Camino hacia Dios: encontrar, acompañar y evangelizar
- Edgar Mares
- hace 13 horas
- 8 Min. de lectura

¿Alguna vez has reflexionado sobre el impacto en el mundo si, como católicos, siempre estuviéramos listos, atentos y buscando oportunidades para expandir el Reino de Dios? ¿Cómo afectaría esto a aquellos más cercanos a nosotros, a nuestros conocidos y con quienes tenemos encuentros casuales? ¿Cómo cambiarían sus vidas si esto fuera su prioridad?
Al reflexionar sobre estas preguntas, me viene a la mente la parábola del siervo astuto en el Evangelio de Lucas. Nuestro Señor concluye esta parábola diciendo: “pues los hijos de este mundo son más astutos con las cosas de este mundo que los hijos de la luz”, o, en otra traducción, “los hijos de este siglo son más astutos en las relaciones con sus semejantes que los hijos de la luz” (Lucas 16, 8). Imagínate: ¿cómo cambiaría el mundo si, como hijos de la luz, fuéramos más “astutos” en nuestras relaciones?
Exploremos algunos aspectos simples sobre cómo ser más intencionales en nuestras relaciones para evangelizar y llevar más almas a Cristo.
Llamado universal a la evangelización
Comencemos con dos preguntas comunes que pueden surgir al reflexionar sobre la evangelización: ¿quién está llamado a evangelizar? ¿qué es exactamente la evangelización? En cuanto a la primera pregunta, como bautizados todos estamos llamados a evangelizar, ya que mediante nuestro bautismo nos convertimos en otros cristos y somos enviados en y como el Hijo: “Así como tú me has enviado al mundo, [Padre,] yo también los he enviado al mundo” (Juan 17, 18).
¿Pero para qué fue enviado Jesús al mundo? Lucas nos dice que “el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido” (Lucas 19, 10). Por esta razón, Jesús elige a los doce apóstoles e instituye una Iglesia para continuar su misión de salvación: “Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones… enseñándoles a obedecer todo lo que yo les he mandado” (Mateo 28, 19-20).
En las últimas décadas la Iglesia ha reafirmado esto. En su encíclica Redemptoris Missio, el papa san Juan Pablo II nos dice que “la vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión” (RM 90). En El gozo del evangelio, el papa Francisco lo expresa de la siguiente manera: “Sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea solo receptivo de sus acciones. La Nueva Evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados” (EG 120).
¿Qué es exactamente la evangelización?
Es común que, al escuchar la palabra “evangelización”, nos sintamos incómodos o intimidados, especialmente cuando se refiere al contexto de nuestro llamado universal. Esta reacción se basa en un malentendido acerca de qué significa evangelizar. Muchas veces, al escuchar “evangelización”, entendemos que debemos pararnos en la esquina de una calle principal y predicar como lo haría un protestante. O creemos que tenemos que convencer, o hasta forzar, a los demás a que crean en Jesús y en su Iglesia, especialmente a los más cercanos a nosotros.
Quizás creemos que evangelizar es simplemente apologética y consiste en tener todas las respuestas a las posibles dudas o preguntas que nos hagan acerca de la fe. Pero la evangelización es algo más que esto; es algo más personal e íntimo, algo más simple y que todos podemos hacer.
Viendo la primera carta de Pedro, podemos decir que evangelizar es estar siempre listos y dispuestos “para dar una respuesta a quien les pida cuenta de su esperanza” (1 Pedro 3, 15), o a quienes aún necesitan escuchar sobre la fe en Cristo, que da fruto a esta esperanza.
Mensaje central de la evangelización: el kerigma
Es importante mencionar aquí el kerigma, el mensaje fundamental del evangelio. Los puntos básicos del este son los siguientes:
Hemos sido creados por amor y para una relación filial, íntima y personal con Dios, quien nos ama infinita e incondicionalmente.
Nuestra relación con Dios se rompió a causa del pecado y no había nada que pudiéramos hacer.
