Antes de elegir universidad, pregúntale a Dios
- Mary Beth Bonacci

- hace 55 minutos
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Una universidad puede formar mucho más que una carrera profesional: puede transformar la fe, las amistades y toda una vida.

Yo había dejado la universidad. Tenía 20 años. Trabajaba para una compañía petrolera. Salía con un ejecutivo. Disfrutaba de almuerzos con martinis en los antiguos clubes de petroleros. Era como una versión de la serie Mad Men y me encantaba.
Solo había un problema. Mi trabajo consistía en ser una especie de “fax humano”. En aquellos tiempos, antes del fax, caminaba de un lado a otro por las calles del centro de Denver entregando documentos. Sin un título universitario, no tenía ninguna posibilidad de avanzar profesionalmente. Así que lo único que quería era terminar la carrera lo más rápido posible. Un colegio universitario comunitario, cursos por correspondencia, lo que fuera.
Un hermoso día de julio, después del trabajo, estaba hablando con una amiga en la parada del autobús, lamentándome por mis perspectivas profesionales.
“Y escucha esto”, añadí. “Mi papá quiere que vaya a una escuela en San Francisco”.
“¿En serio? ¡Qué padre! San Francisco está increíble”.
Eso me tomó por sorpresa. Porque, como la idea había sido de mi papá, yo naturalmente había dado por hecho que era una tontería.
Llegó mi autobús y me subí. Y durante ese trayecto, Dios me habló con mucha más claridad de la que me había hablado antes o después.
“Te vas a ir a San Francisco”.
No fue una voz audible, pero sí absolutamente inconfundible. Y definitivo. No fue: “Tal vez” o “empieza a discernirlo”. No. “Te vas”.
Mientras caminaba desde la parada del autobús a mi casa, miraba las hermosas Montañas Rocosas, agitaba el brazo y decía: “Basta. Me encanta vivir aquí. No quiero mudarme a California”.
Y me reía. Porque sabía que me iba a mudar a California.
Seis semanas después, llené mi carro y manejé hasta la costa oeste. Ni siquiera estoy segura de que para entonces ya me hayan aceptado en la escuela. Pero, bueno, no se atreverían a rechazarme. Dios me había enviado.
El programa “tonto” era el instituto St. Ignatius de la Universidad de San Francisco, fundado por el padre Joseph Fessio y otros en la década de 1970. Era un programa de grandes obras clásicas integrado a los requisitos de educación general de la universidad. Así que podíamos cursar las materias de nuestra carrera dentro del plan regular de la universidad, mientras que el resto de nuestras clases se impartían a través del instituto. Esas clases recorrían la historia cronológicamente, comenzando con el Antiguo Testamento y los antiguos griegos, y leíamos únicamente las obras originales, los clásicos de la civilización occidental. Nada de libros de texto. Y el programa, aunque examinaba críticamente todas las religiones, filosofías e ideas, también era fiel y abiertamente católico.
Yo ya había conseguido que mis papás aceptaran que, si el instituto o sus estudiantes resultaban ser “tontos”, lo dejaría y terminaría mi carrera como una estudiante universitaria normal.
No fue así.
Terminé enamorándome de los clásicos. Lejos de ser aburridos, como yo esperaba, descubrí que aquellos textos antiguos tenían mucho que decir a una joven de finales del siglo XX, mucho que yo quería escuchar.
Y mis compañeros, lejos de ser “tontos”, me ofrecieron un nivel de amistad que nunca antes había experimentado. Nuestra fe compartida nos daba una base. Y nuestro gusto por divertirnos nos brindó una experiencia universitaria increíble.
Hay un recuerdo que sobresale. Estábamos en un viaje del instituto a Yosemite. Varios estábamos dentro de una tienda de campaña, jugando a un juego de beber. (Les dije que no eran aburridos). Alguien nos informó de que el hijo del director se había extraviado en Half Dome. Todos guardaron las cervezas y sacaron sus rosarios.
Y pensé: “He encontrado a mi gente”.
Durante mi último año, el instituto patrocinó una serie de conferencias sobre la teología del cuerpo. En aquel entonces, prácticamente nadie había oído hablar de ella. Esa serie cambió el rumbo de mi vida, pues me convertí en una de las primeras conferencistas en llevar el hermoso mensaje del santo padre fuera de los círculos académicos y acercarlo a “la gente de las bancas”. Nada de lo que he hecho en los 40 años siguientes habría sucedido si no hubiera asistido al instituto.
Todo sucedió porque Dios me habló en un autobús.
Pero eso no fue todo. Mi fe creció. Mi intelecto creció. Aprendí a pensar críticamente. Pero para mí, uno de los regalos más importantes que me dio el instituto fue tener a mis maravillosos y queridos amigos.
Cuando estaba en Colorado State University, alguien me dijo que los amigos de la universidad son amigos para toda la vida. Y yo miré a mi alrededor y pensé: “¿En serio?”. Me caían bien. Pero simplemente no veía eso de “para toda la vida”.
Pero ahora estoy en un avión, rumbo a San Francisco para una reunión del instituto St. Ignatius de todas las generaciones. Y no podría estar más emocionada. Muchas de esas personas siguen siendo mis amigos más cercanos. A otros quizá no los he visto en 20 o 30 años, pero todavía los considero amigos íntimos y los mayores regalos que Dios me ha dado.
¿Por qué les cuento todo esto? Bueno, primero, porque creo que es una buena historia. Pero también sé que está comenzando un nuevo ciclo escolar y que muchos estudiantes de último año de preparatoria están buscando universidades.
Y quiero recordarles que la universidad que elijan sus hijos, nietos, sobrinos, ahijados, etc., importa. Puede cambiar por completo el rumbo de sus vidas. Fui llamada de manera muy específica y clara a un lugar. Lamentablemente, esa opción ya no existe para ustedes. El instituto tuvo una trayectoria extraordinaria de 25 años. Pero un programa fielmente católico dentro de un campus católico, solo de nombre, tarde o temprano termina por desaparecer. Aunque actualmente existe en la Universidad de San Francisco un programa con el mismo nombre, no es el mismo.
Aun así, hoy existen muchas más opciones para los católicos que en mis tiempos. Franciscan University of Steubenville, Thomas Aquinas College, University of Dallas, Christendom College, Ave Maria University, University of Mary, y la lista continúa. O quizá el estudiante de su familia esté siendo llamado a un lugar completamente diferente. Dios puede tener sus razones para llamarnos a toda clase de lugares.
La clave es descubrirlo.
Es muy importante que la decisión sobre la universidad se tome en oración, para que Dios, que nos ama y ve el futuro, pueda guiarnos.
“Pero mi hijo no va a rezar”. Sí, lo sé. ¿Creen que yo estaba rezando? Estaba demasiado ocupada tomando martinis en el Petroleum Club. Pero mi papá sí estaba rezando. Y con delicadeza, pero con perseverancia, siguió haciéndome aquella sugerencia “sosa”, una y otra vez, a pesar de mi absoluta falta de interés.
Y Dios se encargó del resto.








