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Image by Simon Berger

Perspective

Discípulos misioneros, incluso después del "sí, acepto"

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 7 horas
  • 6 Min. de lectura

Por qué la gran comisión sigue siendo para los matrimonios.


Dos personas sonríen en un estadio lleno de gente con luces brillantes. Visten de manera casual y llevan gafetes. Ambiente alegre y concurrido.
La misión llevó a Alli y Tanner al Congreso Eucarístico Nacional en Indianápolis, Indiana, en julio de 2024. (Foto proporcionada)

Por Tanner Kalina


Dejar el equipo como misionero universitario en FOCUS fue una transición difícil.


Me encantaba evangelizar a los estudiantes de la Universidad de Colorado Boulder y no quería que mi celo por las almas se apagara. Estaba decidido a seguir viviendo en misión, aunque fuera de una manera distinta.


Mi prometida, Alli, pensaba igual.


Ella quería que nuestro matrimonio fuera un instrumento de gracia que ayudara a otros a encontrarse con Cristo. Soñábamos con ofrecer cenas semanales para nuestra comunidad, hacer amigos de nuestros vecinos y compartir con ellos el Evangelio, involucrarnos en nuestra parroquia y entregarnos a su grupo juvenil, formar un pequeño ejército de hijos que amaran a Jesús y mucho más.


Estábamos entusiasmados por vivir radicalmente para Jesús.


Estábamos convencidos de que nuestro tiempo como misioneros no se limitaría a un periodo de dos años con FOCUS.


Unas semanas antes de nuestra boda, cenamos con un matrimonio al que admirábamos. Queríamos aprovechar toda la sabiduría que pudieran compartirnos, así que cuando les pedimos su mejor consejo para el matrimonio, escuchamos con atención cada palabra: “Asegúrense de vivir la misión juntos”.


Su consejo parecía obvio, nada que yo no hubiera podido pensar por mi cuenta, pero resultó profético.


Los Kalina estaban “entusiasmados por vivir radicalmente para Jesús” cuando se casaron en la Catedral Our Lady of the Rosary en Duluth, Minnesota, con el padre Peter Mussett, entonces párroco de la parroquia St. Thomas Aquinas en Boulder. (Foto proporcionada)
Los Kalina estaban “entusiasmados por vivir radicalmente para Jesús” cuando se casaron en la Catedral Our Lady of the Rosary en Duluth, Minnesota, con el padre Peter Mussett, entonces párroco de la parroquia St. Thomas Aquinas en Boulder. (Foto proporcionada)

Un año después, la realidad era otra. Alli y yo teníamos amigos por separado, aquí y allá, pero no una verdadera comunidad. Apenas conocíamos a algunos vecinos. Yo viajaba con demasiada frecuencia como para involucrarme de verdad en nuestra parroquia. Y, además de todo eso, enfrentábamos una serie de dificultades relacionadas con nuestra fertilidad.


Nos sentíamos como fracasados, aunque desde fuera probablemente parecía que todo marchaba de maravilla. El ministerio juvenil de Alli estaba lleno de nuevos estudiantes y yo viajaba constantemente por todo el país para compartir el evangelio.


Aunque aparentábamos vivir un matrimonio en misión, sabíamos que algo no estaba bien.

Nuestro trabajo era con frecuencia motivo de conflicto. Alli se frustraba porque mis viajes se daban a costa del tiempo con nuestra comunidad local, y yo me frustraba porque, después de viajar y desgastarme por completo, Alli esperaba que siguiera entregándome al llegar a casa.

Sí, estábamos viviendo en misión, pero no juntos.


Parecía que yo tenía mi misión y Alli la suya, y punto.


Tuvimos que unirnos, hablar con sinceridad sobre nuestras frustraciones y realinear nuestras metas. Tuvimos que reafirmar juntos nuestra intención de glorificar a Dios. Yo necesitaba ver el trabajo de Alli como un regalo para mí, no como un obstáculo, y ella debía ver el mío de la misma manera. También tuvimos que establecer límites en nuestro trabajo para no poner una carga excesiva sobre nuestro matrimonio.


Mientras atravesábamos este proceso, externamente nada parecía cambiar. Alli siguió siendo ministra de jóvenes y yo continué viajando y dando conferencias. Sin embargo, la dinámica de nuestro matrimonio cambió por completo.



