Un verdadero buscador: camino de un empresario a la Iglesia Católica
- Escritor Invitado

- 11 sept 2025
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 15 oct 2025

Por Clare Kneusel-Nowak
Del budismo al catolicismo
Henry Schliff recorrió el mundo y casi todas las grandes religiones en busca de Dios.Pasó veinte años buscando la verdad en el budismo.Buscó a Dios en el hinduismo; lo buscó en el islam y en el judaísmo. Incluso lo buscó dentro de lo que él llama “la práctica académica marxista de los cursos universitarios de religión comparada”.
Pero nada lo satisfizo, dijo. Hasta que conoció a Jesucristo.
Ahora, luego de haber encontrado a Dios —y la paz que solo Cristo puede dar— en la Iglesia Católica, Henry es franciscano seglar y director de educación religiosa en la parroquia Sacred Heart en Boulder.
“Creo firmemente que, ya fuera por su voluntad o por su permiso, no es casualidad que mi camino me haya llevado a través de todas estas experiencias”, dijo Henry. “Veo algo positivo en haberlas vivido. Y también veo cómo él iba sembrando semillas en el camino”.
Nacido en el “cinturón bíblico”
Henry creció en una zona rural de Carolina del Norte. Su padre había dejado la práctica de la fe católica, y su madre fue, como él la describe, “una buscadora durante toda su vida”. Ella se interesó por muchas filosofías e ideas orientales, sobre todo el budismo y el hinduismo. Había sido bautizada metodista, pero ya no se interesaba por el cristianismo, aunque permaneció como una persona muy espiritual a lo largo de su vida. Henry dice que en su hogar “no había religión en ningún sentido, pero sí un trasfondo de espiritualidad”.
A los 18 años pasó un verano en un monasterio budista, tras lo cual practicó el budismo por veinte años. Se sintió particularmente atraído por el zen, aunque también incursionó en otras formas del budismo. En ese tiempo exploró el hinduismo, estudió la , una escritura hindú, y practicó yoga con devoción.
“Mi enfoque de la espiritualidad era siempre en parte intelectual, pero sobre todo inmersivo. Estudiaba practicando”, dijo.
“Tenía un anhelo de Dios en el corazón”, expresó. “No podía expresarlo con palabras, salvo que lo seguía buscando. El budismo realmente no me satisfacía. Yo estaba buscando, diría ahora, una relación, aunque en ese momento no tenía ese lenguaje”.
Su búsqueda lo llevó a practicar el islam durante aproximadamente un año con un grupo de musulmanes sufíes, aunque nunca hizo la profesión de fe. Aún oscilaba entre “la búsqueda de Dios y el budismo”.
Con el tiempo, ingresó a la universidad Naropa, una escuela budista en Boulder, donde conoció formalmente el judaísmo y estudió hebreo bíblico e israelí.
Su recorrido religioso incluyó un poco de todo, excepto el cristianismo, algo que ahora le parece cómico.
“Hice todo lo posible por evitar a Jesús”, dijo.
Evitando a Jesús
Al crecer en el “cinturón bíblico” de EE. UU., Henry estuvo expuesto principalmente a bautistas del sur y a cristianos pentecostales.
“No eran malas personas”, recordó, pero en su mente joven veía en esas formas de cristianismo “bastante hipocresía. Me lo parecía, sin entender, sin tener la madurez y la perspectiva para ver que, en realidad, lo que hacían era reconocer que eran pecadores, pero que lo intentaban”.
Henry participó en numerosos viajes misioneros con la Iglesia Pentecostal Asamblea de Dios a Jamaica, República Dominicana y Honduras.
Aunque le encantaba el trabajo, le costaba lo que percibía como un fuerte cierre de mente entre muchos cristianos.
“En esa etapa de mi vida en la que yo buscaba tanto, eso me desanimaba”, explicó, recordando encuentros con cristianos totalmente reacios al ecumenismo y sin interés real en comprender otras religiones.
