Un equipo bajo Dios: hermano religioso entrena futbol americano en la preparatoria Mullen de Denver
- Escritor Invitado

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Este hombre está formando jóvenes a través de la fe, la disciplina y las luces de los viernes por la noche en una escuela preparatoria católica de Denver.

Por Ryan Brady
Los viernes por la noche, en la preparatoria Mullen de Denver, bajo las luces del estadio, no es raro ver a una sotana negra caminando por la banda, provocando que algunos padres de los equipos contrarios volteen dos veces. Jugadores de escuelas públicas se acercan después del partido para hacer preguntas. Pero para los estudiantes de primer año de Mullen, el hermano Andrew Brebeuf se ha vuelto una presencia familiar: maestro de teología, entrenador de fútbol americano y padre espiritual.
“Estoy aquí para formar a jóvenes en hombres y enseñarles cuál es la diferencia entre ser un muchacho y ser un hombre”, dijo.
Andrew, de 30 años, creció en Ohio como atleta. Jugaba como tackle izquierdo y en defensa, y soñaba con algún día ser entrenador. Asistió a la Universidad Estatal de Ohio, “principalmente porque me encanta su equipo de fútbol americano”, y comenzó estudiando ingeniería antes de cambiarse a filosofía, a medida que su fe se profundizaba. Durante una hora santa en la universidad, sintió que el Señor le hacía una pregunta directa: “¿Y si me entregaras toda tu vida?”. Al principio, admitió, tuvo miedo.
“Pero mientras más lo pensaba, lógicamente no podía discutirlo. Me sentía cada vez más feliz”, recordó.
Antes de entrar en la vida religiosa, pero aun buscando un propósito más profundo, se alistó en el ejército y sirvió durante seis años como ingeniero de combate.
“Pensé que el ejército podría [satisfacer mi corazón], porque sería algo muy significativo: servir a los demás y vivir por algo más grande que uno mismo. Pero aun así no fue suficiente”, dijo.
Esa experiencia lo llevó finalmente a discernir el sacerdocio “como una forma de entregar mi vida por los demás”. La estructura, la disciplina y la mentalidad de trabajo en equipo del ejército lo prepararon bien para la vida religiosa.
“El ejército es muy parecido a la vida religiosa”, explicó. “Eres parte de un equipo y no se trata de ti. Mientras tu equipo obtenga la victoria, eso es lo que importa”.
Ahora, como miembro de los Siervos de Cristo Jesús, una comunidad joven con sede en Denver inspirada en la espiritualidad de san Ignacio de Loyola, Andrew está en formación para el sacerdocio. Como parte de ese proceso, la comunidad asigna a sus hermanos a enseñar en preparatorias durante tres años.
“Nuestro superior dice que la meta es llegar a ser padre antes de que nos llamen padre”, explicó. “Porque eso no sucede de la noche a la mañana”.
Enseñar y, sobre todo, entrenar se ha convertido en una preparación para esa paternidad presente y futura.
Aunque en algún momento pensó que quizá no sería posible entrenar como hermano religioso, una conversación inesperada con el entrenador principal de Mullen le abrió la puerta. Lo que siguió ha sido, en sus propias palabras, “una de las cosas favoritas que he hecho en mi vida”. Sin embargo, tiene claras sus prioridades.
“Si ganamos todos los partidos este año, pero ustedes no se convierten en mejores hombres, entonces yo fallé como entrenador”, les dijo a sus jugadores. “Ese no es mi objetivo este año. Tengo un propósito más grande para sus vidas”.
(Fotos proporcionadas)
Para el hermano Andrew, el fútbol americano no es solo un deporte, sino también un lugar privilegiado de formación. Cree que una de las grandes luchas que enfrentan hoy los jóvenes es la apatía. Citando al papa san Juan Pablo II, habla de una “enfermedad de superficialidad” entre los jóvenes.
“Les cuesta interesarse de verdad por algo”, dijo. “El campo de juego es el único lugar donde un muchacho no tiene apatía. Es el único lugar donde realmente le importa, donde quiere mejorar y está dispuesto a ser exigido más allá de lo que le resulta cómodo”.
Ese deseo de grandeza, afirma, puede purificarse y orientarse correctamente.
“Creo que dos virtudes que los hombres cristianos necesitan son la magnanimidad y la humildad”, explicó. “Necesitamos desear ser grandes y estar dispuestos a hacer lo que sea necesario, aunque sea difícil. Y necesitamos humildad para reconocer que no podemos hacerlo solos y que necesitamos ayuda”.
