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Image by Simon Berger

Perspective

Ahora y para siempre, Dios ha estado con nosotros

  • Foto del escritor: Arzobispo James Golka
    Arzobispo James Golka
  • 1 jun
  • 3 min de lectura

La historia de Estados Unidos y de Colorado es, en última instancia, una historia de la fidelidad, la misericordia y la invitación a la santidad de Dios.


Bandera de EE. UU. ondeando frente a montañas rojas y nevadas bajo un cielo azul con nubes esponjosas.
(Foto: Adobe Stock)

Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.


Esa fórmula para una bendición apostólica, una bendición que dan los obispos, tiene mucho que enseñarnos al reflexionar sobre los últimos 250 años de nuestro país y los últimos 150 de nuestro estado, años marcados por el valor, el sacrificio y la perseverancia, y mientras miramos hacia la siguiente etapa de nuestra historia.


Nos recuerda una verdad sencilla: Dios es bueno y está con nosotros, ayer, hoy y siempre.


¡Eso nos da gran esperanza! El Señor que hizo el cielo y la tierra está con nosotros, guiándonos, bendiciéndonos, desafiándonos y amándonos a ti y a mí, a nuestras familias, comunidades, estado y país. Bendito sea el nombre del Señor.


Al mirar los 250 años de nuestro país y los 150 de nuestro estado, podemos ver cómo Dios ha estado con nosotros. Damos gracias a Dios por la fundación de nuestro país, no exenta de defectos, pero arraigada en la libertad y la dignidad, lo cual permite el crecimiento de un pueblo fiel. Le damos gracias por las muchas veces en que nos ha dado estadounidenses y coloradenses fieles, que han amado a su prójimo, formado familias santas y construido comunidades de esperanza. Tanto en los momentos difíciles como en los de alegría, Dios nos guía cada vez más hacia él.


Vemos esto con mayor claridad en la vida de los grandes santos y testigos que él ha suscitado y que tienen vínculos con nuestro país: la sierva de Dios Julia Greeley, propia de Denver; santa Francisca Javier Cabrini; santa Isabel Ana Seton; el venerable (pronto beato) Fulton Sheen; el beato Michael McGivney y muchos más. Al dejar que Cristo los transformara cada día y al vivir su amor en el mundo, cada santo y testigo se convirtió en una luz de la verdad, la belleza y la bondad de Dios.


Tenemos muchos motivos para tener esperanza a medida que miramos hacia el futuro de nuestra nación y de nuestro estado. Nuestra nación ha recibido a su primer santo padre, el papa León XIV, un honor y una bendición inmensos y un gran regalo para la Iglesia universal. En todo el país y en el mundo, estamos viendo una cantidad sin precedentes de personas que buscan a Jesús, varias de las cuales se están uniendo a nosotros como hermanos y hermanas plenos en la Iglesia católica, muchos de ellos jóvenes. A nivel local, incluso estamos viendo la necesidad de varias nuevas iglesias en toda nuestra arquidiócesis, ofreciendo a esas almas nuevos hogares espirituales.


Viene a mi mente la famosa frase del presidente John F. Kennedy: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti. Pregunta qué puedes hacer tú por tu país”. Yo añadiría: ¿Qué puedes hacer tú, a través de Cristo, por tu país?


¿De qué manera estás llamado, como católico fiel, a vivir tu fe más públicamente en gratitud por nuestra gran nación?


¿Tal vez con una mirada puesta en una participación fiel en nuestras instituciones civiles? Aunque toda la atención suele centrarse en Washington, ¿consideras que lo que sucede en tu propio ayuntamiento o consejo escolar podría beneficiarse de una voz fiel o incluso de una participación directa en un cargo público?


¿O quizás con un corazón abierto hacia quienes están en tu comunidad, en tu calle o en tu parroquia? ¿Aprovechas la oportunidad de amar a tu prójimo, a quien se sienta junto a ti en la banca o a tu compañero de trabajo, por amor a Dios?


Hermanas y hermanos, Dios está actuando en nosotros y por medio de nosotros. Su Iglesia está viva. Dios es tan bueno hoy como lo ha sido a lo largo de las Escrituras, en la fundación de nuestra nación y durante los últimos 250 años.


Solo Dios sabe lo que tiene preparado para los próximos 250 años, pero una cosa es clara: Dios estará con nosotros. El futuro de nuestra nación dependerá, como siempre ha dependido, de si abrimos nuestro corazón a la obra de Dios, de si dejamos que él esté con nosotros, nos guíe, nos bendiga y nos ame, y que, por medio de nosotros, ame a nuestro prójimo y transforme el mundo.

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