Sin embargo, también conoció cristianos con una visión más abierta. Recuerda haber estado en misión en Honduras, cavando hoyos para postes de cerca junto con un pastor pentecostal. En un momento, el pastor lo miró y le dijo: “En muchos aspectos, todos estamos hablando de lo mismo: del amor de Dios. Tú usas un lenguaje diferente, pero todos vamos en la misma dirección”.
“Yo lo había encasillado como un predicador de Biblia en mano, de fuego y azufre”, contó Henry. Pero la capacidad de ese pastor para valorar lo que había de verdadero en otras tradiciones lo sorprendió. Ese mismo pastor más tarde celebraría la boda de Henry y su esposa.
Estudios religiosos
Henry ingresó a Naropa como estudiante de religiones comparadas.
El primer día de clases, en su clase de estudio académico de la religión, el profesor les dijo que para analizar los sistemas religiosos tendrían que entender que todos los teóricos de la religión se remontan a Nietzsche, Freud y —especialmente— Marx.
Con el tiempo, Henry vio cómo esa ideología de fondo transmitía que las religiones no eran más que formas de controlar a las personas, y que, por lo tanto, había que analizarlas, diseccionarlas y deconstruirlas para comprender su funcionamiento.
“No lo dicen de manera explícita, pero la meta es ‘traer la luz de la ilustración’ para aniquilarla”, explicó Henry. “Diría que fue lo más cerca que estuve de volverme ateo, porque hacen bien su trabajo. Es muy difícil estudiar bajo ese lente y no volverse increíblemente cínico”.
Con el tiempo, pudo aplicar esa misma mirada crítica al propio programa, y entonces la visión excesivamente escéptica empezó a desmoronarse.
“Poco a poco logré dar un paso atrás y criticar lo que estaba viviendo, pero por un tiempo me aferraba apenas a un hilo budista, muy débil. Tenía muchas dudas”, compartió.
De Tíbet a Jerusalén
Luego de terminar su carrera, Henry se convirtió en papá de tiempo completo, mientras iniciaba una práctica budista más seria. Estudió con mayor profundidad los textos y filosofías budistas. Al mismo tiempo, en Denver, comenzó a practicar bajo la guía de un rinpoche —“un maestro espiritual dentro de la tradición tibetana”, explicó.
Se interesó en una corriente dentro del budismo tibetano que no era del todo atea, pero que tenía, como dijo, “un fuerte componente teológico”, aunque probablemente no usarían ese término.
Recordó, por ejemplo, cuando el rinpoche hablaba de la naturaleza búdica “que sostiene todas las cosas”, lo que dijo “es infinita, una conciencia que conoce, crea y da origen a todo, que está fuera del tiempo y el espacio”.
Mientras escuchaba, Henry sintió que sonaban “alarmas en su cabeza”: “Había leído un poco de filosofía católica, y esto sonaba mucho a cómo describen a Dios Padre”.
En paralelo a esa práctica budista más intensa, también leía fragmentos de san Agustín, santo Tomás de Aquino y san Juan de la Cruz, lo que lo llevó a preguntarse por “los hilos místicos y lógicos dentro del catolicismo”.
¿Cómo llegaron esos santos a su vida? Muchos años antes, un predicador bautista del sur le regaló unos libros de san Juan de la Cruz.
“Me dijo que veía que yo era un buscador espiritual, y me dijo: ‘Tienes que leer a este hombre. Agrégalo a tu colección’. Y era Juan de la Cruz”, recordó Henry sobre esos libros que guardó por años.
En ese mismo tiempo, comenzó a experimentar una profunda ira por la situación política en Estados Unidos.
“Una enorme cantidad de ira surgió. Ira, resentimiento, todo tipo de cosas. Y tuve una revelación: yo era un budista muy enojado, lo cual es una contradicción total … pensé que era algo completamente incoherente, casi insostenible”, compartió.
Después de décadas estudiando, meditando y fomentando una práctica budista, Henry se dio cuenta de que esa práctica no le había dado una paz duradera.
