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Image by Simon Berger

Perspective

Santidad en Estados Unidos: 5 testigos católicos que fueron adonde la necesidad era mayor

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    Escritor Invitado
  • hace 3 horas
  • 7 min de lectura

En las fronteras, en hospitales, durante epidemias, en tierras de misión y en campos de batalla, estos hombres y mujeres santos siguieron a Cristo hasta lugares adonde otros temían ir.

 

(Foto: Diseño de El Pueblo Católico)
(Foto: Diseño de El Pueblo Católico)

Por Meg Stout


En toda época y en todo tiempo, aunque muchas cosas sean distintas y cambien, algo permanece firme: Dios suscita santos para manifestar su bondad amorosa a su pueblo. Él inspira a las personas a vivir vidas santas, siguiéndolo incluso hasta la cruz, por amor a Dios y al prójimo.


Lo mismo ocurre aquí, en nuestras tierras. En los 250 años de la existencia de Estados Unidos, el Señor ha llamado a personas, canonizadas y no canonizadas, a seguirlo y a entregar la vida por sus prójimos.


Y nosotros estamos llamados a hacer lo mismo.


Santa Rosa Filipina Duchesne

Esta santa mujer, junto con otras cuatro Religiosas del Sagrado Corazón, llegó desde Francia a la frontera estadounidense en 1818, a petición del obispo de Luisiana, Louis Dubourg. Su primer convento en St. Charles, Misuri, era una construcción rudimentaria de frontera, con poca calefacción, mal aislamiento y casi sin recursos. Aun así, Rosa comenzó de inmediato a abrir una escuela para niñas de la localidad.


Durante las siguientes décadas, ayudó a establecer escuelas y comunidades del Sagrado Corazón en Misuri y Luisiana, viajando con frecuencia largas distancias en barco de vapor o en carreta a través de difíciles condiciones fronterizas. Ella misma cuidó a huérfanos, visitó a familias enfermas en asentamientos remotos y atendió a víctimas de brotes de enfermedades en una época en la que la atención médica y el apoyo social eran escasos.


Santa Rosa deseaba evangelizar a los pueblos indígenas. Cuando surgió una oportunidad misionera, ya tenía más de 70 años; inicialmente no fue elegida. Sin embargo, se decía de ella:

“Quizá no pueda hacer mucho trabajo, pero asegurará el éxito de la misión rezando por nosotros”.


Así, se unió a una misión Potawatomi en lo que hoy es Kansas. Ayudó a enseñar a los niños, visitó a las familias, participó en la instrucción religiosa de los conversos y apoyó a los sacerdotes y religiosas misioneros que servían a la comunidad. Incluso cuando las barreras del idioma le impedían enseñar de manera directa y amplia, su visible devoción, disciplina y presencia diaria se convirtieron en un testimonio espiritual importante. Pasaba largas horas en oración ante el Santísimo Sacramento y llegó a ser muy querida entre los Potawatomi, quienes la llamaban Quah-kah-ka-num-a, “la mujer que siempre reza”.


“Cultivamos un campo muy pequeño para Cristo, pero lo amamos, sabiendo que Dios no exige grandes logros, sino un corazón que no se reserve nada para sí mismo”. — Santa Rosa Filipina Duchesne


Santa Marianne Cope

Marianne Cope fue una religiosa franciscana que dejó Nueva York para ir a las islas Hawái. Primero sirvió en Oahu y Maui y finalmente se unió a san Damián de Molokai para establecer un hogar para niñas con lepra.


Insistía en que los pacientes con lepra fueran tratados no como marginados, sino como seres humanos merecedores de consuelo, belleza y dignidad personal. En una ocasión, al sentirse inconforme con la manera en que un administrador de hospital trataba a los pacientes, exigió que fuera despedido; de lo contrario, ella y las hermanas regresarían a Nueva York. En el Bishop Home for Girls de Molokai, santa Marianne Cope creó un ambiente estructurado con condiciones de vida dignas, educación, música, jardinería y recreación, para que las niñas pudieran experimentar algo más cercano a una vida familiar ordinaria y no solo al confinamiento.


También rechazó las duras prácticas de segregación comunes en aquella época, y abrazó y atendió personalmente a los pacientes pese al temor generalizado al contagio. Su cuidado se distinguía de muchas instituciones contemporáneas porque no se enfocaba únicamente en la supervivencia física, sino en devolver a las personas que la sociedad había rechazado la alegría, la estabilidad y el sentido de la dignidad humana.


En una época en la que el miedo alejaba a los demás, ella encarnó la compasión y la dignidad hacia los abandonados. Tras la muerte de san Damián, dirigió tanto el asentamiento de niños como el de niñas con lepra. Nunca contrajo la enfermedad y murió de causas naturales en 1918.


“No pienso en recompensas. Trabajo para Dios y lo hago con alegría”. — Santa Marianne Cope


Siervo de Dios Vincent Capodano

Vincent Capodano nació en la ciudad de Nueva York, en una familia de inmigrantes italianos, y se unió a los padres Maryknoll después de considerar brevemente una carrera secular. Antes de servir en la guerra de Vietnam, pasó años como misionero en Taiwán y Hong Kong, donde desarrolló el celo pastoral y la disciplina personal que más tarde marcarían su servicio como capellán militar.


