Llevar la esperanza de la Resurrección a quienes sufren
- Escritor Invitado

- 13 abr
- 5 min de lectura
Cómo acompañar y proclamar el evangelio de la esperanza incluso en tiempos difíciles

Por Hilary Draftz
FOCUS
“Dejé de ir a la iglesia cuando murió mi mamá”.
“Me gustaría tener la fe que tú tienes, pero no entiendo cómo un Dios bueno puede permitir tanto mal en el mundo”.
“A estas alturas ya he ido demasiado lejos para cambiar mi vida. Dios no podría perdonarme por lo que he hecho”.
Estas frases provienen de conversaciones reales que he tenido con amigos, familiares y conocidos a lo largo de muchos años. Y me imagino que reflejan comentarios que tú también has escuchado en tu vida. Todo ser humano que ha vivido en este planeta ha experimentado el sufrimiento, ha observado el mal en el mundo y se ha sentido desconcertado o avergonzado ante tanta fealdad.
¿Cómo puede existir el mal si hay un Dios todopoderoso y lleno de amor que está al mando de todo?
Aunque no podemos responder a esa pregunta exhaustivamente en un artículo tan corto, dado que eres un cristiano de carne y hueso, estoy segura de que has luchado con ese desafío. Y precisamente esa lucha es lo que importa. Tus familiares y amigos que buscan a Dios en medio del sufrimiento no esperan que lo sepas todo. Necesitan saber que puedes comprenderlos. Necesitan saber que te importan.
El papa san Pablo VI nos dijo que “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan” (Evangelii nuntiandi, 41). Para la mayoría de nosotros, que no tenemos formación teológica, ¡esto es una gran noticia! El corazón humano se transforma más por un encuentro con el amor que por respuestas de catequesis o por matices teológicos.
No me malinterpretes: vale la pena estudiar lo que nuestra fe enseña sobre el sufrimiento. Estas enseñanzas pueden prepararnos para conversaciones evangelizadoras, profundizar nuestra vida espiritual y evitar que nuestra relación con Cristo se quede en la superficie. Algunos buenos recursos para reflexionar son:
1 Pedro 4
Catecismo de la Iglesia Católica 272-278, 309-314 (especialmente 312)
Busca la paz y consérvala del padre Jacques Philippe
Michelle Duppong: Hope in the Depths of Suffering, publicado recientemente por Sophia Institute Press
Pero al final del día, tú eres mucho más que un catálogo de recursos fieles. Tu amigo acudió a ti con su lucha porque puedes ofrecerle algo que ninguna búsqueda en Internet puede dar: un corazón humano, un oído atento. Ten confianza en quién eres y en cómo el Espíritu Santo te ha preparado para este encuentro con tu amigo.
Permanecer presentes
A veces las personas luchan con la idea del mal en teoría. Pero muchas veces es algo personal. La experiencia directa de haber sido profundamente herido por el pecado del otro resulta difícil de superar para quien está en una búsqueda espiritual. ¿Por qué Dios permitió que esto me pasara? Del mismo modo, muchos se sienten abandonados por sus propios pecados. ¿Dónde estaba Dios cuando tomé esa decisión? ¿Por qué no me detuvo?
La clave para nosotros, como amigos y testigos, no es tener respuesta a todas estas preguntas. La clave es permanecer presentes. Cuando alguien comparte contigo una experiencia profunda, ¿reflejas sorpresa? ¿Expresas escándalo o temor ante la intensidad de la conversación? Las personas encontrarán más fácil hablar contigo de temas difíciles si tu actitud permanece serena y receptiva. Frases sencillas que muestren que estás escuchando y comprendiendo pueden ayudar: “Juan, cuánto siento que hayas pasado por eso”. “Gracias por confiarme esto”. “Es muy duro. No estás loco por hacerte estas preguntas tan difíciles”.
