Santidad en Estados Unidos: 5 mujeres católicas que revelaron la gracia mediante el sufrimiento y el servicio
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Desde una misionera de Dakota del Norte y una escritora católica del sur de Estados Unidos hasta fundadoras religiosas afroamericanas y una mística sanada por santa Teresita, estas mujeres santas muestran cómo Dios transforma el sufrimiento en testimonio.

Por Terry Polakovic y Jody Benson
En toda época y en todo tiempo, aunque muchas cosas sean distintas y cambien, algo permanece firme: Dios suscita santos para manifestar su bondad amorosa a su pueblo. Él inspira a las personas a vivir vidas santas, siguiéndolo incluso hasta la cruz, por amor a Dios y al prójimo.
Lo mismo ocurre aquí, en nuestras tierras. En los 250 años de la existencia de Estados Unidos, el Señor ha llamado a personas, canonizadas y no canonizadas, a seguirlo y a entregar la vida por sus prójimos.
Y nosotros estamos llamados a hacer lo mismo.
Michelle Duppong
Michelle Duppong creció en una granja familiar situada entre praderas y colinas ondulantes en Haymarsh, Dakota del Norte. Amaba la vida en el campo por muchas razones, especialmente porque alimentaba su amor por la naturaleza y por el Dios creador de esta.
Desde niña se enamoró de Jesús, irradiaba alegría y deseaba que todos los que conocía también se enamoraran de él. Esa misión la llevó a convertirse en misionera de FOCUS, a facilitar grupos de estudio de ENDOW y a servir en la diócesis de Bismarck, Dakota del Norte, como directora de formación en la fe para adultos.
En diciembre de 2014, la vida de Michelle dio un giro dramático. Fue diagnosticada con cáncer en etapa 4, lo que marcó el inicio de un camino de un año que su hermana describió como “tan terrible, pero también tan hermoso y transformador”.
Después del impacto inicial, aceptó todo con espíritu dócil y dijo: “Si Dios quiere que pase por esto, lo haré”.
En lugar de cuestionar a Dios, aceptó su sufrimiento con serenidad como una manera de enamorarse más profundamente de nuestro Señor, derramando su amor sobre quienes la rodeaban hasta su muerte el día de Navidad de 2015.
“No tenemos idea de cuántas vidas tocó ese año porque Michelle ofreció su sufrimiento por los demás”, comentó su madre.
Actualmente está sepultada en el cementerio de San Clemente, que se domina desde la granja familiar. Su tumba atrae peregrinos de todas partes y los reportes de milagros atribuidos a su intercesión siguen aumentando. Su causa de canonización se abrió en el 2022, apenas seis años y medio después de su fallecimiento.
Flannery O’Connor
Mary Flannery O’Connor nació en Savannah, Georgia, el 25 de marzo de 1925, en el seno de dos de las familias católicas más antiguas del estado.
La fe, el arte y la creatividad encontraron un hogar en O’Connor, aun en medio de grandes sufrimientos. Su padre fue diagnosticado con lupus, una enfermedad que ella también padecería más tarde, y murió en 1940. A pesar de ello, encontró alegría en la pintura, el dibujo y la escritura creativa. Estudió en Georgia y trabajó como escritora en Nueva York.
Cuando recibió su propio diagnóstico de lupus en 1949, regresó a la granja familiar de Andalusia, cerca de Milledgeville. Permaneció allí hasta su muerte en 1964. Sin embargo, la enfermedad pareció convertirla en una peregrina cuya escritura revelaba la verdadera fuente de sus dones: Jesucristo.
Distinguida por personajes inusuales y rasgos grotescos que distorsionan y exageran la realidad, su obra de ficción sacude a los lectores complacientes y los lleva a reconsiderar su comprensión de la realidad. A través de personajes físicamente deformados, O’Connor pone de relieve las heridas espirituales de cada persona y su necesidad de Dios. Todos estamos marcados por el pecado y necesitamos la gracia, un mensaje especialmente necesario para un público que, pese a su religiosidad dominical, no compartía plenamente su visión sobre la caída del ser humano y su necesidad de redención.
Cuando le preguntaban por qué utilizaba personajes tan violentos y grotescos, respondía: “A los que oyen con dificultad, [los escritores cristianos] les gritan; y a los casi ciegos, [les] dibujan figuras grandes y sorprendentes”, una afirmación que se ha convertido en una explicación breve y popular de su intención consciente como escritora.
Hoy, O’Connor es considerada una de las más grandes escritoras de ficción de Estados Unidos y una de las apologistas católicas más sólidas del siglo XX.
Venerable Henriette Delille
En 1812, Henriette Delille nació en una casa criolla del Barrio Francés de Nueva Orleans. Sus padres vivían bajo el sistema de plaçage, una unión de hecho entre un hombre blanco y una mujer libre de color que ofrecía estabilidad económica, propiedades y posición social sin matrimonio legal.
Cuando el padre de Henriette dejó a su madre para casarse con una mujer blanca, Delille comprendió lo que realmente era aquel sistema: una estructura social que convertía a las mujeres de color en objetos de intercambio.
Criada en la fe católica, Delille fue preparada para convertirse en una joven distinguida casada con un benefactor adinerado. Sin embargo, consideraba ese camino una violación de la santidad del matrimonio. Desde el día de su confirmación tomó una decisión personal y profética: “vivir y morir para Dios”. Esa decisión la conduciría a la vida religiosa en una época en la que ninguna congregación católica aceptaba mujeres de color.
En lugar de abandonar su vocación, fundó su propia comunidad religiosa en 1842: las Hermanas de la Presentación, más tarde llamadas Hermanas de la Sagrada Familia.
