"Él te dominará": comprender impacto de la caída de Adán y Eva en el matrimonio
- Mary Beth Bonacci

- hace 5 horas
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Lo que Génesis realmente enseña sobre el pecado, el poder y el matrimonio.

“Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará”. Génesis 3,16
Pienso en todos los aspectos hermosos del relato del Génesis sobre el paraíso y quizá el que más envidio es la relación perfecta entre el hombre y la mujer. (Aunque, bueno, caminar con Dios a la hora de la brisa de la tarde también suena bastante bien). Hemos hablado de cómo Dios los creó específicamente el uno para el otro y de cómo la masculinidad de Adán complementaba perfectamente la feminidad de Eva. Y de cómo el amor entre ellos era perfecto. Estaban “desnudos, sin avergonzarse”, completamente transparentes el uno para el otro. Cada uno quería siempre y en todo momento lo que era absolutamente mejor para el otro.
¿Te imaginas cómo serían nuestros matrimonios si estos dos no lo hubieran echado todo a perder? Amor perfecto. Ningún desacuerdo. Ningún aburrimiento. Ningún sentimiento herido. Ningún enojo silencioso. Ningún rechazo. Ninguna conversación larga en la que se habla sin escucharse, preguntándose cómo otro ser humano puede ver las cosas de una manera tan distinta. Ninguna posibilidad de traición, en ningún nivel. Solo confianza total y entrega total entre el uno y el otro.
Sería increíble.
Pero, por desgracia, sí lo arruinaron. De hecho, arruinarlo fue lo primero que hicieron al pecar. La serpiente engañó a Eva para que comiera del fruto. Pero ¿intervino Adán? ¿La protegió en ese momento de debilidad? No. Simplemente dio una gran mordida él también. Y luego, cuando Dios los confrontó, Adán le echó la culpa a Eva.
“La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí”. (Génesis 3,13)
Hasta ahí llegó el amor perfecto.
La vez pasada hablamos de cómo, en el pecado, Adán y Eva descubrieron por primera vez que, si no se preocupaban tanto por el otro, podían obtener más para sí mismos. Descubrieron la “lujuria”, que, en el sentido más profundo de la palabra, significa dejar de ver al otro como una imagen preciosa de Dios que debe ser honrada y protegida, para verlo como una mercancía, una “cosa” que puede usarse para mis propios fines personales.
Retomemos la historia cuando Dios les explica a Adán y Eva las consecuencias de su decisión. Adán aprende que la vida ya no va a ser tan sencilla: “Comerás el pan con el sudor de tu rostro, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque res polvo y al polvo tornarás”. (Génesis 3, 19).
El paraíso se terminó.
Luego viene el mensaje para Eva. Primero, Dios le dice que ahora el parto va a doler, y mucho. Al parecer, el parto sin dolor es otro de esos pequeños beneficios que perdimos. Después dice: “Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará”. (Génesis 3,16).
Creo que aquí hay un mensaje muy claro que vale la pena señalar desde el principio. Contrario a algunas ideas a medias de quienes leen la Escritura de forma selectiva, Dios deja claro que cualquier tendencia del hombre a imponerse a la mujer es, en realidad, consecuencia del pecado. No está avalada por él ni, mucho menos, es un mandato bíblico.
Lo que sí es un mandato bíblico es: “ámense unos a otros”. Punto.
Pero aquí Dios dice que amar será más difícil porque habrá una ruptura entre el hombre y la mujer. Una ruptura grande, enorme, abismal.
La vez pasada hablamos, en términos generales, de cómo Adán y Eva descubrieron que, en lugar de amar, podían usar. Esta vez quiero hablar del impacto específico que eso tiene en la relación entre hombres y mujeres.
La naturaleza masculina y femenina no cambió con la Caída. Seguimos teniendo las mismas fortalezas y dones que Dios nos dio desde el principio. Pero con el pecado, Adán y Eva se dieron cuenta de que, en lugar de poner esos dones al servicio del otro, podían convertirlos en armas. Los hombres, en lugar de usar su fuerza para proteger a las mujeres, podían usarla contra ellas. Y las mujeres, en lugar de usar sus habilidades relacionales para fortalecer sus vínculos, podían torcerlas hacia la manipulación. Y, por supuesto, también al revés.
No todo es malicia. Creo que, en muchos sentidos, el pecado simplemente nos ciega ante nuestras diferencias. Damos por hecho que el otro seguramente ve las cosas como nosotros y, por eso, llevamos miles de años hablándonos sin realmente escucharnos.
Pero hay más. San Juan Pablo II creía, y yo también lo creo, que aquí hay un fuerte elemento sobrenatural. El relato de la serpiente que ataca a Adán y Eva en el corazón mismo de su relación demuestra algo muy claro: Satanás odia el amor entre el hombre y la mujer. Lo odia. Esa relación es el corazón de la familia, que es el corazón de la sociedad. Al romper la hermosa armonía de la relación original entre el hombre y la mujer, puede desestabilizar la familia y, con ello, toda nuestra cultura. Esta fue su primera oportunidad de atacarla y no ha dejado de hacerlo desde entonces.
No tenemos que buscar muy lejos para verlo. Ahí está, por ejemplo, la tasa de divorcio. Y la industria multimillonaria de “el matrimonio es difícil™”, donde libros, podcasts y terapeutas nos enseñan a navegar por las relaciones como si hombres y mujeres vinieran de planetas distintos. ¿Y cuántos episodios de Dateline has visto en los que el sospechoso no sea el cónyuge?
A pesar de todo, no todo está perdido. San Juan Pablo II es claro al afirmar que la entrada del pecado en el mundo no destruyó por completo nuestra capacidad de amar. Más bien, decía que el corazón se convirtió en un “campo de batalla” entre el amor y la lujuria. Queremos amar y somos capaces de amar, pero la tentación del egoísmo puede tomar fácilmente la delantera.
Veo muchos matrimonios felices. Pero todos esos esposos reconocen que requiere trabajo. Y que, sin ese trabajo, los lobos siempre están a la puerta. Por eso es tan, tan importante proteger este gran don.
Necesitamos amar, sin duda. Pero para hacerlo bien, también necesitamos la ayuda de un poder superior: el Espíritu Santo, para que nuestro amor no avance solo con nuestras fuerzas limitadas. Necesitamos pedir esa gracia todos los días.
Y, sobre todo, necesitamos orar por la protección, por todas nuestras relaciones, claro, pero especialmente por nuestros matrimonios. Si la amenaza es, al menos en algún nivel, sobrenatural, entonces el remedio también tiene que serlo. Necesitamos pedir protección divina con regularidad.
San Miguel sería una muy buena opción para hablar de eso. O san Rafael. Alguno de esos arcángeles grandes y fortachones.