Dios Padre envió a su Unigénito para restaurar nuestra relación con él mediante su vida, pasión, muerte y resurrección.
Dios nos invita a cada uno a tomar una decisión sobre la salvación que nos ofrece en Jesús para vivir en una relación personal como discípulos.
El kerigma es el fundamento de la esperanza de la que Pedro nos habla, lo cual nos lleva a un punto muy importante. Si hemos de “dar una respuesta a quien les pida", primero, yo tengo que aceptar personalmente la salvación que Dios me ofrece y tomar la decisión de vivir como discípulo de Jesús. Sin esta decisión, no podremos dar testimonio ni proclamar esta esperanza a los demás.
Una conversión inicial es, entonces, un requisito esencial para evangelizar. Ya que, antes que reglas y doctrinas particulares, la evangelización se centra en una persona: Jesucristo. Si no lo conocemos íntima y personalmente, nada de lo que enseñemos valdrá verdaderamente la pena. El objetivo de la evangelización, entonces, es acompañar y ayudar a otros a conocer a Jesús para que eventualmente den un “sí” a una relación íntima y personal con él.
La evangelización en práctica
Para evangelizar, necesitamos reconocer, en primer lugar, que todo ser humano fue creado para una relación íntima y personal con Dios. En segundo lugar, es de suma importancia identificar dónde se encuentra en su caminar cada persona a la que Dios nos invita a evangelizar. Si no hacemos esto, nuestros esfuerzos no serán muy efectivos. Para saber verdaderamente lo que una persona necesita, es esencial tener claro en qué punto particular se encuentra. Un doctor, por ejemplo, no puede hacer un buen diagnóstico si primero no escucha al paciente y mucho menos podrá recomendar un medicamento apropiado cuando sea necesario. Igualmente, si no hacemos primero un “diagnóstico” de dónde se encuentra la persona, guiado por la gracia del Espíritu Santo, no podremos darle lo que necesita.
Estas son las dos primeras habilidades que necesitamos aprender en el proceso personal de evangelización: escuchar e identificar. El resto del proceso depende en gran medida de estas habilidades.
Recursos
Me gustaría hacer referencia a dos libros que constituyen un gran recurso para profundizar en estas habilidades prácticas y en otras necesarias. El primero es Acompañamiento Intencional: un aprendizaje para la nueva generación de constructores, de Michael Hall. El segundo: Formación de Discípulos Intencionales: el camino para conocer y seguir a Jesús, de Sherry Weddell.
En estos libros también aprendemos sobre los umbrales hacia la conversión: un mapa visual del camino que todos recorremos hacia una conversión inicial, el objetivo principal de la evangelización. Estos umbrales nos ayudan a identificar con mayor precisión dónde se encuentra una persona en su camino. Estos son: confianza, curiosidad, apertura y búsqueda.
Por razones prácticas, en este artículo nos enfocaremos en los dos primeros: la confianza y la curiosidad.

Ver, buscar y aprovechar oportunidades para el Reino
Veamos ahora cómo los umbrales de la confianza y la curiosidad pueden ayudarnos a ver, buscar y aprovechar oportunidades para evangelizar y ayudar a otros en su camino de conversión.
Primer umbral: confianza
El umbral de la confianza es la etapa en la que una persona adquiere o mantiene cierto grado de confianza en Jesús, en la Iglesia o en una persona de fe. Identificar si existe confianza es esencial. Cuando la hay, nuestra meta es fomentarla poco a poco para, eventualmente, ayudar a la persona a cruzar el siguiente umbral de la curiosidad, si aún no lo ha hecho. Si esta no existe, nuestro enfoque será hacer todo lo posible para generarla.
Si las circunstancias lo permiten, la mejor manera de construir confianza es estableciendo una relación genuina con la persona. De otra manera, aún podemos encontrar formas de relacionarnos con ella, buscando intereses comunes, evitando juzgar, afirmando lo positivo de su vida y deleitándonos en otros como personas.
