Cabeza y corazón: reflexión bíblica sobre el matrimonio
- Aaron Lambert
- hace 10 horas
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En su carta a los Efesios, san Pablo describe el ideal de un esposo cristiano al escribir: "Porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, su cuerpo, y es él mismo su salvador […] Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Efesios 5, 23.25).
Esta imagen de Cristo como cabeza de la Iglesia se evoca con frecuencia para explicar adecuadamente su relación con ella, y la del esposo con su esposa.
Pero ¿quién, o qué, es el corazón de la Iglesia?
Es una pregunta con truco, porque se puede sostener con fuerza que Cristo también es el corazón de su Iglesia. Más específicamente, es su Presencia real en la Eucaristía el corazón palpitante y vivo de la Iglesia; más aún, un sacrificio vivo, ofrecido por el Hijo al Padre de manera perpetua, que da vida a la Iglesia.
Hay una razón por la que el papel de Cristo como esposo de su esposa, la Iglesia, se refleja con mayor claridad en el matrimonio. Quienes estamos casados sabemos que se trata de una entrega constante de nosotros mismos por el bien del otro, incluso, o especialmente, cuando no tenemos muchas ganas de dar nada. Así como Cristo se entrega eternamente a su esposa, la Iglesia le devuelve todo, aunque no de manera perfecta.
Desde el principio, la Iglesia ha sostenido que los roles del hombre y la mujer en el matrimonio son distintos, pero complementarios. A la luz de esto, la imagen de Cristo como cabeza y corazón de la Iglesia ofrece una manera diferente de mirar los roles del esposo y la esposa dentro del matrimonio, una que no solo es distinta y complementaria, sino también simbiótica por naturaleza.
Corazón de la familia
Como dice san Pablo, el hombre es cabeza de la familia, la iglesia doméstica. Corresponde al hombre guiar a la familia, protegerla y proveer para ella. Esto puede tomar muchas formas, pero, en esencia, siempre implica que el hombre esté dispuesto a dar la vida por su esposa e hijos. Su tarea es conducir a su familia hacia la santidad.
Una vez más surge la pregunta: ¿quién es el corazón de la familia? Bueno, para ustedes, queridas mujeres que leen esto, ahí es donde entran. Ustedes, con toda su belleza y esplendor, ternura y amor, son el corazón de su familia. Seamos sinceros, sin ustedes la familia, tal como la conocemos, sería un verdadero caos. Dios sabía lo que hacía cuando dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”.
Pensemos en el cuerpo humano y en las funciones que desempeñan la cabeza, el cerebro y el corazón. El cerebro envía señales involuntarias a cada parte de nuestro cuerpo para asegurar que todo funcione como debe. Pero trabaja en conjunto con el corazón; sin el corazón, que bombea la sangre y mantiene en funcionamiento nuestro cuerpo y nuestra cabeza, la vida se extinguiría. La cabeza es importante, pero el corazón es la fuerza vital del cuerpo. Sin embargo, ambos dependen el uno del otro. Necesitamos que el corazón funcione correctamente para que la cabeza pueda trabajar con eficacia, y que la cabeza funcione bien para que el corazón siga latiendo.
Desde un punto de vista psicológico, nuestras facultades de pensamiento y resolución de problemas se originan en la cabeza, mientras que el corazón representa nuestras facultades emocionales y nuestra capacidad de amar. De nuevo, aunque cumplen funciones distintas, necesitamos ambos para responder a nuestras propias necesidades y a las de los demás.
Entonces, ¿cómo se traduce todo esto en el matrimonio y en la crianza de los hijos?
Al mirar a la Sagrada Familia como modelo, queda claro que Jesús aprendió a ser cabeza y corazón de José y María. José era carpintero y, como padre terrenal de Jesús, le transmitió valiosas habilidades para resolver problemas, enseñándole no solo a enfrentarlos de manera práctica, sino también a ser líder. María, por su parte, es el ejemplo perfecto de ternura y fue en su abrazo amoroso donde Jesús aprendió a acoger y trabajar las realidades del corazón.