Imagina que eres un sacerdote en el confesionario. El padre se sienta ahí, a veces durante horas, sin saber qué dirá la siguiente persona. Pero puede permanecer abierto y en paz, sin importar lo que escuche, porque sabe que el poder y la misericordia de Dios son más grandes que cualquier pecado. Tú también puedes tener esa confianza. No importa qué dolor comparta alguien contigo al hablar de su camino de fe; puedes permanecer presente, con una actitud de escucha, viendo a la persona más allá de las etiquetas.
Esperanza inquebrantable
Cuando un bebé recién nacido experimenta dolor, frío o hambre, la teoría del apego nos dice que el contacto y la voz de un cuidador atento le enseñan a su sistema nervioso, que apenas comienza a desarrollarse, a autorregularse. Los bebés “toman prestada” la calma de sus padres. ¿Podrán nuestros amigos “tomar prestada” nuestra esperanza?
¿Es tu confianza en la Providencia de Dios lo suficientemente firme como para que tu amigo pueda apoyarse en ella? San Pedro nos dice: “Den culto al Señor, Cristo, en nuestro interior, siempre dispuestos a dar respuesta a quien les pida razón de nuestra esperanza. Pero háganlo con dulzura y respeto” (1 Pedro 3, 15).
Cada parte de esta afirmación es esencial para la evangelización de las personas desilusionadas de nuestro tiempo. Antes de explicar nuestra esperanza con dulzura y respeto (por favor, que no suene de manera defensiva), tenemos que reconocer a Cristo como Señor. No es el Señor solo de mi corazón, en un sentido relativista. ¡Es el Señor de todo! Si Jesús no es Señor de todas las personas, de todos los acontecimientos, del universo entero, ¿por qué pondríamos nuestra esperanza en él? Si queremos ser lo suficientemente fuertes para sostener a otros, necesitamos alimentar esta fe, esperanza y caridad en nuestra oración diaria y en nuestra participación en los sacramentos.
Desde ahí, podemos imitar la fe de José en el Antiguo Testamento. Vendido como esclavo por sus hermanos, José llegó a ocupar un puesto de autoridad en Egipto gracias a su fidelidad constante a Dios (ver Génesis 37–50). Cuando más tarde se encuentra con sus hermanos, en lugar de acusarlos por el daño real que le hicieron, interpreta los giros de su vida con un resumen impresionante y lleno de esperanza: “Aunque ustedes pensaron hacerme daño, Dios lo pensó para bien” (Génesis 50, 20).
Jesús, nuestro ejemplo
Dios demostró plenamente la verdad de esa afirmación de José en la crucifixión de Jesús. No se puede imaginar un mal mayor que la tortura y el asesinato del Hijo de Dios. Y, sin embargo, de esa profunda oscuridad provocada por el corazón humano corrompido, el poder de la bondad de Dios venció incluso a la muerte.
La Resurrección de Jesús también nos muestra cómo actúa la Providencia de Dios en nuestra vida: un bien último no minimiza la atrocidad real del pecado y del sufrimiento; más bien, la confirma y la redime. ¿Tu sufrimiento duele de verdad? También el sufrimiento de Jesús dolió de verdad. ¿Alguien realmente quiso hacerte daño cuando abusó de ti o te lastimó? Jesús también vivió algo semejante. Y aun con toda esa montaña de desorden, el plan bueno de Dios para la salvación del mundo fue más poderoso.
Mi esposo y yo adoptamos a nuestros hijos cuando ya estaban algo mayores, con edad suficiente para recordar algunas de las dificultades que vivieron en su primer hogar. Cuando esos recuerdos les causan angustia o el dolor de la pérdida se vuelve pesado, vamos juntos a uno de los muchos crucifijos que tenemos en casa. Me gusta preguntarles: “¿Por qué colgamos un crucifijo en la pared?”.
Por lo general, responden con toda razón: “Para recordarnos que Jesús nos ama”.
Sí. Pero el crucifijo también nos muestra que cualquier situación dolorosa o desordenada que estemos viviendo, él la entiende. Conoce el corazón humano herido y lo sana permaneciendo con nosotros. Nunca te dejará solo.
Y, como testigo suyo, yo tampoco.









