Amor, lujuria y matrimonio: lo que realmente enseñó san Juan Pablo II

Uno de los momentos más malinterpretados de la Teología del Cuerpo revela por qué la auténtica intimidad conyugal consiste en la entrega de uno mismo, no en usar al otro.

¿Recuerdas cuando san Juan Pablo II dijo que los esposos no deberían sentirse atraídos por sus esposas?
Eso no fue realmente lo que dijo. Pero definitivamente fue lo que se informó que había dicho. Fue durante la audiencia general del 8 de octubre de 1980, en medio de sus catequesis sobre la “Teología del Cuerpo”. Los medios de comunicación, que hasta entonces prácticamente habían ignorado por completo estas catequesis, de pronto abrían sus noticieros con la historia y enviaban reporteros a la Plaza de San Pedro para informar “desde el lugar de los hechos”. Hasta yo, que tenía 17 años y no me interesaba absolutamente nada que no tuviera que ver con muchachos ni con jeans de diseñador, me enteré.
Y vaya que causó revuelo. Incluso ahora, 46 años después, todavía encuentro artículos sobre el tema.
Entonces, ¿qué pasó?
Recordemos que el segundo ciclo de catequesis se basaba en el pasaje del Evangelio según san Mateo sobre el Sermón de la Montaña, donde Jesús dijo: “Han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo les digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mateo 5, 27-28). Ya hemos hablado de lo que Jesús quiere decir aquí: que la lujuria no es la atracción sexual en sí misma, sino la voluntad de usar a otra persona, de reducir una preciosa imagen de Dios únicamente a su sexualidad, a un simple instrumento, un medio para mi satisfacción, un objeto, una cosa.
Pues bien, aquel día, el santo padre señaló que Jesús no dijo: “Todo el que mira con deseo a una mujer que no es su esposa…”. Dijo: “Todo el que mira a una mujer deseándola…”.
Y después afirmó que la lujuria no tiene cabida en el matrimonio: “El adulterio en el corazón se comete no sólo porque el hombre mira de cierta manera a una mujer que no es su esposa, sino precisamente porque mira de esa manera a una mujer”.
Y la prensa, que hasta ese momento no había prestado la menor atención, de pronto enloqueció: “Papa católico dice que todo acto sexual es malo”.
Eso no era en absoluto lo que estaba diciendo.
¿Qué es el matrimonio? Es la entrega total de uno mismo por amor. Dice: “Me entrego a ti y uno mi vida a la tuya, para hacerme uno contigo, para cuidarte, protegerte y amarte, y poner tu bienestar por encima del mío”. Y Dios los une sacramentalmente, verdaderamente los hace uno.
Y la unión sexual conyugal es el reflejo y la culminación de todo eso. Es la máxima vulnerabilidad, la máxima transparencia, el máximo acto de confianza, la entrega total de uno mismo hecha realidad mediante el don del cuerpo.
Entonces, ¿es mala la atracción sexual entre esposos? Por supuesto que no. Francamente, la considero uno de los mayores regalos que Dios nos ha dado. Estoy bastante segura de que él se complace en ella.
Pero ¿sabes qué sí está mal? Que esa confianza sea traicionada. Que un esposo mire a su esposa, la mujer a quien ha entregado su vida, la mujer que lleva en su seno a sus hijos, la mujer que se hace completamente vulnerable ante él, y vea su precioso cuerpo simplemente como un recipiente, una forma de desahogarse, un medio para obtener su propia satisfacción sexual. Está mal cuando la unión sexual conyugal se separa de la relación, cuando la intimidad física deja de ser reflejo de la intimidad emocional y espiritual de los esposos, cuando se exige acceso a lo más profundo y vulnerable de ella, a pesar de que no exista una conexión más profunda, o quizá ni siquiera respeto ni la más elemental decencia humana.
Eso es lujuria. Y el matrimonio es el último lugar donde deberíamos encontrarla.
La misión de un esposo es proteger a su esposa, cuidarla y asegurarse de que siempre se sienta segura y amada. Así que cuando el esposo, en cualquier medida, no la respeta o representa una amenaza para su integridad física o su sensación de seguridad física o emocional, bueno, eso está muy mal.
Por supuesto, lo contrario también es cierto: una esposa tampoco tiene derecho a convertir a su esposo en un objeto. Entonces, ¿por qué el santo padre no hizo esa distinción?
Bueno, para empezar, Jesús tampoco hizo esa distinción. Así que algo debía saber sobre los hombres y las mujeres. Por ejemplo, que las mujeres somos diferentes. Nuestros cuerpos son diferentes. Y eso nos vuelve más vulnerables, particularmente en el ámbito sexual. Para nosotras hay más en juego y, por lo tanto, el riesgo es mayor. Debido a esa vulnerabilidad, las esposas tienden a perder el interés o incluso a cerrarse si se sienten convertidas en objetos o si no se sienten cercanas, conectadas o emocionalmente seguras. No es algo que elijan deliberadamente. Simplemente estamos hechas así. Lo contrario no ocurre en la misma medida, por lo que esta forma particular de cosificación tiene mayores probabilidades de provenir del esposo.
Jesús fue un gran protector de las mujeres. Por eso su advertencia estuvo dirigida específicamente a los hombres: “No vean a las mujeres como objetos. Valórenlas. Respétenlas. Ámenlas”.
Eso no quiere decir que las esposas no puedan convertir a sus esposos en objetos de muchas otras maneras. Las relaciones son complicadas. El matrimonio es complicado. Cuando unes a dos seres humanos imperfectos, hay un millón de maneras en las que cada uno puede terminar usando al otro y fallar en su forma de amar. Hace falta un alto grado de compromiso y mucha vigilancia para superar esa fragilidad y amarse bien. Y mucha oración tampoco viene mal.
Porque si queremos que los matrimonios permanezcan arraigados en el amor verdadero y no en la lujuria, vamos a necesitar toda la ayuda que podamos recibir.








