top of page

Anuncio

Image by Simon Berger

Perspective

Un abrazo, un beso, una traición: una reflexión artística de la Pasión

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 3 horas
  • 4 Min. de lectura
Personas en túnicas coloridas rodean a un hombre con aureola, sosteniendo antorchas y lanzas bajo un cielo oscuro, ambiente tenso.
El beso de Judás por Giotto, c. 1304–1306. Scrovegni Chapel, Padua, Italia. (Foto: Dominio público via Wikimedia Commons)

Por Elizabeth Zelasko


“Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado”. Hebreos 4, 15

El consuelo de un abrazo familiar. La cercanía de quedar envuelto en el manto de otro. El afecto silencioso de estar lo suficientemente cerca como para compartir un beso. En el fresco de Giotto, Judas no solo traiciona a Jesús con un beso, sino que lo atrae hacia sí, envolviéndolo por completo en sus vestiduras. Jesús fija su mirada directamente en los ojos de Judas Iscariote. Su mirada es profunda y penetrante, no marcada por una angustia, una confusión o un enojo evidentes, sino por una mezcla profunda de amor y dolor. En cambio, Judas mira por encima de la cabeza de Cristo, incapaz de sostenerle la mirada. Por su puesto que no puede.


Este gesto en la obra de Giotto es intencional, incluso inspirado. Muchos místicos han reflexionado que el hecho de que Judas traicionara a Cristo con la intimidad de un beso le causó a Jesús más dolor que cualquiera de las heridas físicas que después habría de soportar. A mí esto me parece cierto: preferiría sufrir una pierna rota, o incluso el pecho lleno de costillas fracturadas, antes que un corazón roto.


Este momento de la Pasión de Cristo fue tan conmovedor que inspiró a san Juan Crisóstomo a componer una oración para rezarse antes de recibir a Jesús en la Eucaristía.


¡Oh Señor!, yo creo y profeso que tú eres el Cristo Verdadero, el Hijo de Dios vivo que vino a este mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Acéptame como participante de tu Cena Mística, ¡oh Hijo de Dios! No revelaré tu Misterio a tus enemigos, ni te daré un beso como lo hizo Judas, sino que, como el buen ladrón, te reconozco. Recuérdame, ¡Oh Señor!, cuando llegues a tu Reino. Recuérdame, ¡oh Maestro!, cuando llegues a tu Reino. Recuérdame, ¡oh Santo!, cuando llegues a tu Reino. Que mi participación en tus Santos Misterios, ¡oh Señor! no sea para mi juicio o condenación, sino para sanar mi alma y mi cuerpo. ¡Oh Señor!, yo también creo y profeso que lo que estoy a punto de recibir es verdaderamente tu Preciosísimo Cuerpo y tu Sangre Vivificante, los cuales ruego que me hagas digno de recibir, para la remisión de todos mis pecados y la vida eterna. Amén. ¡Oh Dios!, se misericordioso conmigo, pecador. ¡Oh Dios!, límpiame de mis pecados y ten misericordia de mí. ¡Oh Dios!, perdóname, porque he pecado incontables veces.

“Ni te daré un beso como Judas…”. Señor, por favor, que nunca te demos el beso de Judas, ni de frente ni de espaldas. Ni con nuestras palabras, ni con nuestros amores, ni con nuestras acciones, ni con nuestros bienes. Que solo a ti te llamemos, Señor, y que lo sintamos de verdad.


Recientemente me enteré de que, cuando los discípulos preguntaron: “Señor, ¿soy yo el que te va a traicionar?”, cada uno de ellos, por turno, se dirigió a Jesús llamándolo “Señor”. Judas preguntó: “Rabí, ¿soy yo?”. Maestro, no Señor. Después de tanto tiempo caminando con Jesús, ¿cómo pudo no haber conocido de verdad quién era Jesús? Que nosotros, que tenemos ojos para ver y oídos para oír, lleguemos a conocer quién es realmente Jesús mientras caminamos con él.


La otra herida que Giotto pone ante nosotros en esta imagen es la de Pedro, quien le corta la oreja al soldado. Probablemente apuntaba a la cabeza del hombre, pero en el caos y el apuro de la multitud, falló. Gracias a Dios. Jesús sanó de inmediato la oreja del hombre y reprendió a Pedro por ese acto de violencia. Esta curación, ocurrida en medio de la confusión del momento, nos revela la naturaleza de Cristo: está lleno de misericordia, autoridad y compasión, aun ante una agresión descarada. Nos muestra cómo Jesús soportará cada paso de la Pasión que tiene por delante, aceptando cada prueba con obediencia a la voluntad del Padre. Jesús pasó tres años viviendo su ministerio público, confiando en el plan del Padre, y así es exactamente como beberá del cáliz de su Pasión que se acerca.


La curación de la oreja también apunta al poder transformador de la misericordia sobre la violencia, mostrando que la misión de Cristo no se realiza por la fuerza ni por la represalia, sino por la reconciliación y el amor. En este momento, Jesús nos muestra el equilibrio perfecto entre la autoridad y la humildad, demostrando que la verdadera fortaleza no está en la espada, sino en el perdón. Incluso en medio de la traición, el miedo y el sufrimiento inminente, Jesús nos enseña cómo responder.


El consuelo para todos nuestros dolores, tanto físicos como emocionales, se encuentra en el rostro de Jesús.


En un momento muy humano de mi vida, le dije a Jesús que anhelaba que las personas me pidieran perdón por el daño que me habían causado. Así como reprendió a Pedro por su violencia, Jesús se volvió hacia mí con amor y atención absolutos y habló a mi corazón, diciéndome: “Mira mi rostro herido; yo te he pedido perdón por todo el dolor que te han causado y que te causarán”.


Si tú también te encuentras herido, o mejor dicho, cuando te encuentres herido, te invito a hacer lo mismo. Es el único consuelo que de verdad he encontrado o sentido por los daños que me han hecho. En ese momento, pude alejarme de la herida, con la oreja ya sanada, llamándolo una vez más no solo Maestro, sino Señor.


En este Triduo Pascual, abraza a Jesús y dale un beso en su santo rostro, como un verdadero discípulo.

bottom of page