Digamos, por ejemplo, que en nuestro trabajo o en nuestro círculo de amigos conocemos a una persona que es abierta y muestra cierta confianza hacia las personas creyentes, pero que, en realidad, no tiene ningún otro interés en la fe. Viendo aquí una oportunidad, nos esforzamos por establecer una amistad genuina con esta persona. Buscamos intereses comunes, evitamos juzgarla y afirmamos lo bueno de su vida, etc. Si hacemos esto, siempre pidiendo la gracia de Dios, es muy probable que establezcamos una relación de confianza. Eventualmente, esto nos abrirá la puerta para despertar la curiosidad por la fe en esta persona y ayudarla a cruzar al siguiente umbral.
En situaciones en las que no es posible crear una amistad, como al conocer a una persona durante un viaje o en el mercado, por ejemplo, nuestro enfoque será tener un encuentro lo más positivo posible. Trataremos de deleitarnos en ellos, evitando juzgar cualquier cosa negativa, afirmando lo bueno, etc. Aunque en estos casos no veamos el resultado de nuestro esfuerzo, es increíble el impacto que estos encuentros pueden tener en la vida de una persona. Buscar y ser intencionales con estas oportunidades puede, eventualmente, llevar a la conversión.
Segundo umbral: curiosidad
El umbral de la curiosidad es la etapa en la que una persona tiene cierto interés, atracción o inquietud positiva por la persona de Jesús o por algún aspecto de la fe, lo cual se manifiesta en una frecuencia de preguntas. Haber cruzado este umbral significa tener el deseo de saber más, pero no implica necesariamente una apertura al cambio. La curiosidad y la apertura son dos cosas muy distintas. En el umbral de apertura, la persona se toma más en serio las implicaciones concretas y personales de la fe.
Es importante tener esto claro. Si no, confundiremos lo que una persona necesita más en esta etapa de su camino, y es posible que, en vez de ayudarla a acercarse más a Cristo, hagamos lo contrario.
Veamos ahora cómo ayudar a alguien a cruzar o a crecer en este punto. La forma más efectiva de ayudar a alguien a alcanzar el umbral de la curiosidad es hacer referencias constantes a Jesús, compartir historias sobre él o sobre la fe, o igualar y ser sensibles a su nivel de curiosidad. Más importante aún es compartirles nuestra relación personal con Jesús.
También es importante evitar aquí la apologética o los argumentos prematuros y, en cambio, enfocarnos en la persona de Jesús. En vez de ofrecer una apologética y de saciar su curiosidad respondiendo todas sus preguntas, es mejor formular preguntas intencionales para avivar su curiosidad y embarcarnos más con ellos en conversaciones espirituales. En los evangelios, vemos que este es el método de Jesús. Jesús recibe 183 preguntas; responde con 307 y ¡solo responde directamente a tres de ellas!
Colaboración de amor y gracia
Implementar estas prácticas en nuestras relaciones personales o en nuestras interacciones cotidianas, particularmente cuando identificamos en las personas cierta insatisfacción de vida, cuestionamiento existencial o sufrimiento, puede llevar a grandes frutos de gracia y conversión. Más que una cosa más por hacer o un ejercicio meramente intelectual, la evangelización es tanto una invitación personal a la conversión de la mente y el corazón como una colaboración de amor con la gracia de Dios para expandir su Reino eterno.
Reconocer que el llamado universal a la evangelización es urgente y, a la vez, mucho más simple de lo que pensamos, nos debe hacer temblar como motivar. Pero si Dios nos invita a poner nuestro granito de arena, a darle nuestros pedazos de pan y dos pescados, es porque él, mediante su Espíritu de poder, hará su parte y multiplicará nuestros esfuerzos.
Comencemos por estar dispuestos y atentos a hacer lo que nos pide cada día y en cada encuentro con los demás, para así colaborar con lo que está haciendo en el mundo. Respondamos generosamente a esta invitación.