Esas virtudes pueden enseñarse en el salón de clases, pero, por lo general, deben aprenderse y hacerse vida en el campo.
“Si puedes enseñar eso a los muchachos en el fútbol americano, entonces pueden entenderlo en su fe y desear convertirse en santos cueste lo que cueste, y darse cuenta de que nunca podrán lograrlo por sí solos”, explicó Andrew. “Necesitan la ayuda de los hermanos que están a su alrededor y de los padres, pero también la ayuda sobrenatural de Dios”.
Insiste en que no se puede separar lo natural de lo sobrenatural.
“A veces, en nuestra fe, sobrenaturalizamos tanto las cosas que olvidamos que lo sobrenatural se apoya en lo natural”, señaló.
Sin virtud —disciplina, sacrificio y perseverancia— es difícil sostener una relación duradera con Dios. El fútbol americano ofrece un espacio concreto en el que los jóvenes ven las consecuencias de sus acciones.
“Cuando ven que, me marcaron un penalti tonto porque no pude controlar mis emociones y eso le costó el partido al equipo… entonces empiezo a entender que mis acciones afectan a todos los demás”, dijo. “No se trata de mí. Tengo un impacto mucho mayor en el mundo de lo que me doy cuenta”.
Esas lecciones van mucho más allá del deporte escolar. Andrew recuerda con frecuencia a sus alumnos que han sido creados para ser líderes y que otros los seguirán, para bien o para mal. El peso de esa responsabilidad puede ser fuerte, pero cree que los jóvenes necesitan afrontarla antes de que recaiga plenamente sobre ellos en la adultez.
“Necesitan ver el peso de lo que significa ser hombre”, afirmó.
Al final, el éxito no se mide por becas deportivas ni por campeonatos, sino por el cielo. Invita a sus estudiantes a imaginar que entran en la eternidad y son recibidos por personas agradecidas por su testimonio o, por el contrario, a considerar el costo de haber llevado a otros por el mal camino.
“Nuestras vidas son mucho más grandes que nosotros mismos”, dijo.
En Mullen, esa visión se refuerza con una cultura futbolística enraizada en la oración. El equipo reza antes y después de los entrenamientos y partidos, e incluso suele invitar a los equipos contrarios a unirse en oración en el centro del campo.
“Ellos ven que hay algo más en la vida”, comentó Andrew.
Para algunos padres, la imagen de una sotana en la banda ha sido conmovedora. Una madre le agradeció después de notar cómo consoló a su hijo tras una jugada difícil. Otros han comentado que ver a un hermano religioso entrenar los hace reflexionar sobre su propia fe.
Los momentos más significativos, dijo Andrew, suelen llegar en la derrota o en la dificultad. Tras algunas derrotas al inicio de la temporada, el cuerpo técnico se dio cuenta de que no estaba exigiendo lo suficiente al equipo. Siguieron entonces una mayor disciplina, y muchas repeticiones de ejercicios físicos.
“Algunos me decían entrenador ‘Up-Down’”, comentó entre risas.
Con el tiempo, los jugadores empezaron a pedir que se exigieran más, al ver los frutos de la responsabilidad y el esfuerzo.
“Dios me estaba enseñando a exigir y desafiar a los jóvenes a ser desinteresados y a elevarse por encima de sus propios estándares”, reflexionó.
En todo esto, Andrew ve cómo la paternidad se despliega de maneras inesperadas.
“La paternidad es uno de los mayores dones que Dios da a los hombres, y es un honor sagrado”, afirmó.
Exige tanto compasión como valentía: la disposición a consolar y a corregir. En una cultura marcada por la ausencia del padre, reconoce el privilegio de acompañar a los jóvenes en una etapa decisiva de sus vidas.
“Siempre pienso: ‘¿Qué me hubiera gustado tener cuando tenía 15 años?’ y eso intento darles”, dijo. “Y ojalá que cuando tengan 30 años sean mejores hombres de lo que yo soy. Esa es la meta”.
Si eso sucede, las victorias y las derrotas importarán muy poco.
“Estoy convencido de que seré un mejor sacerdote gracias al fútbol americano”, aseguró. “Si el fútbol americano me hace un mejor sacerdote, bendito sea Dios”.
























