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Image by Simon Berger

Perspective

La novedad cristiana: ¿qué son la plenitud y la felicidad?

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 22 horas
  • 4 Min. de lectura

Persona en túnica blanca habla a gran multitud en colina. Paisaje árido y cielo azul de fondo. Gente vestida con túnicas observa atenta.
The Sermon of the Beatitudes (1886-96) por James Tissot de la serie The Life of Christ, Brooklyn Museum. (Foto: Dominio público por Wikimedia Commons)

Por el padre José Noriega, D.C.J.M.

Seminario St. John Vianney


La novedad cristiana fue como una chispa que encendió un nuevo fuego, con un resplandor y un calor nunca antes vistos. Ante la gran pregunta del corazón humano, ¿qué es una vida feliz y cómo se alcanza?, el cristianismo ofreció una respuesta que asombró tanto al mundo judío como al griego.


Para los judíos, la vida feliz consistía en vivir en alianza con Dios y el camino eran los mandamientos. Los estoicos afirmaban que una vida feliz era la vida conforme a la razón y que el camino consistía en el dominio que la razón debía ejercer sobre todas las dimensiones de la vida, incluidas las pasiones. Los aristotélicos, por su parte, proponían que una vida feliz era la contemplación de la verdad y que el camino para alcanzarla era la vida virtuosa.


Grandes ideales… Pero ¿cómo vivirlos si nuestras fuerzas son solamente humanas y, por lo tanto, limitadas y frágiles? El cristianismo volvió a centrar la perspectiva. Las primeras palabras con las que el Señor inició su vida pública resonaron como trueno en un cielo despejado: “Bienaventurados, felices… porque de ellos es el Reino de los Cielos”.


Los llamados bienaventurados y felices no eran los fieles del judaísmo, ni los héroes del estoicismo, ni los virtuosos de la academia, superhombres de la ley y de las virtudes, sino los pobres, los mansos, los que lloran y los que tienen hambre. El contraste era claro. Una vida feliz no es fruto de nuestro esfuerzo, sino un don de Dios. Bienaventurado es quien acoge con asombro el amor de Dios.


La alianza ahora toma forma concreta, la amistad con Cristo. Los mandamientos serán siempre respuesta a su amor. Vivir según la razón pasa a ser vivir desde el amor recibido. El dominio de las pasiones se transforma en amar al prójimo también dentro de ellas. La contemplación de la verdad se vuelve contemplación del amor de Dios. Y la vida virtuosa se convierte en el despliegue del amor que hemos recibido.


El cristianismo dio primacía al amor antes que a los mandamientos, a la razón o a la vida virtuosa. No negó su valor, los devolvió a su lugar propio como respuesta al amor que recibimos primero. Ese amor arrojó una luz nueva sobre qué es una vida feliz y cómo se vive. Significaba dejarse amar por Dios y permitir que su amor dé fruto en nosotros.


San Pablo vivió esto con profundo asombro: “Me amó y se entregó por sí mismo por mí” (Gálatas 2, 20). Ahí estaba la fuente de su nueva vida y de su actividad desbordante. Desde su camino hacia Damasco, solo pudo entender su existencia como respuesta a ese amor.


Siglos después, san Agustín vivió algo semejante a lo que había experimentado san Pablo. Se dejó sorprender por la gracia y en ella encontró la fuerza para vivir las bienaventuranzas.


Un contemporáneo suyo, un monje de carácter severo llamado Pelagio, situaba el origen no en la gracia, sino en capacidades que Dios nos dio al crearnos. Agustín lo confrontó: “¿Por qué me muestras el ideal y no aquello que me permite vivirlo?”. Sin el amor de Dios, ningún ideal es posible. Así afirmó para los siglos venideros la primacía de la gracia y del amor. Incluso las virtudes no serían sino estrategias del amor, sus expresiones concretas en las diversas dimensiones de la vida.


Santo Tomás de Aquino expresó esta verdad con sabiduría. Colocó la caridad, el amor a Dios, como madre en cuyo seno nacen las virtudes y como forma que imprime su grandeza en nuestro corazón. Al recibir el amor de Dios por el Espíritu Santo, ese amor regenera nuestro corazón, nos concede una nueva luz sobre la grandeza de nuestra vida y nos da una nueva fuerza para vivirla.


Una vida feliz es ahora vivir en amistad con Dios, llegar a ser como él y ser transformados en Cristo. El amor de Dios precede y engendra nuestra razón y nuestras virtudes, las ilumina desde dentro y las configura como verdaderas excelencias humanas. Y esto no se nos da como un ideal que debemos alcanzar, sino como un don inicial de Dios que forma nuestra libertad y nuestra razón, haciéndolas capaces de florecer.


Hoy enfrentamos nuevos desafíos. ¿Qué es una vida feliz? ¿Una vida de éxito profesional? ¿Una vida guiada por los sentimientos? ¿Una vida de pura determinación? ¿Solo eso?


En este panorama, la novedad del cristianismo sigue brillando con luz nueva. Una vida feliz consiste en llevar a plenitud lo que Dios ha comenzado en nosotros, en permitir que el amor recibido florezca. Así, nuestra libertad, nuestros afectos y nuestra razón pueden llegar a un amor pleno y unificado. Entonces podremos realizar acciones que nos hagan florecer como hijos de Dios y como hermanos entre nosotros, construyendo una sociedad verdaderamente humana en la que Dios esté presente.

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