Cuando el bautismo fue más poderoso que mi depresión posparto
- Allison Auth

- hace 2 días
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Tuve una depresión posparto terrible después del nacimiento de mi segunda hija y ni siquiera lo sabía. Estaba convencida de que si resolvía este problema en particular o lograba dormir un poco más, todo estaría mejor. Pero me encontraba en un lugar tan oscuro que ni siquiera podía ver cuán profunda era realmente esa oscuridad.
Un comienzo difícil
Tuvimos dos hijos en los primeros dos años de nuestro matrimonio, así que nuestra vida estaba cambiando muy rápidamente. Cuando nació nuestro primer hijo, cada aspecto de la maternidad me resultaba nuevo y abrumador. Cuando llegó nuestra segunda hija, pensé que podría manejarlo porque ya había sobrevivido al posparto con nuestro primer hijo, pero me equivoqué.
Cuando regresamos del hospital con nuestra hija, la lactancia se convirtió en una de nuestras mayores dificultades. A pesar de que tres consultoras de lactancia distintas me aseguraron que no encontraban ningún problema, ella me lastimaba la piel y me hacía sangrar cada vez que comía. Además, nosotras dos teníamos candidiasis y probamos todos los remedios y antibióticos posibles para intentar curarnos. Todavía recuerdo aquella sensación ardiente que parecía correr por mis venas. Y, para colmo, era una bebé con muchos cólicos. Cuando por fin se dormía, podía hacerlo durante largos periodos, pero lograr que llegara a ese punto era una pesadilla. Lloraba la mayor parte del tiempo en que estaba despierta.
Cada mañana yo también terminaba llorando, convencida de que no lograríamos sobrevivir otro día. Con todos nuestros problemas para alimentarla, era imposible salir de casa y yo tenía muchísimo dolor. Cuando mi hija tenía apenas unas semanas, alguien nos regaló un conjunto para una bebé de seis meses. Le di las gracias cortésmente, pero no podía imaginar que llegaría a vivir hasta el día en que ella pudiera ponérselo.
Gracias a Dios, volví a consultar una vez más a una especialista en lactancia, quien sugirió que quizá tenía un frenillo en el labio superior. Después de un sencillo procedimiento con láser, comenzó a alimentarse mejor y a llorar menos, lo que indicaba que el mal agarre probablemente le estaba causando gases e irritabilidad. A mí todavía me quedaba un largo camino de recuperación, pero en medio de aquella época oscura hubo un punto de luz: su bautismo.
Luz de la fe
El sábado después de Navidad, poco más de un mes después de su nacimiento, estábamos en la iglesia renovando nuestras promesas bautismales y encendiendo su vela bautismal. Yo llevaba una dieta estricta contra la cándida por la infección, apenas comía y me daba miedo salir de casa sin todo lo necesario para amamantarla o controlar el dolor, pero sabía que mi deber más importante como madre era llevarla a bautizar.
En el momento en que derramaron el agua sobre su cabeza, escuché al Señor decirme en el corazón: “Hay una razón por la que nació. Tengo un plan especial para ella”.
Esas palabras atravesaron mi alma deprimida y, por primera vez desde que nació mi hija, sentí esperanza. Después de todo, Lily sí llegaría a usar aquel conjunto de seis meses.
Milagro del bautismo
Cuando miro hacia atrás a aquella época, hace 13 años, veo que su bautismo verdaderamente fue un punto de inflexión para nosotras dos, porque la gracia de los sacramentos es real, verdadera y eficaz. Derramar el agua y ungir con óleo no son simplemente gestos bonitos, sino que producen un cambio verdadero.
Ese día, el pecado original de Lily fue borrado y su alma quedó colmada por la presencia del Espíritu de Dios que vino a habitar en ella. La abundancia de la gracia y la renovación de mi propio bautismo también estaban operando en mí. Necesitaba esa fortaleza interior para continuar sanando, un camino que escribo en mi libro Baby and Beyond: Overcoming Those Post-Childbirth Woes, publicado en inglés por Sophia Institute Press.
El Evangelio de Juan lo deja claro: “En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3, 5). El bautismo nos incorpora a la familia de Dios y nos pone en camino hacia nuestro hogar celestial. Como madre, ¡este es el acto más importante que puedo realizar para mis hijos!
No esperen el momento perfecto, ni a sentirse seguros de su capacidad como padres, ni a que determinadas personas estén presentes. No se trata de la fiesta ni de las fotografías. El bautismo es algo que no puede captarse en una foto: un cambio en el alma, la pertenencia a Cristo, una efusión del Espíritu de Dios.
Mis hijos también son hijos de Dios
Aunque no escuché palabras del Señor durante el bautismo de ninguno de mis otros hijos, el sacramento deja una marca indeleble, es decir, permanente e imperceptible, y puedo confiar en que está obrando sutilmente en los niveles espirituales más profundos del alma.
Por ejemplo, cuando nuestro hijo menor tuvo un accidente siendo pequeño y yo iba de camino al hospital suplicándole a Dios por su vida, le rogué: “Por favor, Dios, ¡es mi hijo! Por favor, no permitas que le pase nada a mi hijo”. Y en mi corazón, mientras iba en el auto, escuché: “También es mi hijo”. Mi hijo es hijo de Dios porque fue bautizado e incorporado a la familia de Cristo, creado por Dios y amado por él en cada instante. Y comprendí que, pasara lo que pasara, cualquiera que fuera el resultado, Dios lo amaba más que yo. Por medio de lo que se sintió como una unción milagrosa, nuestro hijo está completamente bien, y todos los días doy gracias a Dios por su intervención mediante el santo óleo que salva, sana y nos envía a la misión.
Algunas personas piensan que deberían esperar a bautizar a su hijo hasta que tenga la edad suficiente para tomar esa decisión por sí mismo. En la Iglesia católica, ¡se nos enseña a bautizar a nuestros hijos lo antes posible! Ellos pueden crecer y decidir si quieren orar, seguir a Dios y permanecer en la Iglesia, pero ¿qué clase de madre sería yo si les negara la misma vida divina de Dios al entrar en sus almas? Los alimento con leche y los arrullo para que se duerman, ¿por qué habría de negarles el alimento de la gracia? Les di la vida y los traje a este mundo, ¿no debería también darles una vida orientada hacia la bienaventurada vida eterna del cielo?
Incluso cuando me encontraba en el momento más oscuro, luchando contra la depresión posparto y toda una serie de dificultades físicas y mentales, sabía que el bautismo no era negociable, pero no tenía idea de cuánto me pondría en un camino hacia una sanación más profunda, física, mental y espiritual.
Por eso ahora, cada 29 de diciembre, cuando encendemos la vela bautismal de Lily y renovamos nuestras promesas a Dios, recuerdo aquella mañana en que el amor y la luz atravesaron mi oscuridad y me mostraron que el bautismo era más poderoso que mi depresión posparto.