Frente a la exclusión racial, creó una comunidad en la que las mujeres afroamericanas podían servir, enseñar y ejercer su ministerio con dignidad. Hasta el día de hoy, las Hermanas de la Sagrada Familia administran escuelas, hogares de ancianos y comunidades de retiro para personas pobres, enfermas y de edad avanzada en todo el sur de Estados Unidos.
Venerable madre Mary Lange
Se sabe poco sobre los primeros años de Elizabeth Lange, quien más tarde sería conocida como madre Mary Lange. Se cree que nació en lo que hoy es Haití. Junto con cientos de personas más, huyó durante una revolución a finales del siglo XVIII.
Para 1813, Mary se había establecido en Baltimore, donde se había asentado un gran número de refugiados católicos francófonos. Era una mujer educada, acomodada, valiente, amorosa y profundamente espiritual.
Mary comprendió rápidamente que los hijos de esos inmigrantes necesitaban educación. Maryland era entonces un estado esclavista y no ofrecía educación pública gratuita a los niños afroamericanos. Sin una educación básica, los hijos de los refugiados haitianos tampoco podrían aprender la fe.
Con la ayuda de su amiga Marie Magdaleine Balas, posteriormente conocida como hermana Frances, OSP, Mary abrió y dirigió durante diez años una escuela en su propia casa.
En 1828, el padre Joubert, SS, sacerdote sulpiciano, propuso a Mary y Balas fundar una comunidad religiosa cuya misión principal sería la de enseñar y cuidar a los niños afroamericanos. Así nacieron las Hermanas Oblatas de la Providencia, la primera congregación católica femenina fundada con éxito por mujeres afroamericanas del mundo.
La congregación fundó posteriormente la escuela católica para niños afroamericanos más antigua de Estados Unidos que ha funcionado de manera ininterrumpida: la Academia Santa Francisca, originalmente destinada solo a niñas, aunque más tarde se convirtió en una institución mixta.
Sierva de Dios Rhoda Wise
Nacida en una familia protestante anticatólica y aquejada por graves enfermedades durante gran parte de su vida, Wise recibió la gracia del ejemplo y la presencia de numerosas religiosas durante sus frecuentes hospitalizaciones.
A los dieciséis años, mientras estaba hospitalizada por apendicitis, una hermana católica le regaló una medalla de san Benito. Como no podía usarla debido a los prejuicios anticatólicos de su familia, la religiosa la colocó en un relicario, donde permaneció oculta durante el resto de su vida.
Años después desarrolló un quiste ovárico de casi 18 kilogramos que requirió la intervención de un cirujano extraordinariamente valiente y varias operaciones para ser removido, aun en medio de complicaciones graves.
A medida que su sufrimiento aumentaba, las hermanas del Hospital Mercy se convirtieron para ella en una gran fuente de consuelo, cuidándola tanto física como espiritualmente. Una religiosa le enseñó a rezar el rosario y la animó a hacer una novena a santa Teresita del Niño Jesús. Su corazón comenzó a anhelar la Iglesia católica.
El 1 de enero de 1939, Wise ingresó a la Iglesia católica. Al día siguiente recibió su primera comunión. Dos días más tarde fue sometida a otra cirugía abdominal, la última, que la dejó con una condición aparentemente incurable y extremadamente dolorosa.
Poco después de regresar a casa y durante todo el verano, Jesús comenzó a aparecérsele. En varias ocasiones estuvo acompañado por santa Teresita, quien en una de esas visitas sanó completamente a Wise colocando su mano sobre su abdomen.
Entre su curación y su muerte, Rhoda vio a Jesús y a santa Teresita en más de veinte ocasiones.
La noticia de su milagrosa sanación se difundió rápidamente. Miles de personas acudieron a verla y se reunían fuera de su casa con la esperanza de que Jesús estuviera presente y de poder recibir la luz santa que emanaba de su habitación.
Entre los peregrinos se encontraba Rita Rizzo, la futura madre Angélica, quien sufría una dolorosa afección crónica conocida como “estómago caído”. Tras ser animada a rezar una novena a santa Teresita, a hacer un sacrificio y a prometer difundir la devoción a la Pequeña Flor, Rizzo fue sanada milagrosamente nueve días después. Ese acontecimiento transformó su fe, la condujo a su vocación y, más tarde, inspiró la fundación de EWTN.
De 1942 a 1945, Wise llevó los estigmas visibles el primer viernes de cada mes, desde el mediodía hasta las 3 de la tarde.
Cientos de personas que la visitaron recibieron sanación. Con el tiempo, su hija convirtió la casa familiar en un santuario al que los fieles siguen acudiendo a orar.
Fe viva para los próximos 250 años
La madre Angélica, una mujer santa en sí misma, solía decir: “¡Todos estamos llamados a ser santos! No dejen pasar la oportunidad”.
Aunque procedían de contextos muy distintos, estas mujeres tenían algo en común: Dios les presentó una oportunidad y ellas respondieron con su “sí”. No porque estuvieran especialmente capacitadas, sino porque Dios las llamó.
“¿Qué quiere Dios de mí?”, se preguntan muchas personas. ¿Se lo has preguntado tú? Si la respuesta es sí, escucha atentamente. Escucha de verdad, porque con frecuencia Dios habla en un susurro. Si solo encuentras silencio, sigue preguntando.
Mientras tanto, haz algo. Haz algo para que el mundo sea un lugar mejor. El mundo te necesita. Todos estamos llamados a la santidad.
Todas ustedes, santas mujeres, ¡rueguen por nosotros!









