que seas monja en algún lugar; puedes buscar y ver qué orden se adapta mejor a tu personalidad y a tus deseos…’ ¡No! Era más bien como si él me dijera: ‘¿Me seguirás AQUÍ? ¿Sí o no?’. Incluso durante aquel periodo bastante largo en el que cuestionaba mi vocación contemplativa y discutía con Dios porque me parecía tan ilógica, sentía que cada vez que me marchaba después de una breve visita a la Abadía, era como si Jesús tuviera una conversación pendiente conmigo ALLÍ. Tenía que seguir regresando para continuar esa conversación”.


Afortunadamente, finalmente permitió que el Señor la guiara y entró en nuestra comunidad en la Solemnidad de Todos los Santos del 2017. Así comenzó un periodo de formación de ocho años que culminó con su Profesión Solemne el 1 de mayo de 2026, fiesta de san José Obrero. Durante su noviciado, profundizó en la espiritualidad benedictina del ora et labora, participando en la oración y en el trabajo de las hermanas. Entre sus labores particulares están cocinar, ayudar a nuestras hermanas mayores, pintar cirios pascuales para las parroquias, cuidar el cementerio de la Abadía, tocar el órgano e intentar enseñar a nuestro enérgico perro, Sharbel, a obedecer.


Aunque la hermana María-Benedicta ya no puede poner en práctica algunos de los dones que ejercía en su vida anterior, esto no ha sido un obstáculo para su alegría ni para su sentido de plenitud. La vida monástica no es para quienes carecen de dones, sino para quienes comprenden que su mayor don es la unión con Jesús y que todo lo demás palidece en comparación.


La hermana María-Benedicta profesa los votos benedictinos de obediencia, de estabilidad y de conversatio morum en manos de la madre María-Michael. (Foto de Grant Whitty/El Pueblo Católico)
La hermana María-Benedicta profesa los votos benedictinos de obediencia, de estabilidad y de conversatio morum en manos de la madre María-Michael. (Foto de Grant Whitty/El Pueblo Católico)

“Realmente disfrutamos hacer una gran variedad de trabajos, pero lo que hacemos pierde importancia frente a cómo lo hacemos. Un beneficio extraordinario de tener un voto de obediencia es que, para una persona consagrada a Dios y comprometida por ese voto, cada momento y cada trabajo del día se convierten en un acto de culto y se unen a la propia ofrenda de Jesús al Padre… ¡Todo! Limpiar el refrigerador, jugar pickleball durante la recreación del domingo por la noche, hacer terapia física con una hermana mayor… ¡todo es un acto de culto y obediencia!”, señaló la hermana María-Benedicta al reflexionar sobre la manera benedictina de entender el trabajo. “Por eso, cuando trabajo, rezo o participo en la recreación, con frecuencia ofrezco mis acciones a Dios como una ofrenda de mi voto de obediencia, pidiéndole a Jesús que viva su obediencia en mí y que la una a su propia ‘obediencia hasta la muerte’ (Filipenses 2, 8). Otra manera muy sencilla en la que encuentro a Jesús en mi trabajo es volver en mi corazón al recuerdo de haber recibido a Jesús en la Sagrada Comunión esa mañana y a mi deseo de recibirlo nuevamente al día siguiente, o recordar alguna frase u oración que recibí durante mi tiempo de lectio divina o al rezar el Oficio Divino”.


Para la hermana María-Benedicta, la Profesión Solemne fue un acontecimiento trascendental.


“Mediante los votos solemnes, me ofrezco completamente a Dios, unida al sacrificio de Jesús en la cruz, por medio de mis votos de estabilidad, conversión y obediencia. Algo que me encanta de la espiritualidad benedictina es el voto de estabilidad, por el cual quedamos vinculadas a la misión de rezar diariamente el Oficio Divino y de servir y amar a Dios en esta comunidad en particular. Nuestro voto de conversión también está relacionado con esto, pues nos comprometemos a escuchar y responder a las inspiraciones del Espíritu Santo que nos llaman a la conversión. Es realmente emocionante formar parte de una comunidad, escuchar juntas al Espíritu Santo y experimentar cómo él obra a través de nosotras de maneras emocionantes e inesperadas. Dios nos ha bendecido de maneras hermosas y me emociona seguir recibiendo sus bendiciones junto con mi comunidad, en nombre de toda la Iglesia”.

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