Tanner y Alli sonríen junto a los compañeros de equipo de FOCUS de Tanner en la Universidad de Colorado Boulder. (Foto proporcionada)
Tanner y Alli sonríen junto a los compañeros de equipo de FOCUS de Tanner en la Universidad de Colorado Boulder. (Foto proporcionada)

Comenzamos a sentirnos más unidos. Nuestras conversaciones se volvieron más profundas. Encontramos distintas maneras de colaborar, ya fuera que Alli viajara conmigo para dar una charla o yo la ayudara a organizar cenas para los voluntarios de su grupo juvenil. También vimos que nuestro trabajo empezaba a dar más fruto, porque la oración y el apoyo del cónyuge siempre multiplican los esfuerzos. Cuando se trata de misión, 1 + 1 no es igual a 2. 1 + 1 es igual a 100.


Cuando uno está casado, es fácil que el celo por la evangelización se vaya apagando. Con el trabajo, las cuentas por pagar y la crianza de los hijos, entre otras responsabilidades, cualquier servicio adicional puede parecer una carga, si no algo imposible.


También es fácil, cuando uno está casado, tomar la misión por cuenta propia.

Es verdad que no es sencillo vivir en misión y hacerlo junto con el cónyuge, pero estoy convencido de que es esencial para que el matrimonio llegue a ser todo lo que está llamado a ser.


Aristóteles fue el primero en hablar de tres tipos de amistad.


Están las amistades de placer. Son aquellas en las que ambas personas obtienen algún tipo de placer al estar juntas. Piensa en tu amigo para ir a conciertos, en tus compañeros de la liga de fútbol y demás. Muchos cristianos ven el matrimonio como la amistad de placer por excelencia, la relación en la que se puede disfrutar del don de la sexualidad, sin culpa, porque se cuenta con el “sello de aprobación” de Dios.


Luego están las amistades de utilidad. Son aquellas en las que ambas personas obtienen algún beneficio al estar juntas. Piensa en tu compañero de trabajo o de ejercicio. Nuestra cultura ve el matrimonio como la amistad de utilidad por excelencia, la relación en la que se pueden disfrutar de todos los beneficios legales, financieros y sociales que existen para quienes deciden dar ese paso.


Y, por último, están las amistades de virtud. Son aquellas en las que ambas personas están orientadas hacia una meta que trasciende a ambas. Para Aristóteles, esa meta compartida sería vivir una vida virtuosa, pero nosotros, como católicos, añadimos que implica vivir el discipulado con Cristo, una vida de santidad. En realidad, el matrimonio es la amistad de virtud por excelencia.

Por eso, todo matrimonio debe tener como meta común vivir el discipulado con Cristo y, por lo tanto, vivir una vida de misión.


Como dijo una vez el papa Benedicto XVI: “Discipulado y misión son como las dos caras de una misma moneda: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que solo en él encontramos la salvación”.


O como escribió el papa Francisco: “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos ‘discípulos’ y ‘misioneros’, sino que somos siempre ‘discípulos misioneros’” (Evangelii Gaudium 120).


Necesitamos recordar que todos estamos llamados a cumplir la gran comisión de Cristo, “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones…”, y que ese llamado no se detiene cuando nos casamos. De hecho, el matrimonio nos da la gracia de que nuestros esfuerzos se vean fortalecidos.


La clave para vivir esto bien es hacerlo juntos, no por separado.


Ahora, en misión juntos, Tanner y Alli buscan llevar a otros al encuentro con Jesús, cuyo corazón arde de amor por todos. (Foto proporcionada)
Ahora, en misión juntos, Tanner y Alli buscan llevar a otros al encuentro con Jesús, cuyo corazón arde de amor por todos. (Foto proporcionada)

En Lucas 10, Jesús designó a setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos. Les confió su obra en parejas porque sabía que así su trabajo sería más eficaz.


Cuando un matrimonio vive verdaderamente en misión como un equipo, su labor da más fruto, beneficiando a ellos, a sus hijos y al Reino de Dios.

 

Tener una misión compartida protege a los esposos del distanciamiento, porque los une en torno a un objetivo común. Mantiene su corazón fijo en Dios y no en cosas pasajeras. También ayuda a sus hijos a entender que el mundo es más grande que ellos, lo que los arraiga en la realidad. Y contribuye a edificar el Reino de Dios, ofreciendo a otros un anticipo de la comunión de amor para la que fueron creados.


Todo matrimonio necesita discernir una misión en común que, obviamente, se expresará de manera única en cada caso.


Por ejemplo, un matrimonio puede asumir como misión evangelizar a su comunidad en su grupo deportivo, mientras que otro puede coordinar un estudio bíblico. Alli y yo somos amigos de un matrimonio con gran talento como baristas, así que cada sábado por la mañana invitan a personas a tomar café artesanal gratuito y a compartir en fraternidad.


Aunque Dios invita a cada matrimonio a una misión particular, todos los matrimonios comparten la misión última de hacer discípulos a todas las naciones.


Es nuestra responsabilidad, pero no debemos tener miedo.


Esto está pensado para nuestro bien y está destinado a vivirse juntos.

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