Hombre herido por amor: Lo que san Francisco nos enseña a través de los estigmas, 800 años después
- Escritor Invitado

- 31 oct 2025
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Los estigmas de san Francisco nos recuerdan que la santidad no consiste en la perfección, sino en un amor tan pleno que lleva en sí las marcas de Cristo.

Por Elizabeth Zelasko
Somos verdaderamente ricos en la vida de los santos, y aun así podría decirse que pocos igualan a Francisco de Asís. Llamado por Cristo desde una vida de comodidad y privilegio, se convirtió en testigo viviente de una entrega total a Dios y de un servicio desinteresado a los demás. A medida que se fue haciendo cada vez más “semejante a Cristo”, el velo entre el cielo y la tierra se rasgó en su vida, y se convirtió en el primer santo en ser marcado con las llagas de la pasión de Cristo. Francisco recibió los estigmas —en manos, pies y costado— mientras oraba en el monte La Verna, en Toscana, en 1224. En 2024 conmemoramos el 800 aniversario de este acontecimiento. Para dicha ocasión, el papa Francisco escribió una profunda oración:
San Francisco, hombre llagado por el amor Crucificado en cuerpo y espíritu, te miramos a ti, adornado con los sagrados estigmas, para aprender a amar al Señor Jesús a nuestros hermanos y hermanas con tu amor, con tu pasión. Contigo es más fácil contemplar y seguir a Cristo pobre y crucificado. Danos, Francisco la frescura de tu fe la certeza de tu esperanza, la dulzura de tu caridad.Intercede por nosotros para que nos sea dulce llevar las cargas de la vida y que en las pruebas experimentemos la ternura del Padre y el bálsamo del Espíritu. Que nuestras heridas sean curadas por el Corazón de Cristo, para convertirnos, como tú, en testigos de su misericordia, que sigue sanando y renovando la vida de quienes lo buscan con corazón sincero. Oh Francisco, hecho semejante al Crucificado haz que tus estigmas sean para nosotros y para el mundo signos luminosos de vida y de resurrección que indiquen nuevos caminos de paz y de reconciliación. Amén.
Al dirigirse a un grupo de frailes franciscanos en este aniversario, el papa expresó su deseo de que fueran “perdonados portadores de perdón, curados portadores de curación, alegres y sencillos en la fraternidad; con la fuerza del amor que brota del costado de Cristo y que se alimenta en su encuentro personal con él”. Este mensaje toca el corazón de todo cristiano. Y aunque ciertamente no estaría mal ser un fraile franciscano en las colinas toscanas, no es necesario serlo para experimentar la belleza y el consuelo de estas palabras. Esta imagen de san Francisco, pintada hacia 1240, expresa ese mismo sentimiento.
Aunque el tiempo ha dejado una red de grietas sobre su superficie, el ícono sigue siendo sorprendentemente vibrante, como si acabara de ser creado. Arrodillado sobre las rocas del monte La Verna, Francisco levanta la mirada al cielo mientras rayos dorados descienden desde un serafín de seis alas que porta la cruz de Cristo. De manera semejante al Éxtasis de santa Teresa (1647–1652) de Gian Lorenzo Bernini, la imagen captura un alma arrebatada por el amor divino. Para Teresa, un ángel atraviesa el corazón con la herida del amor; para Francisco, las llagas de Cristo se imprimen en su cuerpo.
La expresión del papa Francisco —“hombre llagado por el amor”— da voz a esta paradoja. Explicó a los frailes que los estigmas no son símbolos del dolor soportado, sino del amor recibido. En otras palabras, la vida cristiana tiene como meta la unión con Cristo, ser conformados con él en todo. Así, los estigmas pueden entenderse como el Cristo encarnado conformándonos más estrechamente a sí mismo, una gracia concedida para atraer a san Francisco —y a la humanidad entera— cada vez más al amor divino. Aunque pocos son llamados a participar de manera tan radical, todos estamos llamados a reflejar la imagen de Cristo en el mundo de acuerdo con nuestra propia vocación.
Como artista sacra y admiradora de toda la vida del arte religioso, he visto incontables halos dorados, pero ninguno como éste. En la iconografía, el fondo dorado simboliza la luz radiante de la Nueva Jerusalén, mientras que el halo dorado revela la luz de Cristo que brilla a través de un alma particular. Se dice también que los halos ofrecen una ventana hacia la luz del cielo, una especie de portal que nos permite vislumbrar el ámbito divino. En este ícono de San Francisco recibiendo los estigmas, vemos esa luz celestial penetrar a Francisco y llenar su halo, mostrándonos literalmente que la luz y la santidad que lleva dentro solo pueden ser de origen divino. San Pablo nos recuerda esta verdad: “Porque en otro tiempo eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz” (Ef 5, 8). Francisco había vivido una vida mundana, centrada en sí mismo, y cuando se volvió a Cristo, fue verdaderamente iluminado.
Pidamos, pues, a san Francisco que interceda por nosotros. Con las palabras de nuestro papa difunto: «Oh Francisco, hecho semejante al Crucificado haz que tus estigmas sean para nosotros y para el mundo signos luminosos de vida y de resurrección que indiquen nuevos caminos de paz y de reconciliación».
Amén.







