top of page

Anuncio

Image by Simon Berger

Perspective

San Juan Pablo II y Estados Unidos

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • 9 jun
  • 4 min de lectura
El papa san Juan Pablo II habla durante la Jornada Mundial de la Juventud de 1993 en Denver. (Foto de James Baca/Denver Catholic Register)
El papa san Juan Pablo II habla durante la Jornada Mundial de la Juventud de 1993 en Denver. (Foto de James Baca/Denver Catholic Register)

Por George Weigel


Cuando fue elegido obispo de Roma el 16 de octubre de 1978, el cardenal Karol Wojtyła tenía una experiencia bastante limitada de la Iglesia católica en Estados Unidos. Había conocido a eclesiásticos estadounidenses durante el Concilio Vaticano II y algunos de ellos visitaron Polonia en los años posteriores. El cardenal de Cracovia había hecho dos visitas a Estados Unidos, una durante el bicentenario nacional en 1976, pero la mayor parte de su tiempo en esos viajes la pasó con comunidades polaco-estadounidenses. Así que probablemente es justo decir que san Juan Pablo II comenzó su pontificado con una impresión del catolicismo estadounidense no muy distinta de la de otros intelectuales europeos: la Iglesia en Estados Unidos tenía una red envidiable de instituciones, desde parroquias hasta centros de atención médica y servicios sociales, además de escuelas, colegios y universidades, pero era una Iglesia más rica que culta y demasiado cómoda dentro del statu quo estadounidense.


En resumen, aunque el nuevo papa no era hostil a la Iglesia en Estados Unidos, tampoco la veía en 1978 como un posible modelo para el futuro de la Iglesia católica. Eso cambiaría drásticamente durante el siguiente cuarto de siglo, en parte gracias a la renovación que san Juan Pablo II ayudó a impulsar en el catolicismo estadounidense y en parte porque fue comprendiendo cada vez más que Estados Unidos, aunque profundamente arraigado en Europa, no era simplemente Europa trasplantada.


El cambio tanto en la percepción papal como en la Iglesia estadounidense comenzó con la primera peregrinación de san Juan Pablo II a Estados Unidos en octubre de 1979. La extraordinaria respuesta que recibió en Boston, Nueva York, Filadelfia, Des Moines y Washington sugirió que había considerablemente más vitalidad en la Iglesia, especialmente entre los jóvenes, de lo que el papa quizá había pensado antes: una vitalidad capaz de impulsar lo que más tarde llamaría la “Nueva Evangelización”. Al mismo tiempo, el entusiasmo que despertó el papa hizo que los católicos estadounidenses se vieran más atentos a que era momento de salir de una postura defensiva, abandonar las guerras internas posteriores al Vaticano II y ponerse a trabajar en el llamado del concilio a santificar el mundo.


Durante las dos décadas siguientes, san Juan Pablo II continuó inspirando una renovación del catolicismo evangélicamente vigoroso en Estados Unidos. Al mismo tiempo, llegó a comprender que su magisterio social era discutido mucho más seriamente en Estados Unidos que en cualquier otro lugar, y que la defensa de la vida que proclamó en la encíclica Evangelium Vitae (El evangelio de la vida), de 1995, encontraba mayor expresión pública en Estados Unidos que en el resto del llamado “mundo desarrollado” combinado. Eso, a su vez, llevó a san Juan Pablo II a pensar que la fundación de Estados Unidos estaba arraigada en principios de la ley moral natural compatibles con la idea bíblica de la dignidad inalienable y el valor infinito de toda vida humana.


Después del colapso del comunismo europeo entre 1989 y 1991, surgieron dos preguntas: ¿eran la democracia y la economía de libre mercado simplemente mecanismos políticos y económicos que podían funcionar bien sobre prácticamente cualquier base cultural? ¿Dónde podrían las nuevas democracias de la Europa poscomunista encontrar modelos para vivir la libertad noblemente? San Juan Pablo II respondió a la primera pregunta en la encíclica Centesimus Annus, de 1991: se necesita una cierta masa crítica de personas que vivan determinados hábitos del corazón y de la mente, ciertas virtudes, para que la política y la economía libres apoyen el florecimiento humano individual y la solidaridad social. Y tras muchas horas de conversación con él, puedo decir que san Juan Pablo II esperaba que Polonia y los demás países recién liberados de Europa central y oriental aprendieran algunas lecciones de la experiencia estadounidense al construir sus sociedades poscomunistas.


¿Por qué? Porque el papa veía en Estados Unidos una democracia desarrollada, en la que la convicción religiosa seguía moldeando la vida de la mayoría de los ciudadanos y en la que los argumentos morales inspirados por la fe desempeñaban un papel importante en la vida pública. Estados Unidos no era Francia, donde el secularismo estaba consagrado constitucionalmente, ni tampoco Gran Bretaña o Alemania, donde desde hacía tiempo la religión bíblica había dejado de moldear las culturas nacionales y los asuntos públicos. En Estados Unidos, esperaba san Juan Pablo II; podía hacerse realidad la visión de una sociedad libre y virtuosa que describió en Centesimus Annus: una sociedad en la que la Iglesia ayudara a formar una vibrante cultura moral pública capaz de orientar las enormes energías liberadas por la libertad política y económica. Y otras naciones podrían ver en esa realización cómo la libertad y la virtud van de la mano.


Mientras Estados Unidos se acerca a su 250.º aniversario, es bueno recordar que la figura emblemática de la segunda mitad del siglo XX tenía esperanzas tan grandes para nosotros: esperanzas que hoy parecen un llamado a un examen nacional de conciencia.

 

bottom of page