"Tierra sagrada del otro", reverencia y evangelización según el papa Francisco
- Escritor Invitado

- hace 5 días
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Para caminar con otros en el acompañamiento y la evangelización, debemos tener un profundo respeto por ellos, enraizado en el amor.

Por Meg Stout
Cuando consideramos la importante tarea de la evangelización, con frecuencia nos enfocamos en las muchas maneras de compartir el evangelio, ya sea dando testimonio, compartiendo la escritura, orando juntos o explicando una enseñanza de la fe o los cuatro puntos del kerygma. Sin duda, todo esto merece atención y práctica, pero también es importante cultivar una disposición interior de reverencia.
Reverencia en el acompañamiento
En su exhortación apostólica La alegría del Evangelio, el papa Francisco habla de lo que llama el arte del acompañamiento. El acompañamiento hace presente la cercanía de Cristo y su mirada personal, llevando al otro más cerca de Dios (cf. EG 169). El papa Francisco afirma con claridad que todos necesitarán formarse en este arte del acompañamiento:
La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos —sacerdotes, religiosos y laicos— en este «arte del acompañamiento», para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana. (EG 169).
En el corazón del acompañamiento está la reverencia. La imagen de quitarnos las sandalias ante la tierra sagrada del otro proviene del conocido encuentro entre Moisés y la zarza ardiente. Moisés observa la zarza y se acerca, preguntándose cómo es que no se consume en el fuego. Entonces Dios le habla desde la zarza: “¡Moisés, Moisés!... ¡No te acerques! Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es tierra sagrada” (Éxodo 3, 5). El papa Francisco establece aquí un paralelismo. Moisés está ante la presencia del Señor y quitarse las sandalias es un signo de reverencia. Cuando estamos en presencia de otra persona, debemos responder de la misma manera. Pero ¿qué significa esto?
La reverencia puede describirse como un profundo respeto, marcado por el asombro amoroso y la humildad, ante alguien o algo. Es reconocer a alguien como digno de honor y contemplación. En el acompañamiento, la reverencia se manifiesta en la manera en que acogemos a la persona. Esto se realiza a través de la calidad de nuestra atención, que es el medio por el cual el interior del otro es recibido y amado.
Acoger con amor
Al mirar a Jesús como ejemplo, vemos que en sus encuentros no solo lee la mente ni revela todo sobre una persona. Más bien, él muestra una manera de escuchar y atender, y da espacio para que las personas hablen.
Consideremos a Jesús y la mujer samaritana en Juan 4. Tienen un intercambio relativamente breve y solo una parte de la conversación trata de su vida, específicamente de haber tenido varios maridos. Sin embargo, cuando ella regresa al pueblo, exclama: “Me ha dicho todo lo que he hecho” (Juan 4, 39). En realidad, Jesús dijo muy poco sobre lo que ella había hecho, pero su reacción revela que se sintió conocida por él, que él la vio y la escuchó.
A través de la apertura personal de alguien y con la ayuda del Espíritu, nosotros también podemos acoger profundamente a otra persona. Esto puede ser una experiencia de sanación y amor que no solo responde a una necesidad humana, sino que también orienta al otro hacia la ternura de Jesucristo.
El papa Francisco continúa: Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. (EG 171).
Acoger a alguien con un corazón abierto implica ponerse en una posición de vulnerabilidad. Uno se acerca al otro, compartiendo su situación, incluso en el sufrimiento. Es una ofrenda de comunión, una intimidad para la cual todo corazón humano ha sido creado. La intimidad con otra persona puede entenderse como “estar plenamente en casa con alguien. Es un lugar donde soy plenamente conocido, amado y acogido tal como soy” (Friendship in the Lord, p. 23). Es en este contexto donde el amor mismo de Dios puede experimentarse a través del don de la presencia del otro.
Cultivar la reverencia
¿Cómo podemos realmente atender al otro de tal manera que experimente el amor de Dios?
Esto puede ser un reto porque a menudo estamos interiormente inundados de nuestros propios pensamientos, opiniones y ruido. Estas cosas nos preocupan y dificultan ofrecer nuestra presencia plena. Muchas veces ya estamos pensando en lo que diremos después, en la ropa que olvidamos poner en la secadora o en cómo ese perro no deja de ladrar en la casa de al lado. Con tanto pasando por nuestra mente, no es extraño que apenas logremos ver, escuchar y conocer verdaderamente a alguien.
Un buen hábito que puede ayudar a cultivar la reverencia es el silencio. Al dedicar unos minutos cada día a la oración en silencio (y así poner atención a Dios), comenzamos a formar nuestro corazón en la apertura y nuestro cuerpo en la quietud. El fruto es una mayor reverencia. Entonces, nuestra presencia se convierte en una forma de evangelización, que abre un espacio en el que otros pueden llegar a experimentar, a través de nosotros, el amor de Cristo, su cercanía y su mirada.









