Misterio Pascual: nuestro éxodo de la muerte a la vida
- Escritor Invitado
- hace 2 días
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Por Jared Staudt
¿Te sientes estancado en la vida espiritual, como si algo te estuviera frenando? ¿La Cuaresma no logró producir en ti una conversión más profunda?
La Semana Santa, como culminación de la Cuaresma, busca resolver esas tensiones pendientes al celebrar el Misterio Pascual, la nueva Pascua inaugurada por Jesús. Se trata de experimentar la liberación, la libertad que proviene de ser salvados de las fuerzas mortales que no podemos controlar. Solo hace falta la muerte.
Así como el ángel de la muerte pasó de largo por las casas de los israelitas, que tenían la sangre del cordero pascual untada en el dintel de la puerta y en sus postes, así también la sangre del nuevo Cordero Pascual, Jesús mismo, nos salva de la muerte eterna. Instituir una nueva Pascua implica que también hay un nuevo Éxodo. En la Transfiguración, Lucas describe la subida de Jesús a Jerusalén para vivir su Pasión y Muerte como su “Éxodo”: “Entonces pudo verse a dos hombres que conversaban con él. Eran Moisés y Elías, que aparecían en gloria y hablaban de su partida (éxodo), que iba a tener lugar en Jerusalén (Lucas 9, 30-31). Su entrega a la muerte se convirtió en la fuente de nuestra libertad, haciéndonos capaces de entrar en su vida nueva.
La primera Pascua se celebraba cada año para renovar la memoria de la liberación de la esclavitud en Egipto, de modo que cada generación pudiera experimentar, como si fuera de nuevo, la salvación que Dios había dado a Israel. Por eso también nosotros practicamos cuarenta días de ayuno cada Cuaresma y recordamos la Resurrección en un día particular cada año, prolongado como una octava, así como la Pascua iba seguida de la fiesta de los panes sin levadura. Es una invitación a entrar en el don de la salvación. Aunque su gracia también nos llega en cada Misa, donde la muerte y la resurrección de Jesús se hacen presentes, la conmemoración anual representa la realidad histórica del momento del nuevo Éxodo, llamándonos a dejar atrás la mundanidad para entrar en el Reino de Dios.
No podemos dar por sentado este don, o simplemente pasará de largo —una especie de “Pascua negativa” por descuidar la gracia. El ayuno de Jesús en el desierto nos recuerda especialmente los cuarenta años de peregrinación del pueblo de Israel, como si él estuviera revirtiendo sus efectos. Quienes salieron de Egipto debieron haber entrado de inmediato en la tierra prometida, pero por la dureza de su corazón y su rebeldía, tuvieron que esperar a que muriera la generación adulta del Éxodo. Incluso añoraban volver a su esclavitud, prefiriendo la seguridad básica de lo terrenal antes que el abandono desconcertante de Dios. Es una advertencia que debemos tomar en serio, como dijo san Pablo a los corintios:
“No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros antepasados estuvieron todos bajo la nube y que todos atravesaron el mar, de modo que todos quedaron vinculados a Moisés al ser bautizados en la nube y en el mar. Además, todos comieron el mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no fue del agrado de Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron para que nos sirviera de ejemplo y no codiciemos lo malo, como ellos lo hicieron.” (1 Corintios 10, 1–6).
Nos está diciendo que, incluso si hemos pasado por el agua del bautismo y recibido el alimento y la bebida espirituales de la Eucaristía, no podemos presumir de nuestra salvación si no aceptamos y cooperamos realmente con la gracia de Dios de manera que nos transforme.
Podríamos llegar al final de la Cuaresma sintiéndonos igual, no del todo listos para entrar en el don de la Resurrección como la verdadera tierra prometida. Sin embargo, san Pablo nos dice exactamente lo que necesitamos: “Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Romanos 6, 8). Debemos pasar por la transformación de la muerte a la vida como clave para vivir un éxodo espiritual.
Suena inspirador, pero ¿qué significa en concreto? Jesús realizó su nuevo Éxodo muriendo y resucitando. Para nosotros también se trata de morir a nosotros mismos para que Jesús viva en nosotros. Si no hemos muerto, si seguimos viviendo según nuestro propio yo, nuestros pensamientos y deseos, no podemos vivir según la vida nueva de Cristo.
Mi párroco me animó a leer durante la Cuaresma un libro recién traducido, El coraje de tener miedo, de un dominico del siglo XX, el padre Marie-Dominique Molinié, O.P. Su mensaje sobre el abandono puede ayudarnos a entender por qué podemos sentirnos insatisfechos o incompletos al terminar nuestras prácticas cuaresmales.
“Somos como nadadores”, dice, “que se están hundiendo y luchan desesperadamente por volver a la superficie. Pero precisamente eso es lo que no debemos hacer: debemos hundirnos, debemos dejarnos caer hasta el fondo; solo entonces podremos volver a subir de profundis, desde lo profundo. Nunca descendemos lo suficiente”.
Este pasaje me impactó profundamente y se convirtió en un punto central de mi oración. La enseñanza del padre Molinié sobre la humildad solo intensificó el llamado a dejar de apoyarnos en nosotros mismos y a confiar más en Dios.
“La humildad significa, fundamentalmente, que miramos a Dios antes de mirarnos a nosotros mismos”, escribió, y “mides tu humildad por tu confianza, porque para tener confianza no podemos mirarnos a nosotros mismos, sino simplemente a Dios y a lo que él quiere hacer”.
No nos hemos dejado llevar por Dios, perdiéndonos lo que él haría en nosotros si simplemente se lo permitiéramos.
Cada día es una nueva invitación a entrar en el Éxodo de Jesús. Vivimos en esclavitud en este mundo, y el diablo, como el faraón, quiere mantenernos oprimidos en tareas y ocupaciones que nos distraen de Dios. Nos acostumbramos a este esquema, nos volvemos cómodos y hacemos las paces con el estado de las cosas. Podemos olvidar el llamado radical de Jesús a tomar nuestra cruz cada día y seguirlo. Este acto cotidiano de entrega implica morir a nuestra voluntad en todo lo que encontramos a lo largo del día, permitiendo que todo se convierta en un medio para ofrecernos al Padre, como lo hizo Jesús. El padre Molinié nos explica: “que no servimos para nada”, que debemos “derramar nuestras fuerzas como una libación”, es decir, sin buscar nada a cambio, para dar alegría a Dios, dejando que se consuman en el fuego de Dios. Si nos sentimos como fracasos espirituales, es porque queremos lograr algo por nuestra cuenta. Más bien, entreguémonos como Jesús, dando todo lo que somos y todo lo que hacemos en una caridad que se vacía de sí misma.






