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Image by Simon Berger

Perspective

Encontrar libertad frente a la culpa: reflexión católica para el Adviento

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • 17 dic 2025
  • 4 Min. de lectura
(Foto: Lightstock)
(Foto: Lightstock)

Por el padre Ryan O’Neill


Muchos católicos experimentan algún grado de culpa, a menudo, aunque no de manera universal, con mayor intensidad durante la temporada navideña. La culpa puede surgir por factores espirituales, culturales y emocionales, y es una sensación incómoda que a nadie le gusta experimentar. Sin embargo, esta incomodidad señala nuestro estado original de inocencia, la inocencia que Adán y Eva conocieron en el Jardín del Edén.


En este sentido, la culpa se convierte en una llamada de atención. Nos alerta cuando hemos pecado y nos invita a expiar nuestros pecados y a regresar a nuestro estado original de inocencia. Dios creó nuestras almas para ser inocentes, no culpables, pero la culpa es una respuesta humana natural cuando, de manera consciente y voluntaria, elegimos lo que está mal. La culpa es una señal sentida de que fallamos y tomamos una mala decisión, y de que nuestro cuerpo y nuestra alma intentan despertarnos ante nuestro peligro espiritual y moral.


Esta reflexión se centra en la realidad espiritual de la culpa y en cómo acercarnos a ella como cristianos católicos.


Adviento: tiempo de reflexión honesta


El Adviento es un tiempo penitencial, con énfasis en el examen de conciencia, el arrepentimiento y la conciencia del pecado. Todo esto está pensado para cultivar la esperanza, no una culpa ansiosa.


Para algunos, especialmente para quienes crecieron en ambientes donde se subrayaban fuertemente el pecado y la confesión, la culpa puede interiorizarse de manera más aguda. Pero el Adviento cuenta una historia más amplia. Marca un momento de la historia de la salvación en el que Israel cargaba un gran peso de culpa, sufría en silencio bajo gobernantes extranjeros y esperaba la venida del Mesías que los liberaría de su culpa.


Es apropiado, en el espíritu del Adviento, hacer un examen de conciencia y tomar en seria consideración las propias faltas. Para cada cristiano en lo personal, el Adviento es un tiempo para llegar a la sincera conciencia de que yo también necesito un salvador que se haga cargo de mi culpa.


Una lectura orante de Isaías, Jeremías y los profetas muestra las consecuencias de la culpa de Israel y lo imposible que resulta remediarla por nuestras propias fuerzas. Con frecuencia, nuestros intentos por aliviar los sentimientos de culpa empeoran las cosas. Pero, en un sentido positivo, la culpa es una señal de nuestras almas de que necesitamos un salvador.


Cuando la dinámica familiar complica la culpa


Lamentablemente, muchas familias también enfrentan durante la temporada navideña las consecuencias de los pecados de algunos de sus miembros. Esta dinámica familiar puede provocar un dolor emocional y psicológico adicional que se va acumulando sobre una conciencia ya cargada de culpa. Esta experiencia también subraya la dimensión comunitaria del pecado y de la culpa. Profetas como Isaías y Daniel identificaron los pecados de Israel como propios, entrando profundamente en la experiencia de la culpa comunitaria, aun cuando ellos mismos quizá no hubieran pecado.


Debemos ser honestos acerca de cómo los pecados de los demás afectan nuestro propio corazón. Pero, en lugar de permitir que esto alimente el juicio y la condena, podemos dejar que despierte compasión al considerar nuestras propias debilidades y pecados. Los católicos practicantes pueden sentir la inclinación de juzgar a sus seres queridos que practican menos la fe. Sin embargo, un momento de autorreflexión puede darnos el espacio suficiente para empezar a considerar que cada quien hace lo mejor que puede, y que la misericordia de Dios actúa en todas las vidas, tanto de creyentes como de no creyentes.


Aceptar los sentimientos difíciles de culpa que sufrimos en nuestras situaciones familiares puede convertirse, en sí mismo, en un poderoso acto de oración de intercesión.


Cómo responde Dios a la culpa


Entonces, ¿cómo aborda la misericordia divina el problema de la culpa?


En la muerte de Jesús en la cruz, él toma sobre sí todos nuestros pecados y toda nuestra culpa. Jesús es el cordero sacrificial que derrama su sangre para quitar el pecado y la muerte y darnos su vida y su amor.


La culpa es el efecto espiritual del pecado: cuando pecamos, nos separamos de Dios y caemos bajo el dominio del pecado y de la muerte. La culpa es la conciencia y el sentimiento doloroso de que somos responsables de esa separación. En nuestro pecado somos a la vez víctimas y cooperadores del mal, ya que la culpa por el pecado implica que desempeñamos un papel en nuestra propia caída de la gracia. También sabemos que el maligno y sus secuaces nos incitan constantemente hacia ese abismo de pecado y culpa.


Pero Dios nos ve alejarnos y actúa de inmediato. Su respuesta a nuestro exilio de su presencia revela su amor por nosotros y su deseo de que estemos con él, donde él está. En Génesis 3, maldice a la serpiente y promete que vendrá un hombre que aplastará la cabeza de la serpiente, dándole muerte, aun cuando él mismo sea mordido y herido de muerte por esa misma serpiente. Esta mordedura es una imagen poética del Señor Jesús tomando sobre sí el veneno del pecado y de la culpa, que en última instancia es mortal, y aplastando la cabeza de la serpiente mediante su muerte en la cruz.


Por eso celebramos la Navidad. Así es como Dios se ocupa de nuestra culpa. Y así es como podemos vivir libres de culpa como discípulos de Cristo.


Confesión, Eucaristía y la gracia de comenzar de nuevo


Gracias a la muerte y resurrección de Jesús, la culpa puede abordarse de manera sencilla y directa al confesarla y participar en la expiación espiritual en el sacramento de la Confesión, especialmente cuando se trata de pecados mortales. Los pecados veniales pueden ser perdonados mediante la participación en la Misa o rezando devotamente el rosario.


Este es el genio de la fe católica: el sacrificio redentor de Cristo se nos hace accesible en la Eucaristía y en el sacramento de la Confesión. Estos son caminos concretos para aliviar la culpa y restaurar la paz.


Parte del plan de Dios es liberarnos de un sentido de culpa permanente. Pero la libertad también requiere un acto de fe para creer que realmente hemos sido perdonados. Debemos permitir que nuestra fe en el poder de los sacramentos gobierne nuestros pensamientos y sentimientos. Si Dios dice que estamos perdonados y libres de culpa, entonces revolcarnos en sentimientos de culpa puede convertirse en una forma de soberbia, una negativa a creer en su Palabra.


A veces, el camino hacia la sanación simplemente requiere humildad: aceptar que de verdad hemos sido perdonados.

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