“Una palabra vino a mi corazón, muy fuerte y convincente: ‘¿Por qué estás tan enojado?’”, recordó.
Y enseguida llegó otra pregunta:
En menos de veinticuatro horas, Henry tomó una de sus muchas biblias (había sido estudiante de religiones, después de todo). Sin saber por dónde empezar, abrió los Salmos y comenzó a leer y orar con ellos.
“Esa misma voz en mi corazón volvió y me dijo: ‘¿Qué sabes de mí?’ Y mirando mi biblia tuve que responder: ‘No sé nada’”, compartió.
Pero sintió un impulso, y pasó al Evangelio de Mateo.
“Comencé a leer, y simplemente me sacó el piso. Me di cuenta: ‘No te conozco . Tengo tantas ideas preconcebidas sobre quién eres’”, recordó.
Henry había leído los evangelios antes, pero “tenía tantos velos que no podía ver lo que realmente estaba ahí”. Pero en ese momento, “Cristo los levantó todos, lo por primera vez. Y pensé: ‘¡Dios mío! No tenía ni idea. Este no es el que yo pensaba’. Y mientras más leía, más crecía la convicción. Me di cuenta y dijo, ‘Esto es todo. eres todo. No hay otro’. Fue impactante. Toda mi vida había estado dando vueltas, buscando por todas partes durante veinticinco años, y de repente me di cuenta: ”.
Poco después, en oración y meditación, Henry experimentó el llamado de Cristo al discipulado.
“Él simplemente se me acercó y me dijo: ‘Tienes que seguirme’”, recordó.
De Jerusalén a Roma
Para Henry, la convicción en Cristo fue inmediatamente convicción en el catolicismo.
“Tuve la absoluta certeza de que la única manera [de seguir a Cristo] era a través de la Iglesia Católica. Nunca se me cruzó por la mente que pudiera haber otra forma”, dijo, atribuyéndolo a la gracia.
Henry se sentó con su esposa, que no era religiosa, para decirle: “Tengo que seguir a Cristo, y tengo que hacerlo en la Iglesia Católica.” Ella, sabiamente, respondió: “Bueno, hay una iglesia católica a la vuelta, deberías ir a Misa”.
Y así lo hizo, y no ha dejado de ir en los últimos ocho años.
“Creo que puedo contar con una mano las Misas que me he perdido”, comentó.
Director de educación religiosa
Hoy Henry trabaja en la Iglesia ayudando en la formación de adultos y acompañando a quienes ingresan a la Iglesia a través del Orden de la Iniciación Cristiana de Adultos (OICA).
Recordando sus primeros encuentros con predicadores cristianos y lo poco que le atraía lo que escuchaba, Henry reflexionó: “Es curioso, porque ahora esto es lo que profeso: Cristo es Señor, es Rey, y es la única y verdadera revelación de Dios”.
Ahora que acompaña a muchas personas provenientes del budismo, la nueva era y otras tradiciones, puede hablar con una sensibilidad que a él mismo le hubiera servido en su juventud. Con frecuencia, estos buscadores se preguntan, como él lo hizo, cómo es posible que toda la belleza y la verdad que percibían en sus antiguas tradiciones pudiera ser totalmente falsa o vacía.
“Lo que suelo decirle a la gente es que Dios habla a todos los pueblos en todos los tiempos, y que en la medida en que esa revelación coincide con lo que Cristo nos ha dado, entonces es verdadera”, explicó.
El Concilio Vaticano II lo expresó así: “La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres” (, §2).
La meta de Henry cuando acompaña a quienes buscan, especialmente a quienes provienen del budismo, la nueva era u otras tradiciones, es encontrar un terreno común y tender puentes, y desde allí mostrarles cómo todo lo verdadero en esas tradiciones es reflejo de la de la verdad, Jesucristo.
Ahora, su deseo constante es llevar a las personas a la comunión con Jesucristo en la Iglesia que él fundó, porque, como dice con convicción: “El catolicismo es la fe de Cristo”.