Al imitar este mismo modelo, los hijos generalmente acuden a papá para los problemas de la cabeza y a mamá para los del corazón. Si uno de tus hijos necesita ayuda para armar unos Legos, papá es el indicado, pero si está pasando por dificultades con sus amigos en la escuela, nada como un abrazo y una palabra de aliento de mamá.
En y contra nuestra naturaleza
Por supuesto, los esposos tienen el desafío particular de aprender a ser cabeza y corazón el uno para el otro. Cada uno está naturalmente inclinado hacia uno u otro papel: en la naturaleza del hombre, ser proveedor y quien resuelve; en la naturaleza de la mujer, ser cuidadora y consoladora.
Sin embargo, el matrimonio exige necesariamente que el hombre sea consolador de su esposa en ciertos momentos y, del mismo modo, el hombre necesita el consejo y la sabiduría de su esposa para afrontar los múltiples problemas de la vida. Y, de manera irónica, suele ser más fácil para cada uno desempeñar su papel con los hijos que con el propio cónyuge. Por eso el matrimonio puede ser desafiante, pero es, en definitiva, un camino de santificación; es una de las muchas formas en que entregamos la vida el uno por el otro.
Hacer cosas que van contra nuestra naturaleza de esta manera es una oportunidad para crecer en virtud. Mi esposa será la primera en decir que no siempre soy el hombre más sensible. Hay momentos en que aprieto los dientes mientras ella comparte sus preocupaciones conmigo; escucho un problema y mi primer impulso es solucionarlo. En esos momentos actúo según mi naturaleza, desde la cabeza. Pero con los años he aprendido, y sigo aprendiendo, que mi esposa no necesita que sea cabeza en esos momentos; necesita que vaya al fondo de mi corazón y la escuche. No necesita que resuelva el problema, sino simplemente que la escuche y la anime. Esto contradice mi inclinación natural, pero puede ser una oportunidad para cooperar con la gracia de Dios y mostrarle el amor tierno que necesita de mí.
También hay momentos en que cada esposo debe asumir el papel contrario ante los hijos, aunque rara vez con el mismo efecto. Hago lo posible por consolar a mis hijas cuando están tristes, pero nunca tiene el mismo impacto que cuando lo hace mamá. Por el contrario, mi esposa cuenta conmigo para ayudar a nuestro hijo a armar sus Legos o reparar un juguete roto. En otras palabras, nos necesitan a los dos.
Lo que no necesitan es que intercambiemos o confundamos nuestros roles. Esto puede ser particularmente difícil porque a veces contradice nuestros sentimientos instintivos. Tampoco necesitan que uno asuma permanentemente el papel del otro. Eso puede generar resentimiento y disfunción en la familia. Los hombres prosperan cuando se les reconoce y se les respeta como cabeza de la familia, mientras que las mujeres se sienten plenamente ellas mismas cuando son amadas y deseadas como el corazón que nutre a la familia.
Cabeza y corazón, trabajando juntos
Juntos, como cabeza y corazón, mi esposa y yo procuramos reflejar a Cristo el uno para el otro, para nuestros hijos y, en última instancia, para el mundo. Y al final del día, ¿no es eso de lo que se trata el matrimonio? Nuestra vocación última como esposos es ser Cristo para nuestras familias. El papel del hombre como cabeza y el de la mujer como corazón hablan del designio divino del sacramento del matrimonio. Lo más hermoso es que solo funciona cuando el hombre y la mujer están juntos. Volviendo al Edén: “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2,18). La cabeza necesita del corazón y el corazón necesita de la cabeza. Ninguno puede funcionar como Dios lo ha dispuesto sin el otro.
Retomando las palabras de san Pablo en Efesios, escribe unos versículos más adelante: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es este, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia” (Efesios 5, 31-32).
Al hacerse una sola carne en el matrimonio, la cabeza, el hombre, y el corazón, la mujer, se unen a imitación de Cristo. Se vuelven el uno hacia el otro para ser Cristo el uno para el otro y para sus hijos, y luego se abren al mundo para ser Cristo para los demás. Y solo en unión mutua pueden vivir plenamente su vocación como cabeza y corazón de la familia.