En Vietnam llegó a ser conocido como “the Grunt Padre” (“grunt” es un término coloquial para referirse a un soldado de infantería) porque constantemente optaba por acompañar a los marines en peligrosas condiciones de combate, en lugar de permanecer en puestos de mando más seguros. Durante la Operación Swift, en 1967, cuando los marines estaban en desventaja numérica de 2500 contra 500, el padre Vincent cruzó repetidamente zonas activas de combate para administrar los últimos sacramentos, llevar a los soldados heridos a un lugar seguro y consolar a los moribundos. Finalmente murió mientras intentaba auxiliar a un marine herido y recibió póstumamente la Medalla de Honor.


Su causa de canonización continúa activa debido a la extraordinaria caridad, valentía, fidelidad sacerdotal y amor sacrificial que demostró al entregar su vida por los demás. Su sacrificio ilustra la presencia de la Iglesia junto a los estadounidenses en tiempos de guerra, ofreciendo no solo patriotismo, sino también valentía espiritual. El Siervo de Dios Vincent encarna el ideal cristiano descrito en el Evangelio: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13).


“Quédate tranquilo, marino. Vas a estar bien. Dios está con todos nosotros en este día”. — Últimas palabras de Vincent Capodano


Beato Stanley Rother

Stanley Rother fue un sacerdote diocesano originario de la zona rural de Oklahoma, enviado a servir en una misión en Guatemala, donde ministró principalmente al pueblo indígena tz’utujil durante años de violencia política y disturbios civiles. Aprendió su lengua nativa y tradujo el Nuevo Testamento y la Misa para que pudieran profundizar en su participación en la fe. También impartía enseñanzas por radio.


Los feligreses recuerdan al beato Stanley Rother por servir a las familias de maneras ordinarias pero agotadoras, más allá de sus deberes sacerdotales. Con frecuencia ayudaba a los habitantes a sembrar cultivos, a realizar reparaciones y a cuidar enfermos. Su disposición a compartir el trabajo diario y las dificultades de la comunidad le valieron gran confianza y afecto.


Cuando la violencia respaldada por el gobierno se intensificó, el beato Stanley Rother fue trasladado temporalmente de regreso a Oklahoma. Sin embargo, decidió volver a Guatemala, pese a que sus amigos y autoridades de la Iglesia le aconsejaban permanecer en Estados Unidos.


Sabiendo que varios de sus propios feligreses habían sido asesinados y, aunque él mismo era objetivo de amenazas, regresó diciendo: “El pastor no puede huir a la primera señal de peligro”. Solo unos meses después, recibió dos disparos en la cabeza durante la noche. Su martirio revela cómo los católicos estadounidenses han llevado su fe más allá de las fronteras nacionales.


“Rueguen por nosotros para que podamos ser signo del amor de Cristo para nuestro pueblo, y que nuestra presencia entre ellos les dé fortaleza para soportar estos sufrimientos en preparación para la venida del Reino”. — Beato Stanley Rother


Beato Francisco Javier Seelos

Francisco Javier Seelos emigró de Baviera a Estados Unidos en 1843 como misionero redentorista para servir a la creciente población inmigrante católica alemana. Trabajó en parroquias de Maryland, Pensilvania, Luisiana y Ohio, predicando en misiones, escuchando largas horas de confesiones y ayudando a las familias inmigrantes a adaptarse a la vida en un nuevo país, mientras preservaban su fe católica.


Mientras estuvo en Pittsburgh, se convirtió en hijo espiritual de san Juan Neumann y fue conocido por su atención pastoral, ofreciendo una orientación espiritual compasiva y práctica. También tenía un amor especial por enseñar a los niños pequeños, que consideraba fundamental para el crecimiento de la vida parroquial. Llegó a ser conocido por lo que podría llamarse un ministerio de presencia: su costumbre de detenerse a hablar con niños y pobres en las calles, atendiendo a las personas con una calidez inusual y una alegría bondadosa. En una ocasión fue llamado para asistir a una prostituta moribunda en un burdel y no dudó en ir, pese a saber que eso aparecería en los periódicos. Él dijo: “¡Que hablen! ¡He salvado un alma!”.


En 1867, mientras estaba en misión en Nueva Orleans durante un brote de fiebre amarilla, permaneció junto a los enfermos y moribundos hasta que finalmente contrajo la enfermedad, que le causó la muerte.


“Mientras tenga aliento y con tu ayuda y gracia, nunca me rendiré. Estoy plenamente preparado para todo y entrego mi cuerpo y mi alma completamente en tus manos como un holocausto”. — Beato Francisco Seelos


Una nueva generación de santos

Estos cinco santos y beatos dan testimonio de una Iglesia en Estados Unidos que fue adonde la necesidad era mayor: a las fronteras, a los campos de batalla, a las epidemias y a las comunidades olvidadas. Sus sacrificios revelan una visión de la grandeza estadounidense basada no en el éxito visible ni en los logros humanos, sino en la caridad, la fortaleza y la fidelidad.


Nosotros también estamos llamados. Incluso en nuestras comunidades más pequeñas, entre quienes son olvidados y quienes sufren, nuestra ofrenda fiel de amor puede seguir transformando una nación y preparando al mundo para la venida del Reino de Dios, tanto en la tierra como en el cielo. ¿Dónde, en este momento y a nuestra pequeña manera, estamos siendo llamados a servir fielmente a Dios y a los demás?

 

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