Para formar discípulos, primero hay que ser discípulo
- Escritor Invitado

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Segunda parte: Por qué la evangelización comienza con la conversión personal y el encuentro con Jesucristo.

Por Tanner Kalina
A mi papá le encantaba el béisbol, pero no tenía experiencia jugando el deporte. No es gran cosa en el panorama general, pero no pintaba bien para mis aspiraciones de llegar a las Grandes Ligas cuando era niño.
Otros hombres tuvieron que enseñarme la técnica correcta para batear una pelota. Lo mismo ocurrió con el lanzamiento y la defensa. Tuve que buscar otras fuentes para ir más allá de una comprensión básica y rudimentaria de cómo hacer estas cosas.
Esto no es un reproche a mi papá. Simplemente, no se puede transmitir lo que no se conoce. No se puede dar lo que no se tiene.
Lo mismo ocurre al hacer discípulos.
Jesús nos llama a cada uno a ir y hacer discípulos. Este llamado, por supuesto, implica que tengamos experiencia directa como discípulos.
Entonces, ¿la tenemos?
Podemos amar a Jesús. Podemos ser sus mayores admiradores, pero al final no podemos dar lo que no tenemos. Si no somos, ante todo, discípulos de Cristo, entonces no podemos hacer discípulos de manera eficaz.
Como escribió el papa san Pablo VI: “La Iglesia es evangelizadora, pero comienza por dejarse evangelizar a sí misma” (Evangelii nuntiandi 15).
En mi columna anterior hablé del antiguo sistema de discipulado al que Jesús nos invita y de cómo el corazón del discipulado es la imitación del propio rabino. En esta columna quiero ir un poco más allá y explorar qué es realmente un discípulo y cómo podemos profundizar en nuestro discipulado con Jesús para ser formadores de discípulos más eficaces.
La diferencia entre “católico” y “discípulo”
Creo que muchas personas asumen que, si alguien es católico, automáticamente recibe el título de “discípulo”, como si “católico” y “discípulo” fueran sinónimos.
Sí y no.
Sí, quien ha recibido los sacramentos de iniciación en la Iglesia católica es una nueva creación. Sí, ha recibido el gran honor y la responsabilidad de formar discípulos. Sí, “católico” y “discípulo” deberían ser sinónimos.
Pero para recalcar un punto que subrayé con fuerza en mi columna anterior, los discípulos de aquel tiempo dejaban todo para seguir a su rabino. Elegían muy conscientemente seguirlo y, deliberadamente, lo imitaban en todo lo que hacían. Su discipulado estaba en primer plano todos los días. No era algo en lo que caían por accidente ni algo que vivieran de forma desordenada. No eran discípulos un día y hombres “normales” al siguiente.
Tú y yo conocemos católicos que simplemente cumplen. Tú y yo conocemos personas que viven como si su fe fuera un interruptor, algo que pueden encender o apagar según el ambiente o las circunstancias.
Un estudio reciente del Pew Research Center reveló que el 21 % de los católicos en Estados Unidos dice asistir a Misa semanalmente, orar a diario y considerar la religión muy importante. En otras palabras, solo 1 de cada 5 católicos cumple con lo mínimo indispensable. Es razonable pensar que un porcentaje todavía menor de los católicos en Estados Unidos son verdaderos discípulos de Cristo.
Digámoslo sin rodeos: hay una diferencia entre alguien que dice ser católico y alguien que es un verdadero discípulo de Cristo.
No son lo mismo.
Entonces, ¿qué es un discípulo?
La identidad del discípulo
Un discípulo es alguien que se adhiere conscientemente a la historia de la salvación como la historia de la realidad. Ha decidido hacer de Jesús el centro de su vida y pertenece totalmente a él y a su esposa, la Iglesia católica.
Según el papa san Juan Pablo II, una persona “se muestra verdadero discípulo de Cristo llevando la cruz cada día en la actividad a la que está llamado” (Laborem exercens 27).
O, en palabras del papa Francisco: “Permanecer con él, quedarse con él: esto es lo más importante para el discípulo del Señor” (Ángelus, 24 de enero de 2024).
En pocas palabras, un discípulo es un seguidor disciplinado de Jesús.
Elige activamente profundizar cada vez más en la conversión, cultivando intencionalmente una conciencia de la presencia de Jesús en su vida, en todo lo que hace y con todas las personas con las que se encuentra.
La Iglesia considera el Bautismo como la primera y fundamental conversión (CIC 1427). Pero después de esta conversión, necesitamos una segunda conversión (o, como se le llama en algunos ámbitos de la Iglesia hoy, una “conversión inicial”). Necesitamos un momento en el que elijamos seguir a Cristo con toda nuestra persona —con la inteligencia, la voluntad y el corazón—.
Necesitamos un momento en el que aceptemos intelectualmente la fe, tomemos una decisión firme de seguir a Cristo, cueste lo que cueste, y experimentemos su amor.
En una palabra, necesitamos un encuentro con Cristo.
Me encanta cómo el difunto monseñor Luigi Giussani definía un encuentro: “Encuentro significa el acontecimiento de la relación con una persona y con una comunidad cuya riqueza es tan auténtica que nos sentimos tocados por una luz y llamados a una vida diferente y más verdadera”.
Dicho de manera sencilla, los encuentros nos cambian. Nos introducen en un camino de conversión continua a lo largo de la vida: una tercera conversión, una cuarta conversión y una conversión número 5,783,492.
Un discípulo es alguien que se embarca intencionalmente en una vida de conversión, y es a través de esa transformación continua como puede hacer discípulos de manera eficaz.
Otra frase contundente del papa san Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros; y si escucha a los maestros, es porque son testigos” (Evangelii nuntiandi 41).
Una Iglesia eucarística que forma discípulos
Para ser una Iglesia que evangeliza de verdad y forma discípulos de verdad, necesitamos ser una Iglesia llena de personas que no solo hablan, sino que viven lo que predican. Necesitamos ser una Iglesia llena de personas que han abrazado el discipulado con Cristo, que pasan tiempo con él de manera intencional, que lo imitan deliberadamente y que lo mantengan en el centro de su mente.
Este es el genio de la Iglesia católica. ¿Alguna vez te has preguntado por qué Jesús dijo que fuéramos a hacer discípulos justo antes de ascender al Cielo? Si uno de los objetivos principales de un discípulo en aquel tiempo era pasar tiempo con su rabino, ¿por qué Jesús diría que vayamos a hacer discípulos justo cuando él se va? ¿Hizo algún tipo de engaño divino? ¿Cómo pueden sus discípulos pasar tiempo con él si ya no está aquí?
Porque sí está aquí.
En la Eucaristía.
Por medio del Santísimo Sacramento, Jesús sigue permitiendo que sus discípulos pasen tiempo con él y aprendan a sus pies.
Para ser un formador de discípulos eficaz, te animo a ser, ante todo, un discípulo de la Eucaristía. Te animo a dejarte cubrir con el polvo eucarístico de nuestro Rabí.
Es en la Eucaristía donde podemos encontrarnos con Jesús.
Es en la Eucaristía donde podemos adherirnos a la historia de la salvación como a la historia de la realidad.
Es en la Eucaristía donde podemos convertirnos en verdaderos discípulos.
Y cuanto más abracemos este hecho sencillo, más eficaces seremos, al final, para hacer discípulos.
“Vayan, pues, y hagan discípulos”, pero primero, sean discípulos.








