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Image by Simon Berger

Perspective

Un sueño que lo llevó hasta mí… y Dios que nos condujo a los dos

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • 26 feb
  • 4 Min. de lectura

Cómo una visión inesperada, una pequeña capilla y mucha gracia nos revelaron nuestra vocación y profundizaron nuestro amor por Cristo.


Pequeña capilla de piedra con puerta de madera, rodeada de árboles en un entorno otoñal. Cielo azul con nubes dispersas. Ambiente tranquilo.
La Capilla de la Porciúncula de la Universidad Franciscana de Steubenville fue clave en la historia de amor de Meg y Ryan. (Foto cortesía de la página de Facebook de la Universidad Franciscana de Steubenville)

Por Meg Stout


Cómo mi esposo, Ryan, y yo nos conocimos y nos casamos parece sacado del Antiguo Testamento: encuentros providenciales, palabras proféticas e incluso un sueño.


A los 18 años me fui a estudiar a la Universidad Franciscana de Steubenville. Mi primer año estuvo marcado por buenas amistades y buenos hábitos: confesión frecuente, Misa diaria y mucho estudio. Ese mismo año, Ryan asistía a la Universidad Estatal de Montana, al otro lado del país.


Una noche, Ryan tuvo un sueño. En él, estaba orando en una pequeña capilla de adoración, construida en piedra. Al despertar, estaba convencido de que esa capilla era real y supo que debía encontrarla. Comenzó a buscar en internet y descubrió la capilla de la Porciúncula que san Francisco había construido en Asís. Se parecía, pero no era exactamente la del sueño. Después encontró la réplica de la Porciúncula en la Universidad Franciscana y supo que era la misma. Convencido de que debía ir a donde estuviera esa capilla, se transfirió a Franciscan para su segundo año.


Nos conocimos el primer día que él llegó al campus. A raíz de su sueño, Ryan iba con frecuencia a “la Port” a orar. Yo también sentía atracción por el Santísimo Sacramento, así que pasaba tiempo orando allí. Varias veces a la semana nos encontrábamos y caminábamos juntos de regreso a nuestras residencias. Después de un par de meses, empezamos a salir.


Al semestre siguiente, me fui a estudiar a Austria y Ryan se quedó en el campus principal. Una vez, estaba orando en la capilla del campus. Presenté a Ryan ante Dios y le pregunté si estaba llamada a casarme con él. De pronto, un señor que estaba rezando cerca de mí se me acercó y, en un inglés entrecortado, me dijo: “Sea lo que sea por lo que estás orando ahora, debes hacerlo”.


Nos comprometimos durante nuestro último año y nos casamos poco después de graduarnos. Eso fue hace casi veinte años. Ha sido verdaderamente un matrimonio lleno de alegría y estoy profundamente agradecida porque Dios nos condujo con tanta paz y claridad a nuestro estado de vida juntos.


Lo que más resalta es cómo Dios usó nuestro deseo de él para unirnos. Por gracia de Dios, nuestros ojos estaban fijos en él, y al acercarnos más a él, llegamos a conocernos mutuamente.

Si todavía estás discerniendo el llamado de Dios en tu vida, mantén la mirada en Cristo. Toma decisiones que te acerquen a él. Si estás llamado al matrimonio, puede ser que Dios use esas decisiones para llevar a alguien a tu vida y quizá incluso lo haga al estilo del Antiguo Testamento.

Aunque también puede que no.


No hay garantía de que seguir avanzando por el camino hacia Jesús te traiga un gran esposo y un matrimonio idílico, ni siquiera un esposo aburrido y un matrimonio mediocre. Pero sí puedo decir con certeza que, si sigues buscando a Jesús, lo encontrarás (ver Lucas 11, 9), y de ninguna manera eso es un premio de consolación.


Lo que durante mucho tiempo he sabido en mi mente recientemente ha bajado a mi corazón. Es esto: Jesús realmente está destinado a ser nuestro primer amor, el más elevado y el más íntimo. Tu relación con tu esposo o esposa, ahora o en el futuro, por profunda y buena que sea, no es la mayor experiencia de amor que Dios quiere para ti.


Aunque él es uno con el Padre y el Espíritu Santo, de algún modo Jesús sigue deseando; anhela cada corazón humano. El Catecismo dice: “Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea.… Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de él”. (CIC 2560).


¿Y qué pasa si no nos descubrimos sedientos?


Primero, debemos pedir ayuda. El Espíritu Santo siempre está obrando para nuestra santificación, incluso antes de nosotros. Si cooperamos con él y le pedimos que aumente nuestro deseo de Jesús, no nos lo negará.


Segundo, nos conviene cultivar una manera icónica de mirar. En la tradición oriental, un icono no es solo arte religioso; es una ventana a lo divino. Tener una mirada icónica significa mirar a través de algo, no solamente mirarlo. Todo lo que es bueno, verdadero y bello tiene su origen y su plenitud en Dios. Así, cuando vemos la protección o la ternura de un padre, por ejemplo, podemos apreciar la bondad de ese hombre, pero también mirar a través de él hacia la Bondad misma. Si un padre terrenal puede ser tan bueno, ¿cuánto mejor será el Padre celestial? De esta manera, dirigimos nuestro afecto a Dios y crece nuestra sed de él.


Esto es cierto no solo con las personas, sino también con toda la creación. La manera en que la luz toca las nubes al amanecer puede conmovernos y debemos alegrarnos por ello. Pero ¿qué pasaría si empezáramos también a contemplar ese amanecer como una ventana hacia Dios? Tal vez comenzaríamos a buscar la plenitud de toda belleza.


Aquí hay mucha esperanza para nosotros, porque Dios desea para cada uno la experiencia más perfecta del amor, sin importar nuestro estado de vida ni nuestro nivel de felicidad. Con la gracia, podemos cultivar nuestro deseo de Jesús y perseverar en su búsqueda. Cuando nos acercamos a Dios, él se acerca a nosotros (ver Santiago 4, 8). En esto se nos ofrece el amor para el que fuimos creados: nuestro corazón en el suyo y el suyo en el nuestro.

 

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