top of page

Anuncio

Image by Simon Berger

Perspective

¿Por qué la Cuaresma? Guía para comprender y vivir sus prácticas centrales

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 8 horas
  • 5 Min. de lectura
Tres hombres. Uno coronado de espinas, otro con vara apunta al torso, y un tercero con barba observa. Fondo oscuro; ambiente solemne.
Ecce Homo (He aquí al hombre) de Caravaggio, c. 1605. (Foto: Dominio público vía Wikimedia Commons)

Por Jared Staudt


Es fácil dar por sentadas las cosas que estamos acostumbrados a hacer. La Cuaresma es una de esas costumbres católicas que regresan cada año conforme el año litúrgico avanza en sus ciclos. Pero si nos detenemos a pensar por qué la practicamos, quizá nos ayude a aprovecharla mejor. Me gustaría explorar el “por qué” de la Cuaresma para ayudarnos a vivir de manera más consciente las prácticas cuaresmales este año.


¿Por qué los cristianos observan la Cuaresma?

La Cuaresma existe para prepararnos para la Pascua, la mayor fiesta cristiana, ayudándonos a estar listos para recibir su gracia y celebrarla con un corazón renovado. La Cuaresma comenzó como un ayuno de varios días para los nuevos conversos y quienes los preparaban, como vemos en uno de los documentos más antiguos de la Iglesia, la Didajé: “Antes del bautismo, que ayune el que bautiza, el que va a ser bautizado y todos los que puedan; al bautizado se le ordenará ayunar uno o dos días antes”.


La Vigilia Pascual era el momento principal del Bautismo, ya que marcaba la verdadera Pascua: el paso de la muerte del pecado a la vida verdadera en Cristo. Como vemos en la cita, se animaba a todos a ayunar junto con los conversos, haciendo de los días previos a la Pascua un tiempo de conversión para todos los cristianos, señalando una renovación de las promesas bautismales.


¿Por qué dura 40 días?

Técnicamente, la Cuaresma dura cuarenta y seis días, con cuarenta días de ayuno, ya que no se ayuna los domingos. A partir de unos pocos días en el siglo I, la Cuaresma se fue ampliando durante los doscientos años siguientes, hasta que, en el siglo IV, llegó a coincidir con los cuarenta días que Jesús ayunó en el desierto después de su Bautismo. En la Iglesia primitiva, los pecados graves requerían largos periodos de penitencia antes de recibir la absolución, y la Cuaresma ofrecía un tiempo importante para que los penitentes abrazaran el ayuno y otras prácticas penitenciales antes de la reconciliación en Pascua. Este periodo penitencial prolongado se extendió a toda la Iglesia como forma de imitar el tiempo que Jesús pasó en el desierto. Tomarse más que solo unos días nos ayuda a romper malos hábitos y a entrar en un ritmo de oración y virtud.


¿Por qué la oración?

Las tres prácticas clave de la Cuaresma son la oración, el ayuno y la limosna. De las tres, la oración es el fundamento, porque la unión con Dios es la meta de la fe cristiana y da vida a todo lo que hacemos. Jesús es nuestro modelo durante la Cuaresma, pues “se retiraba a lugares solitarios para orar” (Lucas 5, 16). Durante los cuarenta días en el desierto, el diablo lo atacó, pero él resistió, arraigado en su relación con el Padre. Para ser como él, nosotros también debemos retirarnos para escuchar la voz del Padre y buscar su voluntad por encima de todo.


En la práctica, esto significa dedicar tiempo cada día de la Cuaresma al silencio, meditar la Sagrada Escritura y acoger la presencia de Dios en la quietud. El desierto simboliza este alejamiento de las distracciones para concentrarnos en la vida del espíritu. Pero como a Jesús, este tiempo será atacado por el enemigo, que provocará distracciones, aburrimiento y sequedad. La batalla de la oración requiere perseverancia para dar fruto y convertirse en una fuente de agua viva en medio del desierto.


¿Por qué el ayuno?

Si Jesús es nuestro modelo, debemos ayunar: “Ayunó cuarenta días y cuarenta noches, y al final sintió hambre” (Mateo 4, 2). Puede parecer obvio señalar que tuvo hambre, pero en las Bienaventuranzas Jesús dice que los que tienen hambre son bienaventurados, porque serán saciados. Él nos enseña a pedir el pan cotidiano, supersustancial, que el Padre nos da desde el cielo. Si dejamos de llenarnos, por un tiempo, con alimentos materiales mediante el ayuno, podemos desarrollar un hambre más profunda por las cosas del espíritu.


A lo largo de su historia, la Cuaresma consistió esencialmente en un ayuno de cuarenta días. Originalmente implicaba ayunar por completo durante el día, aunque en la Edad Media se permitió una colación. No se permitía carne ni productos de origen animal durante los cuarenta y seis días completos.


Hoy podemos retomar la tradición de los cuarenta días de ayuno, privándonos de al menos algo de comida cada día de la Cuaresma, excepto los domingos. Aunque es común dejar de comer algún alimento favorito, un ayuno más real, como saltarse comidas, nos ayudará a recuperar el espíritu original de la Cuaresma y a crecer en el hambre espiritual.


¿Por qué la limosna?

Aunque no vemos a Jesús dando limosna de manera explícita, todo su ministerio consistió en derramar generosamente el tesoro de amor y de misericordia de su Padre. Él nos enseña a orar, ayunar y dar limosna en Mateo 6, haciendo eco de una poderosa enseñanza del libro de Tobit: “Buena es la oración con el ayuno, la limosna y la justicia. … Más vale dar limosna que atesorar oro. Porque la limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado” (Tobías 12, 8-9). La limosna va más allá del diezmo que debemos a la Iglesia, pues implica dar caridad directamente a los pobres y necesitados.


Durante la Cuaresma, buscamos el perdón de Dios y hacemos reparación por nuestros pecados en este tiempo penitencial. Jesús nos da la clave: si deseas misericordia, muestra misericordia a los demás. La oración busca a Dios, pero también lo encontramos en los pobres y necesitados. Por eso unimos la oración y la limosna. Para tener una Cuaresma fructífera, necesitamos comprometernos a dar pasos concretos para ofrecer ayuda económica y otros dones a quienes lo necesitan. Aunque es bueno apoyar con donativos a los ministerios, también es importante encontrar a Cristo de persona a persona entre los pobres.


¿Por qué la lectura espiritual?

Además de los tres pilares de la oración, el ayuno y la limosna, otra práctica tradicional es leer un libro espiritual durante la Cuaresma. San Benito aconsejaba a sus monjes que eligieran un libro de la biblioteca y lo leyeran completo. Un buen libro espiritual puede dar estructura a nuestra oración cuaresmal y convertirse en un retiro enfocado. Dos recomendaciones son La pasión y muerte de Jesucristo, de san Alfonso María de Ligorio, y Healing Wounds, del obispo Erik Varden, que escribió como libro de Cuaresma de Bloomsbury para 2025.


Que tengas una Cuaresma bendecida, un tiempo de renovación para prepararte para recibir de nuevo la gracia de la Resurrección en la Pascua.

 

bottom of page